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... la mujer-azucena, de larguísimo cuello, de corpiño pudoroso, de falda flotante y castamente plegada, de pies rectos y puntiagudos, de manos exquisitas, de enigmática expresión en el rostro, como si soñase en fantásticas aventuras o esperase al andante caballero que va a romper el encanto en que la tiene un maligno brujo. El traje que viste Santa Juliana es de muy elegante corte y complicada hechura; y a sus pies, sujeto por una cuerda que coge la santa, retuércese el vencido demonio, en figura de dragón. Sepulcro de Santa Juliana.- E. Pardo Bazán |
LA CLERECÍA DE LA VILLA
La capital de las Asturias montañesas era una villa levítica, de intensa vida religiosa. En su recinto vivían dos comunidades religiosas, un Abad, un Cabildo colegial y varios Prebendados, Beneficiados y Capellanes. En su maravillosa Colegiata se celebraban diariamente veintiún misas por los capitulares; en el convento dominico de Regina Coeli dieciseis, y otras varias por los capellanes particulares en capillas y ermitas. Además, según declaración del Mayordomo de fábrica, eran muchos los sacerdotes forasteros que concurrían a celebrar en los altares de la Colegiata, llevados por la devoción que en sus Asturias se profesaba a las reliquias de Santa Juliana.
Muchos días, aun laborables, se celebraban misas solemnes, de tres sacerdotes, cantadas y con música de órgano, en cumplimiento de piadosas disposiciones testamentarias de caballeros difuntos. Por la tarde, los rosarios y funciones religiosas eran frecuentes.
Los señores canónigos tenían sus horas. de Coro, y los frailes y las monjas sus rezos conventuales. En torno a la Mesa Capitular vivían organistas y cantores, y a expensas de los conventos sacristanes y demandaderas. Los señores Prebendados y canónigos rezarían el Oficio Divino paseando por los claustros románicos de la Colegiata.
En las viejas calles de la villa, junto a las puertas ojivales de anchas dovelas y artísticos herrajes, se veían los indumentos eclesiásticos de los sacerdotes seculares junto a los blancos hábitos de los frailes dominicos de Regina Coeli cuando las obligaciones religiosas de entrambos les concedían momentos de asueto. Popular era en la villa y su comarca la figura del Procurador de los dominicos, jinete en el caballo que tenía para andar a la compra de mantenimientos para el convento y la del Mayordomo del señor Abad, a lomos de su montura, que iba o venía de cumplimentar alguna diligencia importante en el amplio territorio abacial.
Desde el 24 de junio de 1741 era Abad de Santillana don Gaspar de Amaya Lanzarote, miembro del Consejo de Su Majestad en el de Hacienda. Un antiguo privilegio concedía al Abad el señorío de la villa, pero a fines del primer tercio del siglo XV el marqués de Santillana comenzó a disputarle aquella prerrogativa, fundando sus derechos en cierto privilegio que decía haber recibido su ascendiente Garcilaso de la Vega del vencedor del Salado. Después de muchos años, tras no pocas asechanzas y luchas, que alcanzan su apogeo en 1439, se llegó a una avenencia entre el Abad y Cabildo y el marqués de Santillana, firmándose una escritura, que mereció la sanción real el 4 de diciembre de 1512, por la cual los primeros renunciaban el señorío de la villa en favor del marqués, recibiendo de éste, en cambio, ciertas ventajas materiales. (1) Desde entonces los Abades de Santillana dejaron de titularse señores de la villa, -que de abadanga tornose en señorío- pero siguieron ejerciendo la jurisdicción pleno jure en el territorio conocido por el nombre de Real Abadía de Santillana.
En esta villa se reunían los procuradores de los lugares de la jurisdicción de la Abadía, ignoramos si en la sala consistorial del Ayuntamiento o en la sala capitular del Cabildo Colegial. Por un reparto vecinal hecho con ocasión de levantar una Compañía de Milicias en agosto de 1726, sabemos el vecindario que en aquellos años contaban los lugares de la Abadía y cuáles eran éstos. El más importante era Oreña con 26 vecinos, que harían unos 150 habitantes; Ubiarco tenía 15 vecinos; Puente, 10; Hinojedo, 16; Rudagüera, 6 ½; La Busta, 10; Golbardo,4; Carranceja 10· Casar 6 ½; Toporias, 4 1 / 2; Cerrazo, 10 1 / 2; La Veguilla, 5 1/ 2 , y Mercadal, 10. En 17 de enero de 1762 se reunieron “en la sala de Ayuntamiento de la Real Jurisdicción de la Abadía de esta villa” de Santillana, bajo la presidencia de D. Bernardo Velarde Ibáñez,-señor del palacio de su apellido de la plazuela de las Arenas-”Alcalde Mayor y Juez Ordinario en la citada Real jurisdicción”, los procuradores de sus lugares para practicar el cotejo de pesas y medidas, y a esta reunión concurren los procuradores de Cortiguera y Suances, y en cambio falta el de Cerrazo. Esto nos hace pensar si en el transcurso de aquellos años hubo alteraciones en el área de la jurisdicción abacial.
Con los anteriores datos quedará demostrado que la jurisdicción de la Abadía era importante y extensa, y que el señor Abad de Santillana era un personaje en la Montaña, por lo que no nos extrañará que siempre disputara la supremacía al de Santander, y que cuando se pensó en erigir a esta ciudad -entonces villa- en sede episcopal, se opusieran a ello el Abad Cabildo de Santillana y reclamaran para su villa aquel grande honor.
Creemos que el Abad durante sus estancias en Santillana habitaba la casa de la calle del Río, propia hoy día de la Archiduquesa Margarita de Hapsburgo y en 1753 de D. Pedro Antonio Barreda Bracho, mayorazgo de la casa que ahora es Parador de Gil Blas. En el palacio abacial se vivía con verdadero boato. Su tren de casa no era alcanzado por el de ningún caballero de la comarca. Bajo sus techos moraban un capellán sin sueldo, un Mayordomo a quien sólo daba de comer y vestir, el lacayo Fabián Alvarez, que ganaba 540 reales anuales a más de alimentos y librea, tres criadas que ganaban 132 reales al año cada una, un hortelano que recibía 20 ducados y un sobrinillo de Su Ilustrísima llamado como él D. Gaspar de Amaya, cursante en Gramática. En la caballeriza del Abad se albergaba un caballo de silla para el servicio del Mayordomo. Si como creemos el palacio abacial era la actual casa de la Archiduquesa, la caballeriza sería un edificio a la sazón muy deteriorado, y hoy desaparecido, del que sólo quedan sus dos puertas ojivales situadas casi frente al palacio, pues consta que aquel edificio se alquilaba junto con el palacio y como caballeriza de él. El precio del alquiler anual de ambos era el de 16 ducados anuales; la mayor renta que se pagaba en la villa.
Desempeñaba el importante cargo de Prior D. Juan Antonio Bracho, Juez conservador de la Religión de San Antonio Abad, que falleció a los 85 años, después de haber disfrutado aquella dignidad por espacio de 59 y fué enterrado en la capilla del Santo Cristo de la Buena Muerte.
La Colegial tenía nueve canongías. En lo antiguo tuvo diez, pero la séptima fué a parar en 1566, por concesiones apostólicas, al Santo Tribunal de la Inquisición de Logroño, que todavía conservaba bienes en Santillana en 1753.
El más anciano de los canónigos era D. Gerónimo Fernández del Río, que llevaba desempeñando el cargo desde 1699 y contaba entonces 72 años. Vivía en la calle de Juan Infante, núm. 8, con su sobrina Doña María Antonia Fernández de Ceballos, viuda de D. Alonso Bustamante, y allí murió en 1754.
Ocupaban las demás canongías los señores D. José Martínez, que vivía en una casa propia de la mesa capitular; D. Fernando Manuel de Barreda, D. Francisco Miguel de Ceballos, clérigo acomodado que tenía dos criadas y un criado; D. José de Mier y Terán, que también vivía desahogadamente con su ama y un criado, y a quien su empleo de Mayordomo del Cabildo daba 100 reales anuales; D. José Domingo de la Vega, ausente de Santil1ana por orden de S. M., y D. Gregario Velarde, Canónigo Magistral. Este último poseía una capellanía que se llamaba del Rey por proveerla S. M., la cual capellanía le daba ocho o nueve cargas de maíz y siete o nueve celemines de trigo, y tenía de pensión 108 misas con la obligación de decir la mitad de ellas a las once de la mañana. El canónigo D. Juan José del Río Herrera era Capiscol y Comisario del Santo oficio. Su dignidad llevaba el gravamen de costear un sochantre para el gobierno del canto del Coro. Vivía en Abios con su hermano el Prebendado D. Pedro, en una casa propiedad de D. José Gómez del Corro, el patrono del convento de San Ildefonso.
Sobre la pertenencia de la dignidad de Tesorero se había planteado litigio, aún no fallado, entre el Fiscal Eclesiástico de la Real Abadía y D. Agustín de Uriarte, Inquisidor de Zaragoza.
Los Prebendados eran D. Pedro Pérez, D. Tomás Gamboa (Racionero), D. Juan López Vadil1o, D. Juan Agustín Velarde, D. José de Rábago Ceba1los, D. Juan de Estrada, D. Pedro del Río Herrera y D. José Joaquín Bracho Bustamante. Este último era Prebendado de ración entera y cura párroco, y vivía con su hermano el Canónigo D. Juan Antonio. El Prebendado D. José de Rábago vivía con sus padres el Corregidor D. Francisco de Rábago Rubín de Celis y doña María Antonia de Ceba1los, naturales de Potes, a quienes servían dos criadas. Don José Gómez Martínez, clérigo de menores órdenes, era Sacristán Mayor de la Colegiata.
Además de la capellanía del Rey había otra en la Colegiata fundada por Dña. María Pérez, de la que era capellán el canónigo D. Gerónimo Fernández del Río. Mejor dotada era la que gozaba el presbítero D. José Díaz Tagle, clérigo muy hacendado que vivía holgadamente en su casa de la calle de la Carrera, núm. 13.
Poseían diversos bienes en Santillana la capellanía de Ntra. Sra. del Rosario sita en la iglesia parroquial de Víllapresente, que gozaba D. José Revuelta, cura Beneficiado en la vílla de la Aguílera, Obispado de Osma, y la que gozaba D. Luís del Castíllo, cura del lugar de Cortiguera. Ignoramos donde radicaban la que fundó D. Gregorio de Cossío Barreda y disfrutaba su hijo D. José, beneficiado de Tagle. Don Juan Antonio de Villa Tagle era patrono de la Capellanía erigida en la ermita de Ntra. Sra. del Pedroso, sita en el barrio de Herrán. Asimismo poseía fincas en los alrededores de Santíllana la capellanía que servía D. Fernando Manuel de Barreda, cuyas fincas llevaba en renta D. Matías Fernández de la Fuente.
La fábrica de la Colegiata poseía tierras y prados cuyas rentas empleaba su Mayordomo Miguel Gómez de la Casa en los siguientes gastos: Aceite de la luminaria del Santísimo, 150 reales; cera para el alumbrado, 365 reales; salario del organista, 368 reales; lavandera, 66; jabón, 10; subsidio y escusado, 23 1 / 2; Santos oleos, un real; retejo, 40; jabonar y planchar corporales, 25; armar y desarmar el monumento, 22; arreglar lámparas y candeleros, 4 reales. Respecto a la partida de “Composición y reparo de ornamentos” confiesa el Mayordomo de fábrica que “no se puede dar punto fijo, pero contemplando un quinquenio y que son veinte y un capitulares y otros muchos forasteros que concurren a celebrar en dha. iglesia se regulan quinientos reales en cada un año.”
El vecindario asistía devotamente a las misas, rosarios y funciones. Los hombres antes de entrar en el templo, se entretenían en jugar a las cartas y a los dados, costumbre que quiso desarraigar el Capº 42 de las Ordenanzas al establecer “que atento el que se experimenta que algunos vecinos están jugando a los Naipes y otros juegos antes que se celebre la Misa mayor conventual en la Parroquia y el Rosario que se reza en el convento de Reginaceli todas las tardes de los días festivos, privándose de muchas indulgencias, acordaron que de hoy en adelante a ninguno se le permita semejante diversión en tales horas ... " En algunas épocas del año se celebraban rogativas y misas de letanía seguidas de procesiones. Estas salían de la Colegiata y visitaban las ermitas de la Magdalena, San Sebastian, San Jorge, San Cipriano y San Roque. Procesiones y rogativas eran acordadas en Concejo abierto y presididas por el Ayuntamiento.
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| Sírvanos de amparo la mirada de las vírgenes del señor para penetrar en la villa difunta. Convento Regina Coeli.- B. Pérez Galdós |
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| ... los callados monasterios que vigilan la entrada de la villa... Convento de San Ildefonso.- Ricardo León |
CONVENTOS
Elemento principalísimo de la vida religiosa de Santillana del Mar fueron sus dos conventos de Regina Coeli y de San Ildefonso; el primero de frailes dominicos y el segundo de religiosas de la misma Orden. Bajo las naves de sus templos soterrábanse los hidalgos de la villa que no poseían enterramientos o capillas particulares en la Colegiata; en sus altares se celebraban anualmente solemnes funciones religiosas con motivo de las fiestas de sus Santos Patronos, y funerales y cabos de año por las almas de los caballeros que yacían en sus recintos. Y los claustros del convento de San Ildefonso recogían frecuentemente a las más linajudas señoras de Santillana y sus Asturias, cuando piadosa vocación les llevaba a consagrarse a Dios.
De la fundación del convento de Regina Coeli tenemos detallada noticia en la Historia del Convento de S. lldephonso de la Villa de Santillana, -ímpreso en Madrid en 1743- pues su autor, Fray Manuel Joseph Medrano, antes de tratar del convento que es objeto principal de su libro, historia la fundación de otras casas dominicanas en nuestra región.
“Lo mas remoto de esta Provincia (de España) por la parte que mira al Septentrión -escribe Fray Manuel Joseph- son los Conventos que se hallan en las Montañas de Burgos, Teatro, que si bien lo es de mucha gloria, por su anciana y calificadísima nobleza, y por los ilustres hijos que con su espada y la pluma coronaron su Patria de los laureles de la ciencia y del valor, no había recibido con todo eso (siendo su distancia el motivo) toda la cultura debida a tan capaz terreno. Hasta que introducidos los hijos del Mastín de la Iglesia en sus breñas, despertaron a católicos ladridos los corazones que poseían el engaño y la superstición. Es cierto que antes que los hijos de Santo Domingo llegasen a las Montañas vivían ya en ellas los del Grande Serafín de la Iglesia; y que éstos, correspondiendo a las altas obligaciones de hijos de tal Padre, trabajaban cuanto podían, y pudieron mucho, en desterrar las impresiones de la ignorancia, y enseñar la predicación y el ejemplo aquellos Fieles. Pero también lo es, que siendo no mas que dos los Conventos, y el país, aunque de corta extensión, de mucho numero de gente, no bastaba su trabajo a lo que pretendía su celo, y que su fatiga se quedaba mucho mas acá de sus ansias.”
“Esta consideración movió el piadoso animo de Alonso Velarde, Caballero bien conocido en Santillana, y su tierra, a procurar viniesen a ella los Religiosos de la Orden de Predicadores. Y aunque esta idea tuvo principio el año de 1570, no pudo reducirse a práctica hasta el de 1595, en que ocurrió el Capitulo Provincial, de esta Provincia, y donde se halló personalmente el mismo Alonso Velarde, quien supo presentar con tanta viveza y energía sus deseos, que no pareció al Provincial y Definidores podían negarse a complacer suplica tan bien fundada y conveniente al Instituto de la Orden. Y porque no se perdiese tiempo en cosa que importaba tanto, llevó consigo Alonso Velarde algunos Religiosos, que señalaron Provincial, y Definidores, sujetos de mucha prudencia y virtud, y tales como pedían las circunstancias. Fueron estos bien recibidos de la Nobleza y Pueblo de Santillana, donde vencidas algunas dificultades, que ocurrieron con la Iglesia Colegial de aquella Villa, y obtenidas las licencias precisas, tomaron posesión de una casa, que llamaron convento, con el titulo de Regina Coeli, muy gozosos con dar principio a la fundación debajo de los auspicios de Maria Santísima, que ha sido siempre imán de los afectos de los Domínicos.”
“En medio de la estrechez que padecían los Religiosos, así por la cortedad y mala disposición del edificio, como por la falta de medios, y la fatiga de pedir limosna para sustentarse, no olvidaron las obligaciones de su instituto, ni el fin que los había traído a la Montaña. Antes bien, animosos con los trabajos, empezaron a darse a los ejercicios de Púlpito, y Confesonario, con tanta felicidad, que en pocos días se vio muy otro el semblante de aquel País, así en la forma de las costumbres, como en la inteligencia de los Misterios de nuestra Fe, y aplicación a los empleos de piedad. Estos celosos desvelos arrebataron el cariño y la veneración de los Montañeses, deseando todos se multiplicasen los Conventos, para que toda la Montaña lograse el beneficio de aquellos Apostólicos obreros, a cuyo santo afán veían iban cediendo la ignorancia y los vicios.”
Desde entonces los frailes dominicos entraron a formar parte de la población de Santillana, socorriendo a su vecindario en las necesidades espirituales, compartiendo sus buenas y malas cosechas y elevando preces al Señor por sus almas.
En 1753 formaban la comunidad de Regina Coeli dieciseis sacerdotes y dos legos, y era Procurador del convento Fray Bernardo Cacho. Para el servicio de la sacristía tenía el convento dos niños a quienes daba solamente de comer y vestir.
Las fincas y rentas de esta comunidad eran inferiores a las de San Ildefonso, pero con todo daban para un buen pasar. Las heredades conventuales se hallaban en su totalidad arrendadas a diversos vecinos, y los frailes no poseían más ganado que dos cerdos de matanza y un caballo para el servicio del Procurador. Las rentas se pagaban en especie, con lo que los graneros del convento, después de la recolección se colmaban.
Los indicados bienes se hallaban gravados con la obligación de celebrar anualmente 58 misas cantadas y 169 rezadas. El convento tenía algunos pequeños gastos anuales: 71 reales y medio de vellón se pagaban a la panadera por cocer el pan de trigo y borona; 33 reales vellón a la lavandera de sacristía por aderezar los paños y ropas del culto; al médico se daban 100 reales anuales por asistencia a la comunidad; al cirujano y barbero 80 reales, y 144 de subsidio y contribución a la Provincia.
Sobre la fundación e historia del convento de San Ildefonso ya se ha dicho que existe una obra impresa. Su título es el siguiente: Historia / del Convento / de S. Ildephonso / de la Villa de Santillana, / del Orden de Predicadores; / Vida, y Virtudes / de la venerable sierva de Dios / Soror Antonia / de San Pedro, / y de algunas ilustres hijas, / que le ennoblecieron, / desde su fundación, / hasta estos tiempos, / Por el M. R. P. Fr. Manuel Joseph / de Medrana, del mismo Orden de Santo Domingo, su Chronista, / y Prior del Real Convento de Sal Ildephonso / de la Ciudad de Toro... / Con Licencia. En Madrid: En la Imprenta, y Librería de Manuel Fernández, impresor de la Reverenda Cámara Apostólica, en la Caba Baxa. Año de M.DCC.XLIII / ···"
“Ya estaba muy extendida la fama del rigor, y santidad, que practicaban los Religiosos de las Caldas, -escribe el Prior de los dominicos de Toro- cuando puso Dios en el pensamiento de don Alonso Gómez del Corro, Dignidad de Tesorero en la Iglesia Colegial de la Villa de Santillana, y hombre, que retirado de todos los divertimientos del mundo, solo pensaba en los ejercicios de Caridad, y oración, propios de su estado, fundar un Convento de Religiosas de la Orden de Santo Domingo; idea, que le pareció mas conveniente entre muchas que se le ofrecían de piedad. Pero dudando fuese bastante su hacienda para tanto intento, procuró reducir al mismo a un Caballero, que sin sucesión, y mucho caudal, tanto mejor podía ayudar a tan santa empresa, cuanto tenía menos motivos, que le llamasen a la profanidad. Pero como no siempre saben los hombres lograr aquellas ocasiones que para utilidad de su espíritu les suele ofrecer la Divina Providencia, el Caballero, bien que al principio consintiese concurrir a obra tan piadosa, presto mudó tan buen propósito a la luz de algunos pretextos, que él llamaba causas; con que todo el peso de aquel cuidado volvió a oprimir el espíritu del celoso Tesorero, quien lejos de perder los ánimos con la repentina veleidad de su Amigo, propuso solamente fiarse en los caudales de su confianza, y en los medios seguros de la Divina Providencia.”
“Resuelto, pues, a proseguir su santa resolución, tomó la medida según su prudencia, y sus fuerzas, y purificando primero sus deseos con poner muy lejos del pensamiento todos los impulsos de la vanidad, y halagüeñas razones, empezó a solicitar licencias para su Convento” para lo que se dirigió al padre Fray Pedro Alvarez de Montenegro, confesor del rey Carlos II y Provincial de la Provincia de España, quien “concedió prontamente la licencia para esta nueva planta ... Pero como el Demonio, grande Artífice de engaños, sabe bien cuanto importa a su malicia impugnar los principios de estos heroicos intentos, aplicó toda su industria para que llegasen al Real Consejo algunas razones, que dictadas de la envidia, y vestidas de aparente color de celo, moviesen aquel Supremo Senado a no dar su consentimiento para la nueva fundación ... Dos veces negó el Real Consejo la licencia, hasta que pedida tercera, en ocasión de hallarse alborotada la Corte con la felicísima noticia de haber el Santísimo Padre Clemente Nono puesto en el Catálogo de los Santos a la Bienaventurada Virgen Rosa de Santa Maria, primero riquísimo tributo, que sobre las aras de la Orden de Predicadores ofreció al Cielo la América, se consiguió la licencia deseada, porque Rosa fuese el primer fundamento de este pensil amenísimo de su Religion ... “
“Luego que Don Antonio Gomez del Corro logró la licencia, dió principio a la fabrica del Convento, dandole por Patron y Titular el mismo Santo que a el había introducido a la milicia cristiana ... Con el cuidado, y aplicación de Don Alonso, creció en breve tiempo mucho el Convento: su fabrica, ni fue de aquellas en que se busca mas que la utilidad, el nombre de grandeza, ni de las que por arreglarse demasiado a la estrechez, faltan en lo preciso de una religiosa comodidad; sino un edificio mediano, en que la Iglesia y Coro llevaron lo mas principal del lucimiento, como teatros del culto Divino; pero muy ajustados al nivel, que nuestro Santísimo Padre prescribió a sus hijos, empezando ya en lo material de la casa, el severo rigor, y prudente método de vida, que habían de profesar sus habitadoras. Tomó el Fundador esta elección, como desahogo de sus santos deseos, no como pretexto de la vanidad. No quiso se gravasen sus Armas ni el frontispicio, ni en lo interior del templo, porque le dedicaba a Dios solo …”
A pesar de lo que Fray Manuel Joseph Medrano manifiesta en la líneas últimamente transcritas, las armas del fundador fueron labradas en el frontón de la puerta que da acceso al templo y sobre ellas se lee esta inscripción:
ESTA IGLESIA Y CONVENTO FUNDÓ
Y DOCTÓ EL SEÑOR DON ALONSO
GOMEZ DEL CORRO, TESORERO EN LA COLE
GIAL DE ESTA VILLA, A SUS EXPENSAS, A
HONRA Y GLORIA DE DIOS Y SU SANTÍSIMA MADRE AÑO 1667
Ochenta y seis años después de su fundación, el convento de San Ildefonso cobijaba bajo sus techos veintisiete religiosas de velo entero y cinco de medio velo. Era confesor de la comunidad y procurador de la casa Fray Hernando Murga, del Orden de Predicadores, a quien por su manutención y por la obligación que tenía de decir misa diariamente por el alma del fundador del convento, se calculaba un gasto de 200 ducados al año.
El convento de San Ildefonso era uno de los más ricos de la Montaña: poseía 39 escrituras censuales impuestas al tres por ciento, que juntas hacían un capital de 3.693 ducados, más once escrituras impuestas sobre reales vellón al mismo interés que representaban 39.289 reales de capital, y bastantes fincas, algunas de las cuales explotaba directamente el convento. Para ello tenía un hortelano, llamado Antonio Fernández de la Maza, a quien mantenían las monjas y daban 20 ducados al año. El convento tenía también su sacristán, menor de edad, asimismo mantenido y pagado con 10 ducados, y dos criadas que ganaban lo mismo que el sacristán.
Contra los expresados bienes y otros que pertenecían al convento, en distintas jurisdicciones tenía la comunidad algunas cargas. Deberían celebrarse en su Iglesia catorce misas de aniversario todos los años, doce de ellas a tres reales y las otras dos a seis; 665 reales gastaba en nueve funciones de iglesia, a 75 reales cada una, de los que 30 eran para el predicador y 45 para cera y otros gastos precisos. De subsidio y contribuciones de gastos de provincia se pagaban 202 reales y 30 maravedís. Al médico 100 reales al año, y al cirujano 70.
Durante muchas generaciones los claustros del convento de San Ildefonso de Santillana encerraron la vida de muchas hidalgas montañesas a quienes su devoción movía a dedicarse a Cristo. Y algunas de ellas llegaron a conseguir el más alto grado de perfección en la vida monástica, logrando, al fin, la muerte de los bienaventurados.



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