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| Primera edición marzo de 1955 |
La marquesa María y el renacimiento señorial de Santillana
Mas esta
revaloración de Santillana no fue solamente fruto de una propaganda
externa. También la vida señorial y patricia de Santillana conoció
un singular y aún sorprendente renacimiento. Un núcleo activo y
operante de vida social y de relaciones dilectas existió siempre en
la villa; asumió este papel la rama de los Peredo-Barreda, que no
había nunca cortado las amarras familiares con la vieja villa, y
que, al reflorecer su linaje con nuevas alianzas y en personalidades
de gran distinción, contribuyó a atraer a este rincón montañés
la atención de los mejores. La hija única de don Leopoldo Francisco
de Barreda y Mena, VI marqués de Robledo de Chavela y IV de Casa
Mena y Las Matas,vino a representar un papel eminente en este
renacimiento. Doña María de Barreda y de Fuentes, en quien parecía
se iba a extinguir el último de los linajes ininterrumpidos de la
villa, dando ocasión a que se cerrasen los portones de la noble
casona y y a que, acaso, se pusiera venta, desamortizada ya de su
linaje, fue, precisamente, el eslabón decisivo en el moderno
resurgimiento de la vieja villa. Nacida en Madrid, en 1872, doña
María de Barreda, enlazó con un grande de España, de familia
valenciana, don Joaquín de Pedro y Urbano, de la casa de los
marqueses de San José y él mismo IV marqués de Benemejís de
Sistallo. Este matrimonio y el engrandecimiento de la casa no
determinaron absentismo alguno. La boda misma se celebró en
Santillana del Mar, en 1888, y a Santillana, por voluntad de doña
María de Barreda, quedó ligada la familia y sus descendientes, a
pesar de los cambios de apellido. La marquesa doña María fue el
alma de esta nueva vida cobrada por el palacio familiar.
El veraneo
ridiculizado por Pereda dio a conocer la Montaña a círculos cada
vez más extensos y selectos de españoles; muchas familias de linaje
montañés volvieron a abrir sus casonas, a cuidar sus parques y a
atraer la vida y las gentes de la Corte a estos palacios de verano.
Los Santo Mauro, en Las Fraguas; los López y los Güell, en
Comillas, y tantos otros, contribuyeron a poner de moda la región.
Pues juntamente, nobles y ricos indianos, magnates de las finanzas
rivalizaron en esta vitalización social de la Montaña. La actividad
política estival concentróse, asimismo, en los valles
santanderinos, hacia los que confluyeron nuevos sectores de la
sociedad española: don Antonio Maura fue de ello ejemplo ilustre. Si
ya Alfonso XII había pasado en la Montaña el verano de 1881, bajo
don Alfonso XIII Santander será la corte de verano. Desde 1900 se
pone en marcha la idea de construir, en la bahía santanderina, un
palacio para el rey de España. El proyecto se realiza, y, desde
1913, el palacio de la Magdalena alberga a la Corte en una grata
temporada estival, que atrae a la región una vida peculiar, en la
que el tono y el señorío son compatibles con la familiaridad, y el
protocolo con el deporte. Las nubes de estío peredianas
quedan atrás y olvidadas. En Santillana , la capitalidad de esta
nueva vida se centra en el palacio de Peredo-Barreda y la marquesa
doña María de Barreda atrae a la villa, y a su casa, al todo Madrid
de la Corte que pasa por Santander en los veranos. En sus salones,
ricos muebles de familia, cuadros y tallas, el prestigio de una
biblioteca famosa, flores y libros, rincones acogedores propicios a
la buena conversación, un parque espléndido, árboles centenarios y
césped siempre húmedo. En las obras de arte de la casa, los
antepasados de la familia dejaron testimonio de su fisonomía y del
estilo de su época. La empelucada figura juvenil de don José
Antonio de Horcasitas, en pintura de finos grises y delicados azules;
caballeros de casaca, de la época de don Vicente López, dos
magníficos retratos de Esquivel de 1852, en romántica pareja, llena
de belleza y de carácter; cuatro excelentes cuadros de Balaca y, en
especial el exquisito retrato de bellísima dama, de pequeño formato
y jugosa ejecución… Marco ideal para la amistad y el ingenio,
ambiente de pequeña Corte en torno a una dama: la marquesa María.
A
su muerte, el gran poeta y escritor montañés que fue José del Río
Sáinz, dedicó una memorable crónica a cantar la silueta de la
marquesa de Casa Mena y a salvar, ante la posteridad, su recuerdo de
gran dama: “Nació la marquesa María -escribe Del Rio- para vivir
en una corte. No en una Corte grande en que toda aristocracia sutil
queda como diluida y difuminada en los vastos palacios, sino en una
Corte refinada y pequeña, en la que todo gesto es eficaz y en la que
juega su papel el matiz”. En efecto, con el talento, el rango y el
tacto de aquella dama, Santillana inició todo un renacimiento
señorial, que nadie hubiera podido esperar para la villa muerta y
que no se ha detenido hasta nuestros días. La marquesa vivió en su
bella casona, modernizada en su confort, y en la que hizo compatibles
la distinción y el refinamiento moderno con su carácter inalienable
de viejo palacio montañés. Doña María Barreda supo recibir, en
sus salones, a lo mejor de la sociedad de su tiempo. “En su primera
juventud -escribe Del Río- cuando era una rosa recién florida,
conoció ya el elogio de los dioses mayores del Olimpo español. Todo
el parnasillo montañés que acaudillaba entonces el inmortal don
Marcelino, ensalzó su belleza, emborronando vitelas de abanicos,
páginas de álbumes y portadas de libros. Su palacio de Santillana
fue el oasis fresco a que iban a acogerse, por unas horas, en el
ardor de sus jornadas, las personalidades más destacadas de su
tiempo”. Cuando Santander fue Corte de verano, el palacio de
Barreda conoció un apogeo que no tendría nada que envidiar a esas
Cortes de chateau del
XVIII a que alude José del Río. Si sus salones albergaron a todas
las personas de la Familia Real española, en veladas llenas de
distinción y amenidad, a las que gustaba asistir, especialmente, la
reina doña Victoria Eugenia, por ellos pasaron también, y por su
parque maravilloso y florecido, no solo la muy selecta coterie
de la capital de la provincia, con don Marcelino y su hermano Enrique
o Amós de Escalante, sino lo mejor de la intelectualidad española y
aún europea: políticos y escritores que iban de Madrid a la
Montaña, a reposar en su descanso veraniego, como Pérez Galdós,
don Antonio Maura, Vázquez de Mella, Ricardo León, el duque de
Alba, o ilustres profesores o escritores de fama mundial, como
Obermaier, Chersterton o Keyserling …; “para todos tenía la
marquesa María una frase amable, una taza de té y una silla en la
terraza de su parque para el descanso de una hora”. Más aún, en
el palacio de Benemejís nació un vástago de real linaje, don
Carlos de Borbón-Sicilia y Orleans, hijo del infante don Carlos y de
su segunda esposa la infanta doña Luisa. Fue, pues, cabeza de esta
Corte efímera de príncipes, señores y talentos, que reunió en los
salones tapizados de libros y de cuadros, junto a los búcaros de
flores o al piano del salón de música, lo mejor de una Europa hoy,
en gran parte, desaparecida. Así, en la crónica moderna de la
villa, este hogar de los Barreda es símbolo de la verdadera
tradición no interrumpida, confluencia admirable de linaje, señorío
e ingenio, y símbolo de lo mejor de una España que no quería ser
sólo pasado muerto, ni nostalgia de virtudes agotadas.
El
palacio de Benemejís fue gratísimo centro de actividades sociales y
literarias, que dejaron recuerdo en los que participaron en aquellas
jornadas felices. El parque de la casa de Peredo-Barreda fue lugar de
reunión de la mejor sociedad madrileña, congregada durante los
veranos en la Montaña. En el círculo de Benemejís se fraguaron
inolvidables representaciones teatrales, que solían celebrarse en un
gran salón de la casa de Barreda-Bracho, hoy parador de Gil Blas.
Las mejores obras de Benavente, de los hermanos Quintero, se vieron
representadas en aquellas veladas teatrales; León Felipe, el gran
poeta, farmacéutico de profesión, entonces establecido en
Santander, era elemento destacado de aquellas reuniones y, con su
gran afición al teatro, director indispensable de ellas. En el
parque de Benemejís llegó a rodarse, en aquellos años, una
película inspirada en Los intereses creados,
de Benavente, y en la que, también con intervención de León
Felipe, Manolo Puga, el conocido actor de la época, desempeñó uno
de los principales papeles.
Genealogía:
María Barreda Fuentes (n. 19.07.1872 Madrid, m. 23.09.1929) y Joaquín de Pedro Urbano (n. 17.08.1861 Valencia, m. 20.11.1941 Santillana del Mar), casados el 19 de julio de 1888 Santillana del Mar.
Sus Hijos:
Blanca (1890-1968), Ángeles (1891-) , Laura (1893-) y Mercedes (1897-)
Su residencia en el palacio de Benemejís de Santillana del Mar
María era hija de Leopoldo Barreda Mena (n. 1842 Santillana del Mar) y María del Carmen Fuentes La Peña ( n. Madrid)
Joaquín era hijo de Leopoldo de Pedro Nash ( ) y Josefa Urbano Arana ( )
Era nieta paterna de Joaquín María Barreda Larreta ( ) y Gumersinda Mena Maza ( )
Era nieta materna de
Su hija Blanca De Pedro Barreda, se casó el 6 de mayo de 1918, en la parroquia San Ignacio de San Sebastián con Francisco Javier Iturralde Rived y tuvieron los cuatro hijos siguientes:
Blanca Iturralde De Pedro (-2011) quien fuera alcaldesa de Santillana del Mar
Juan Carlos Iturralde De Pedro
Javier Iturralde De Pedro
Ana María Iturralde De Pedro
Raíces:
Blanca Barreda De Pedro (1890-1968) y mi tío Andrés Gutiérrez Posada (1890-1972), los crió mi abuela paterna Josefa Posada Iglesias (1857-1920).
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