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| ... en investigación. Foto en Oreña de Cuba |
(De La Revista de CANTABRIA Nº 101 Octubre-Diciembre, 2000)
Rumbo a Cuba
el
periplo vital de los emigrantes cántabros en la perla de las
Antillas
Francisco Revuelta
Hatuey
El pasado 24 de
octubre se cumplió el 150 aniversario del nacimiento de Ramón
Pelayo, marqués de Valdecilla, célebre indiano de Cantabria, que
partió con 14 años a Cuba y consiguió, con apenas 30 años, reunir
una de las mayores fortunas de la isla. Pero desde el primer
colombino hubo cántabros embarcados que hollaron la isla de Cuba; y
de Santander partieron hacia la perla de las Antillas,
sin interrupción, sucesivas oleadas de emigrantes durante
trescientos años. Sin embargo, es a mediados del siglo XIX cuando la
expatriación se hace masiva. Es entonces cuando la ebullición
emigratoria tiene pleno hervor humano; cuando muchos montañeses
campesinos desean largar amarras hacia la imaginada e idílica tierra
del sol.
La
alegría, la fortuna pronta y fácil, el cambio de rumbo social y
económico … todos van a tratar de imbricarse desde lo más
profundo de sus sueños de mejora material, pero sin olvidar la
esencia de su ser común, su tierruca
natal, pues no marchan por capricho dejando el solar donde nacieron y
se criaron. El viaje suponía una vuelta al calcetín de su vida:
algo se quiebra dentro al ver, desde el barco transportador, alejarse
lentamente ese pedazo de geografía en cuyo interior laten tics
conocidos y queridos en cada rincón.
Desde
tiempo atrás huronean sobre
España múltiples calamidades: hacinamiento, malas condiciones
higiénico-sanitarias, crisis de subsistencias; demografía negativa
por culpa de la imparable emigración, la cual se ve agravada a
partir del último tercio del siglo XIX.
En
esta era se cuida con especial mimo al emigrante no clandestino. En
el año 1853 se levantaron las viejas restricciones migratorias; y,
en esta época liberalizadora, entra en vigor la real orden de 31 de
enero de 1873 por la cual se suprimía la fianza de 320 reales por
emigrante exigida a los armadores de las embarcaciones.
Posteriormente, otra real orden, de 8 de abril de 1903, suprimía
también el pasaporte para la emigración.
El
continuo expatriarse de la muchachada cántabra
en fase cercana o inmediata a contraer matrimonio y tener
descendencia, motivó, en un período no demasiado prolongado, un
auténtico estancamiento en lo que hubiera debido ser normal
desarrollo de la población provincial. Ello produjo un
envejecimiento no deseado, si bien existen bastantes controversias y
no escasas dudas sobre el tema. En todo caso, parece innegable el
hecho de que fue la masiva emigración de la juventud santanderina en
su conjunto la causa principal de que la entonces provincia tuviese
un menor crecimiento poblacional en relación con el resto de España.
Mientras tanto, los países que recibían aquella carga humana sufrieron un aumento de sus poblaciones, no ya por los emigrantes que
llegaban sin parar, sino merced a los hijos que tenían allá una vez
instalados.
LIGEROS
DE EQUIPAJE
Los que emigran, ¿adónde van cuando salen desde Santander,
pretendiendo ensanchar un porvenir que en su tierra les es negado? No
sólo a Cuba, pues se dispersan por México, Argentina, Venezuela,
Chile y Perú, que son los países más receptores de montañeses.
También, Francia, Alemania, Inglaterra, Nueva York, Jamaica, Puerto
Rico y Brasil.
El
equipaje que portaban solía componerse de tres camisas de estopilla;
un vestido completo de mahón, otro día de fiesta, y un tercero para
diario; una colchoneta, una manta, un arca de pino para guardar ropa,
además de comida y bebida para el viaje. A bordo, miedo a lo
desconocido, mareos, pequeñas peleas; dormían sobre diversos
rincones tapados con mantas, viejos abrigos, chaquetones que también
servían para librarse del frío nocturno, pues iban en su inmensa
mayoría en las bodegas, sobre tablas de pino y en lugares insanos.
Nada importa: son sueños que convertirán en realidad volviendo
cargados de oro, fama, un título nobiliario, un Don… De
cuantos emigrantes desembarcaron en Cuba, un poco menos de la mitad
lo hacían en el puerto de San Cristóbal, de La Habana, capital
insular. Lo primero que veían los chicones recién llegados
era el incesante bullebulle de los muelles, la actividad
comercial constante de todo el año. De allí la eminente posición
de Cuba en la producción de tabaco y azúcar, principal puerto de
embarque de esas valiosas mercancías con destino al resto del mundo.
NAVÍOS
MONTAÑESES
Santander
pasa de villa a ciudad el 29 de junio de 1755, gracias a la mediación
del padre Rábago, confesor privado del rey Fernando VI; se abría
así la ruta Santander-América, teniendo las naves que de aquí
partían como puerto principal de destino el de La Habana. Se
exportaba, como mercaderías más solicitadas en puertos de la
América española, harina, hierros salidos de las afamadas ferrerías
montañesas (rejas de arado, anclas, clavazones, hachas, ollas,
tijeras, agujas); envases de vidrio, espejos, abanicos, telas
extranjeras, sidra, cerveza, vino, anís; quesos, jamones,
confituras, anteojos, calzados, vestidos de hombre, mujer, niño, y
cientos de diversos objetos.
De
entre los muchísimos navíos matriculados en Santander que hicieron
durante cerca de trescientos años viajes americanos con rumbo a La
Habana, se pueden citar los siguientes: el bergantín “San
Francisco de Paula”; la fragata “San Juan Bautista”; la fragata
corsaria “Nuestra Señora del Carmen”; el bergantín “San
José”; la fragata “Aníbal”; la goleta “Palafox” (alias
“La Unión”); la fragata corsaria “San Juan Bautista” (alias
“Diana Meridional”); el bergantín “El Atrevido”; el
bergantín “San Andrés Apóstol”; la fragata “Fauna Habanera”;
el bergantín-goleta “Juliana” y la corbeta “Doña Flora de
Pombo”.
LA
HUELLA CÁNTABRA
Por
regla general, los cántabros recién llegados solían vivir con los
propietarios de los comercios en que trabajaban, sobremanera si lo
hacían como dependientes, aunque algunos solían independizarse. Lo
primero que han de hacer es cambiar la ropa para mejor acomodar el
cuerpo al clima antillano, más húmedo, sí, pero muchísimo más
caluroso que el de la mayoría de los lugares de su tierra. Se
ocuparon, principalmente, en comercios e industrias como
dependientes, o en calidad de sirvientes, o empleados de obra, o lo
que fuera… antes de ir a tumbar caña a las vegas, o a la
mina, reventadoras tareas mal pagadas.
Pronto
fueron los montañeses conocidos como eficaces y valorados
dependientes, lo cual queda reflejado en la más famosa novela cubana
de todos los tiempos: “Cecilia Valdés”.
El
montañés es cauto, reverencial hacia la naturaleza, sin
egocentrismos conocidos privada o públicamente. Quizás, de los
españoles, sea el más dado a lo universal; fija su atención
preferente en un quehacer sin eco.
Su
impermeabilizado carácter, firmado en largas tragedias marinas en
parte, piedra esculpida en cien países lejanos al suyo propio, y
pastoreo interior de ganado vario, parece abrirse a través de su
cotidiana labor en manifestaciones volcadas en tareas acabadas
cabalmente, pero sin que la mano derecha conozca lo que hace la
izquierda.
El
montañés fue en Cuba aglutinador de normas en lo familiar y de
humanidad sincera en lo social; la familia montañesa tradicional, en
su conjunto hoy regional, bien pudiera representar al hogar cubano de
antaño.
La
Sociedad Montañesa de Beneficiencia, El centro Montañés de La
Habana, y la Sociedad Montañesa de Recreo de Matanzas son un claro
ejemplo de esa presencia de los cántabros en la comunidad cubana.
LA
SOCIEDAD MONTAÑESA DE BENEFICENCIA
Una
de las máximas aspiraciones de los asociados a esta benemérita
institución era la de honrar, desde la distancia, a la hoy
Cantabria, mediante sus benéficas acciones desde el mismo día de su
constitución, allá en 1883. Los montañeses expatriados, unidos en
torno a la Sociedad Montañesa de Beneficencia, no sólo acudieron a
cubrir las necesidades materiales y espirituales de sus hermanos,
allí en Cuba, en múltiples ocasiones su ayuda llegó oportunamente
a paliar diversas desgracias acaecidas en distintas épocas, (la
susodicha Sociedad Montañesa de Beneficencia mantuvo una vida activa
desde su fundación en 1883 hasta el año de 1959) en diferentes
pueblos de la entonces Santander. A la magnífica administración de
sus sucesivas juntas directivas y al entusiasmo sin límites de sus
cientos de asociados debióse su progreso contínuo.
En
Santander capital, siempre estuvo atendida, desde la habanera
Sociedad Montañesa de Beneficencia, la Gota de Leche.
EL
CENTRO MONTAÑÉS DE LA HABANA
Fue
realmente ejemplar la labor llevada a cabo por todos y cada uno de
los integrantes del centro Montañés de La Habana, creación
motivada con el propósito de reunir a los emigrantes de la entonces
Santander, así como a sus hijos y a tantos cuantos simpatizasen con
la singular tierra del norte peninsular. Cuando se consiguió la
unión de las gentes, se procuró dar a los montañeses recreo
agradable y sana expansión en sus jornadas de descanso, así como
proporcionar los necesarios medios educativos a quien así lo
desease.
Poco
a poco, el Centro Montañés de La Habana fue fortaleciendo su cordón
umbilical entre los naturales de La Montaña y los cubanos. Fue
fundado este ejemplar centro el 20 de noviembre de 1910, y estaba
compuesta la primera comisión gestora por Gerardo Villanueva,
Marcelino Santamaría y José Salas, siendo nombrado presidente el
primero de ellos.
Con
el trascurso del tiempo se consolida la entidad sociobenéfica,
desarrollando diferentes actividades culturales, benéficas,
sociales, educativas, recreativas, espirituales y de confraternidad
hispanocubana. La asistencia sanitaria fue, además, capítulo
principalísimo en sus tareas diarias.
LA
SOCIEDAD MONTAÑESA DE RECREO DE MATANZAS
A
principios de los años veinte se celebró en la histórica ciudad
cubana de Dos Ríos una reunión en el hotel La Dichosa, propiedad
del hijo de La Montaña Lorenzo Mier. En ella quedó constituida una
nueva sociedad recreativa: la Sociedad Montañesa de Recreo de
Matanzas.
Esta
institución tuvo su domicilio social en la calle Veinticuatro de
Febrero, número once, y en ella, además de ayudar a quienes así lo
requerían en el plano benéfico-social, docente, etcétera, se
enseñaban danzas montañesas a los más jóvenes, así como todas
aquellas costumbres dejadas atrás pero jamás olvidadas por quienes
llevaron a término un deseo: erigir en la localidad insular una
parcelita de su querido lar montañés.
Con
los años, un puñado de transterrados cántabros manejarían
el motor económico de la isla de Cuba, desde Antonio López o Ramón
Pelayo a Laureano Falla, el último indiano verdaderamente
millonario. Los más se situaron bastante bien, y sólo unos pocos
hubieron de regresar como a la ida: sin nada. Pero, por un tiempo,
fueron lo que habían querido ser, dueños de sueños.
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“Dueños de
Sueños” es el título del libro publicado por Francisco Revuelta
sobre los montañeses en Cuba, del que proceden la mayor parte de las
ilustraciones de este reportaje.
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