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López y López de Lamadrid, Antonio Víctor
Pocos españoles y
desde luego ningún montañés, al menos en la península, han
logrado acumular, a lo largo de su existencia terrena, tanto dinero,
poder, fama, polémica como éste ahora microbiografiado, pues él,
por sí solo, pudiera llenar varios volúmenes:
Es en la hermosa
villa marinera de Comillas donde viene a la vida el trece de abril de
1817 un niño luego bautizado como Antonio Víctor López y López de
Lamadrid; fue el segundogénito del matrimonio compuesto por don
Santiago López Ruiz de Piélago, nacido en la localidad cántabra de
Ruiloba y doña María López de Lamadrid Fernández-Conde, natural
de la misma Comillas; sus otros hermanos fueron Genara y Claudio; era
aquel un hogar de muy humilde condición económica y fuertes
sentimientos religiosos sinceramente practicados a diario.
El padre
de Antonio falleció en Cádiz a la temprana edad de veinticuatro
años, cuando el niño contaba dos; doña María y sus todavía
tiernos retoños hubieron de padecer por esa causa una penosísima
existencia: hambre, frío penalidades.
Al cumplir nueve años de
edad, espoleado por la mucha miseria sufrida, marcha el pequeño
Antonio a trabajar a casa de unos montañeses instalados en Lebrija
(Sevilla); allí permanece unos meses, pasando luego a Cádiz: tras
recorrer más tarde otras varias poblaciones andaluzas y sin
convencerle el trato recibido por parte de sus paisanos asentados en
Andalucía, retorna a la bella Comillas con una idea bulléndole en
la cabeza día y noche; largar amarras a las Indias, emigrar a Cuba;
desde chicucio mostró Antonio poseer fuerte carácter; al alcanzar
la edad de trece años regresa a Andalucía embarcando en Cádiz
hacia su meta soñada merced al naviero Fernández de Castro, el cual
le proporciona un pasaje para La Habana a bordo de la fragata Reina
de los Ángeles; nada
más tocar tierra habanera
empieza a trabajar como empleado de comercio en el giro de
comestibles en calidad de mozo para todo.
El decidido chicuelo
montañés traba sincera amistad con otro mozalbete de su misma edad
y condición emigratoria, empleado en una tienda próxima; Manuel
Calvo es su nombre; entre ambos deciden ahorrar cuanto puedan para
lograr mejor vida futura; diez años transcurren desde el primer
desembarco antillano de Manuel y Antonio; han trabajado como bestias
en las peores condiciones, sí, pero a base de tenacidad,
sacrificio, ahorro, han conseguido reunir una apreciable cantidad de
dinero que invierten en harina; con un petache fletado al efecto
llevan esa harina desde Santander hasta La Habana, de esa capital a
Santiago de Cuba; vendida la mercancía se encuentran con una
excelente granjería en pagarés y letras de cambio, papeles de
difícil interpretación inmediata para ellos, muchachones carentes
de estudios o conocimientos financieros; pasado el primer susto común
cree el comillano conveniente echar el ancla en Santiago; arrienda
por su cuenta La California,almacén
de ropas nuevas y andadas,
así como de artículos europeos de vestir, en esa época -años 40
del pasado siglo- de plena aceptación y consumo en la Isla de Cuba
por parte de la colonia española allí instalada.
Pocos años
después Antonio López es propietario de un próspero comercio de
coloniales con almacenes propios en La Habana y en Santiago de Cuba.
En la vivienda situada sobre La California vivía
don Andrés Brú, quien hizo socio suyo a Antonio; este catalán,
hombre, al parecer, apático, dejó las riendas de sus muchas
posesiones insulares en manos del comillano; Pancho
Brú, hijo suyo, individuo de vida disoluta, acusó años más tarde
al ya marqués de Comillas de haberse apoderado por completo de la
voluntad de su padre, quien dejó todos sus negocios en su poder, así
como de haberle puesto a trabajar, pese a ser un niño además de
hijo de su socio, en pésimas
condiciones; también, de haber logrado que don Andrés Bru le
desheredase a él y al resto de sus hermanos en beneficio de Luisa,
futura esposa de Antonio López; Pancho Brú dedicó todo un libro al
montañés; entre otras cosas le acusa de no saber escribir, de ser
un déspota, un negrero; quizás de ahí parta la leyenda -no
comprobada en realidad- del Antonio López traficante de esclavos.
En todo caso, Pancho Brú sólo fue ejemplo de persona rencorosa,
amante del ocio, las mujerzuelas, las juergas. López, ya bien
situado, reclama a su hermano Claudio y a su pariente y más tarde
consuegro José Andrés Gayón, natural de Cabezón de la Sal; con su
guapísima hija María matrimonió Claudio, segundo hijo varón de
Antonio López.
Su
hermano Claudio es asociado al negocio y destinado a La Habana como
jefe de sucursales y apoderado general del comercio de ropas, en
expansión creciente. La economía isleña recibió, desde 1830 a
1850 enormes sumas de dinero, habiéndose especializado en escasos
artículos de producción propia, por lo cual el peso económico
recaía directamente en su comercio exterior; así, casi todos los
artículos de primera necesidad -alimentación, ropa, calzado, entre
otros- eran importados; de
ahí la gran importancia que tenían los comerciantes radicados en
Cuba en unos años en que apenas si existían los Bancos.
Cuatro años
después de haberse establecido en Santiago de Cuba vuelve Antonio
López a España; en la añeja península europea examina sobre el
terreno dónde y cómo colocar el dinero ganado en la Perla de las
Antillas; su capitalito inicial se incrementa de año en año.
Antonio López contrae matrimonio en Barcelona el treinta de
noviembre de 1847 con la hija del precitado don Andrés Brú, Luisa
Brú Lassus, joven virtuosa, melancólica; tuvieron cuatro hijos:
Antonio, Claudio, María Luisa e Isabel; de ellos, sólo Claudio tuvo
larga vida. El año de su matrimonio vendió La California.
Dos años más transcurren;
Antonio López entra en contacto con el ingeniero español asentado
en Cuba don Patricio Marcos de Satrústegui, a la sazón
representante en la ínsula caribeña de una casa inglesa exportadora
de maquinaria agrícola; con él pone en servicio una ruta marítima
Guantánamo-Santiago de Cuba por el norte isleño, haciendo cabotaje
amarrando en cada puerto del trayecto; el vapor cayero se llamaría
General Armero,tal vez
en reconocimiento a que don Francisco Armero de Peñaranda, en ese
momento Capitán General de la Isla de Cuba, les facilita el
pertinente permiso.
Tal vez del contacto comercial con Satrústegui
nació la idea del montañés de trasvasar capital desde Cuba a Gran
Bretaña. Invirtiendo ese capital trasegado en distintas direcciones,
aunque el asunto no era nuevo.
Dueño de un más que considerable
capital, el aún joven comillano adquiere ingenios, fincas,
cafetales con sus respectivos edificios, maquinarias, mano de obra,
en Santiago de Cuba; corre el año 1851.
Es en el año 1853 cuando
Antonio López determina regresar con carácter definitivo a España:
se instala junto a los suyos en Barcelona, haciéndolo en el vasto,
sombrío, solitario palacio ubicado en la céntrica calle
Puertaferrisa, de cara a las Ramblas; desde allí se interesa por el
negocio marítimo en gran escala y crea una sociedad de buques a
vapor bajo la denominación Antonio López y Compañía;
compra en subasta el
transporte del Correo entre España y Cuba adquiriendo para ello en
Amberes los barcos París
y Ciudad Condal; éste
es el germen de la Compañía, luego Trasatlántica, iniciada con un
capital de cincuenta millones de pesetas; al morir Antonio López
estaba compuesta por los vapores Antonio López,
Ciudad Condal, Ciudad
de Cádiz, Alfonso
XII, Méndez Núñez,
Santander, Comillas,
Habana, Guipúzcoa,
Coruña, Puerto
Rico, Pasajes y Patricio
Satrústegui.
En plena campaña
bélica africana (octubre 1859- abril 1860) contribuyó con sus
barcos a favor del Gobierno español en operaciones y transportes
masivos de soldados pues los buques con que contaba la Armada
española resultaban insuficientes; se procedió a la requisa de
parte de la flota mercantil; el comillano, será, de buen grado, colaborador activo; presta sus buques de vapor; a bordo del América,
fondeado en Río Martín, contrae el cólera en febrero de 1860.
Cuando en España revienta la tercera guerra carlista, Antonio López,
fiel a doña Isabel II, volverá a prestar sus buques al Gobierno
peninsular instalando su residencia en Santander -Muelle número
veintidós, segundo piso- para controlar de cerca su flota naviera.
También la Guerra de los Diez Años mantenida en Cuba debilita al
Tesoro español; en esa situación de penuria económica el Gobierno
y su depauperada Hacienda se encontraban en permanente deuda con
Antonio López, quien, ante la situación, accede a que se le hagan
los pagos por medio de distintos plazos. La compañía naviera del
montañés, en esos años de conflicto hispanocubano (1868-1878)
realizó un total de 1028 viajes transportando desde España hacia
Cuba un total de cuatrocientos mil soldados.
El
comillano continuó invirtiendo en barcos, ferrocarriles, negocios
azucareros; en Cuba tuvo varios ingenios con dotaciones de negros
esclavos como obraje;
no he logrado ver ningún documento consignando explícitamente la
participación directa de Antonio López en el tráfico negrero.
En
1876 el Gobierno español no encontraba quien le prestase el dinero
necesario para sostener la guerra en Cuba contra los
independentistas; López fundó el Banco Hispano Colonial junto a
otros prominentes hispanocubanos contrarios a la independencia del
pueblo insular antillano y adelantó la cantidad de veinticinco
millones de pesetas a ese paupérrimo Gobierno peninsular tal vez
persuadido de que esa élite de millonarios enemigos de dejar libre a
Cuba de la tutela española dependía la salvación de la isla
ultramarina, pues el establecimiento “en la capital catalana de
Antonio López, cabecera de la compañía de vapores de su mismo
nombre, posteriormente Compañía Trasatlántica Española, puso
orden y jerarquía en la red de relaciones entre Barcerlona y Cuba.
En último término, la Guerra de los Diez Años creó las
condiciones para que Barcelona se situara en lugar destacado en el
trasvase de capitales a España. En primer lugar, porque el conflicto
bélico posibilitó la consolidación del futuro marqués de Comillas
como una de las primeras fortunas del país a causa del papel de su
compañía naviera en el transporte de hombres y pertrechos militares
hacia la Isla.
En segundo lugar, porque los gastos de la guerra,
unidos a la preponderancia de Antonio López y López y a la
debilidad financiera del Estado español; dieron lugar a la creación
del Banco Hispano Colonial; que agrupó en torno suyo a lo más
granado de la élite propeninsular de Cuba, que era lo mismo que
decir a la élite económica que controlaba el ámbito portuario
isleño”.
Ese
mismo año 1876 le es dedicado el monumental poema La
Atlántida por su autor, mosén
Jacint Verdaguer, quien había entrado al servicio de Antonio López
un año antes en calidad de capellán del vapor trasatlántico
Guipúzcoa; dos años anduvo embarcado el poeta hasta ser instalado
en Barcelona merced a la capellanía creada por Antonio López en
memoria de su hijo Antonio, el preferido.
Opinaba Verdaguer que el
comillano era un claro ejemplo de aquella raza de luchadores que por
necesidad habían tenido que abandonar matria, hogar, costumbres,
gentes propias para echarse en las rutas americanas en busca de
fortuna y fama; para él, todo indiano era guerrero.
Hombre decidido
y valeroso, lograse o no su sueño de labrarse una privilegiada
posición socioeconómica.
La dedicatoria reza así:
Excmo. Sr. D.
Antonio López. Montando de tus naves el ala bendecida/busqué de las
Hespérides la flores del azahar./ Mas ¡ay!, las amarraron / del
naranjo, las olas con recia acometida / y tan sólo estas hojas que
te traigo quedaron, / flotando sobre el mar. Jacinto Verdaguer. Pbro.
Vapor trasatlántico “Ciudad Condal”. 18 de Noviembre de 1876.
En
1878 el Rey don Alfonso XII lo nombra marqués de Comillas; pocos
meses antes, el Monarca español le había distinguido con el Collar
de Carlos III.
En
1881 se crea a impulsos de Antonio López, la Compañía General de
Tabacos de Filipinas; la producción del tabaco filipino se había
desestancado por Real Decreto fechado el 25 de junio de 1881; el 21
de noviembre de ese año, López crea la Compañía General de
Tabacos de Filipinas mediante la aportación de setenta y cinco
millones de pesetas; en su consejo de administración se sientan
viejos socios de Antonio López y las plantaciones filipinas de la
nueva compañía abarcan los territorios de Santa Isabel de Cagayán,
La Concepción, San Luis de Ylagan, San Antonio, San Rafael de
Ylagan junto a las factorías de Flor de la Isabela, Meisic, Primera
de Malabón, Camarines de la Macaria, creándose, también, naviera
propia para el transporte del tabaco.
El ya riquísimo hombre de
negocios montañés fomenta el Crédito Mercantil, del que fue
presidente; adquiere al por mayor acciones de la Compañía de
ferrocarriles del Norte y aparece como primera potencia en otros cien
negocios de diversa índole. Veranean los reyes españoles en su
mansión de Comillas y le es concedida la Grandeza de España.
Con
los años, el marqués se fue haciendo cada vez más un hombre
solitario, tranquilo, sosegado; va a misas y rosarios con
frecuencia, quizás conmemorando su pobre pero piadoso hogar
infantil.
Al antiguo dependiente sin más estudios que los que la
escuela rural le proporcionó en sus primeros años comillanos, le
debió España su marina mercante; quizás por esa falta de estudios
y por su amor a la tierra matria, “no olvidó el marqués de
Comillas al pueblo que le vio nacer y en 1881 proyectó la
construcción allí
de un colegio de segunda enseñanza, ofreciendo el terreno y una
importante cantidad de dinero
a la Compañía de Jesús, pero esta idea derivó, por las presiones
del padre Gómez Carral, a la construcción de un seminario cuya obra
se concretó al año siguiente.
Muchas fueron las obras que se
ejecutaron en Comillas que financió don Antonio, entre ellas merece
recordar la mejora de caminos, calles y edificios públicos, así
como la financiación de las obras del templo parroquial, iniciadas
hacía más de doscientos cincuenta años.”
Un
dieciséis de de enero de 1883, por la tarde, púsose Antonio López
a jugar su habitual partida de tresillo; sintióse algo indispuesto y
se acostó; a la media hora, un derrame seroso tronchó aquella vida
laboriosa y fecunda que había dejado un inmenso engranaje económico
entre el cual destacaban con luz propia la Compañía Trasatlántica,
la Compañía General de Tabacos de Filipinas, el Banco Hispano
Colonial, el Crédito Mobiliario Español, la Compañía de
Ferrocarriles del Norte de España y la Sociedad Hullera; todo ello
fue llevado con buena mano por su hijo y heredero universal don
Claudio López Brú, segundo Marqués de Comillas.
Copiado del Libro:
Francisco Revuelta Hatuey
Dueños de sueños
MOSAICO MONTAÑÉS-CUBANO
Santander 1995
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