sábado, 14 de marzo de 2026

EL BARRIO DE REVOLGO - EL BARRIO DE VISPIERES - EL BARRIO DE HERRÁN - LOS BARRIOS DE CAMPLENGO, ARROYO Y YUSO ( y 7ª Parte Santillana del Mar en 1753)

...el campo de Revolgo, sitio insigne en los anales caballerescos, lugar codiciadero para el cansado caminante, donde halla sosiego y frescura, sombra de árboles y rumor de fontanas.
Roble en el campo de Revolgo.- Ricardo León.

EL BARRIO DE REVOLGO

    Las mejores casas del barrio de Revolgo eran casi todas de los mismos propietarios que las de las calles de Santillana. D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa poseía una muy decente lindante al ábrego con el camino real y a los demás vientos con tierras propias. Otra casa era de don Jacinto Fernández de Bustamante, el dueño de la casa pegante a la del Ayuntamiento. También tenía allí casa y muchas tierras el Familiar del Santo oficio de la Inquisición de Navarra, vecino de Oreña, D. José Joaquín Barreda Yebra. Igualmente eran propietarios de tierras y edificios en Revolgo D. Pedro Velarde, vecino de Oviedo; D. Juan Gómez del Corro y Manuela García de la Torre.

    Vecino popular de este barrio era el carpintero Vicente de Velasco, hidalgo de 52 años que vivía en casa propia, donde tenía su taller, con su mujer, un hijo menor y dos hijas. El carpintero tenía dos yuntas de bueyes y algunas tierras que cultivaba. En su oficio trabajaba unos 180 días al año y su jornal se estimaba en 4 reales al día.

    La casa de Pedro García Tagle se hallaba en completa ruina. García Tagle pertenecía al estado de los hijosdalgo y no tenía oficio alguno, por mantenerse él y su hija única de limosna en casa de D. Matías Sánchez de Tagle, el rico mayorazgo de aquel barrio. En este había poco ganado: Manuela García de la Torre poseía una becerra, Luisa de Velasco, dos vacas y el carpintero dos parejas de bueyes.

    En Revolgo se hallaba la escuela pública de primeras letras cuyo edificio era propiedad del Ayuntamiento. En el memorial que de las propiedades de este dio el Procurador General consta una casa “en dicho sitio de Revolgo que sirve de escuela para la enseñanza de primeras Letras en la que habita su maestro, que tiene de largo ocho varas, seis de ancho y fondo 8 y cinco de alto; linda por el solano ermita de San Roque, por el ábrego y regañón Calle peatonal” El maestro se llamaba Domingo de Argumosa Gándara, tenía 72 años y era hidalgo y viudo. El maestro de Santillana era natural de Víoño, en el Real Valle de Piélagos, vivía con un nietecito y no tenía bienes algunos en la villa. Su oficio le daba cien ducados anuales. De los conocimientos que el maestro de Santillana pudiera tener no ha quedado más prueba histórica que la caligráfica de su memorial, y esta es desastrosa, pero no olvidemos que tenía 72 años. Quizá en sus años mozos fuera un gran calígrafo.

    El capítulo 47 de las Ordenanzas disponía “que por cuanto se ha experimentado gran descuido en los padres de familia en no enviar a sus hijos y hijas a la escuela de primeras Letras, a lo menos hasta instruirse en la Doctrina Cristiana, y que este es motivo para que se anden por las calles de esta villa y barrios travesando unos con otros, de que se han originado algunas desgracias, siguiendose a esto el que malogran la tierna edad en que deben ser instruidos en las buenas costumbres, y para que en adelante se ejecute, se ordena que a todos los niños y niñas que tuvieren cínco años de edad tengan obligación sus padres de enviarlos a ella, a lo menos hasta que sepan bien leer en un libro, pues de este modo podrán con facilidad aprender la Doctrina Cristiana, mayormente cuando la enseñanza la tienen los hijos de vecino sin que les cueste cosa alguna, cuyo buen celo y cuidado se encargó al Regidor general, por ser tan del Servicio de Dios Nuestro Señor.”

    Otro edificio propio de la villa sito en el campo de Revolgo era el mesón u hospedería. La villa se le tenía arrendado a Francisco Rodríguez Macho en 220 reales anuales. El mesonero tenía 46 años, estaba casado y no tenía hijos, por lo que había recogido a un sobrino que en el tiempo a que nos referimos estudiaba Artes. El mesonero no tenía bienes en Santillana y con su industria ganaba unos 1.000 reales anuales. Atendían a los huéspedes la mujer del mesonero y una criada a quien pagaban 8 ducados al año. La historia lo consigna el número y calidad de los huéspedes que solían alojarse en el mesón del Revolgo, pero la contabilidad del negocio no debía de ser muy complicada puesto que el mesonero era analfabeto. El mesón tenía de largo 16 varas, 12 de ancho, 8 de alto y 10 de fondo, y lindaba por todas partes con caminos públicos. Importante vecina y propietaria en aquel barrio era doña María Fernández Calderón, ausente de tiempo atrás en el Puerto de Santa María, reíno del Andalucía. Una figura simpática, es la del joven mayorazgo de los Tagles D. Matías Sánchez de Tagle y de los Ríos, el más conspicuo caballero del barrio de Revolgo en cuya flamante casona vivía rodeado de criados, muy atento a que su hermano, y casi contemporáneo, D. Jorge, hiciera con provecho los estudios que habían de llevarle a la décima canongía de la Colegiata santillanesa.

    Don Matías Sánchez de Tagle -que contaba entonces 19 años y era ya huérfano de padre y madre- se hallaba muy emparentado con todos los hidalgos y títulos del contorno. Su raza era dinámica y prolífica, dotada de una gran expansión. El más viejo de que había noticia era Sancho García de Tagle, fundador de un mayorazgo en Santillana ante el escribano García de Villa, el 20 de marzo de 1483, cuando reinaba en Castilla Isabel la Católica. En el siglo XVIII había Tagles en Ruiloba, Cigüenza, Puente San Miguel, en el mismo Santillana en el barrio de Vispieres, y en América; en la Isla de Cuba, en Chile y en los virreinatos del Perú y de Nueva España. La familia Tagle contaba entre los miembros de sus distintas ramas caballeros de las Ordenes Militares, ricos comerciantes y armadores, magistrados, inquisidores, maestres de campo, obispos y títulos de Castilla. En la sala de la casona de Tagle se conservan varios retratos de distinguidos miembros de aquella hidalga familia. En uno de ellos, que representa un prelado, se lee: El Ilmo. Señor Don / Pedro Anselmo Sanchez / de Tagle, Natural de la villa de Santillana en las / Montañas y Arzobispado de / Burgos. Colegial Mayor que / fue del Viejo de San Bartolomé el Mayor de Salamanca / del Concejo de Su Majestad. Inquisidor Decano del / Sto. Oficio de la Inquisición / de esta ciudad de Méjico / y Dignísimo Obispo de la Sta. Iglesia de Durango”. En la cartela de otro retrato de cuerpo entero de un caballero de nariz corva, boca rasgada, barbilla prominente y ojos profundos, ataviado a la moda borbónica se lee: “El Sr. Maestre de Campo;/ D. Luis Sanchez de Tagle; / Caballero de la Orden de / Alcantara, Vizconde Tagle/ y primer Marqués de Altamira/. Felipe V le hizo merced de este titulo por haberle donado / Diez y nueve y medio millones / de reales a mas de muchos y preclaros hechos”. Y en la parroquia de Cigüenza, se ve otro retrato que representa a “D. Juan Antonio de Tagle Bracho. Natural de este lugar de Cigüenza. Caballero de la Orden de Calatrava. Prior que fué del Consulado de la Ciudad de Lima en los reinos del Perú donde obtuvo el empleo de Sargento Mayor del Comercio. Primer Conde de Casa Tagle de Trassierra. Mandó fabricar a su costa este Santo Templo por los años del Señor de 1743. Rueguen a Dios por él.”

    Don Andrés Sánchez de Tagle y su mujer D.ª Josefa de Valdivielso Mier tuvieron, entre otros, dos hijos: D. Luis Antonio y D. Francisco, ambos Caballeros de Alcántara. Don Francisco pasó a Nueva España, donde le acompañó la suerte en sus empresas, y D. Luis Antonio entró al servicio de la Real Armada y ostentaba el grado de Alférez cuando, en 1724, hicieron testamento sus padres llamándole a la sucesión de los vínculos y mayorazgos de la Casa, con lo que el marino abandonó su carrera yéndose a morar de por vida a Santillana, donde sin duda entretuvo sus horas ociosas con la edificación de la ostentosa casa del barrio de Revolgo y la repoblación de los extensos bosques de su patrimonio.

    Hijo de este marino retirado y de su primera mujer Doña Casilda de los Ríos Ceballos Escalante fueron D. Matías y D. Jorge. El memorial que D. Matías envió al Juez Subdelegado de la contribución única comienza así:

    "Yo D. Matías Sanchez de Tagle, vecino de esta Villa de Santillana, de edad de diez y nueve años, del estado de Hijosdalgo, sin oficio porque me alimento de mis rentas, soltero; y tengo en mi compañía a un hermano de edad de diez y ocho años, llamado D. Jorge Sanchez de Tagle, al que le doy estudios en la Ciudad de Valladolid; y asimismo tengo dos criados, el uno llamado Joseph García Tagle, Natural de esta Villa, de edad de cincuenta años, a quien le doy de limosna de comer y de vestir, y el otro llamado Juan Domingo Rodríguez, natural del Lugar de Viveda a quien le doy de soldada catorce ducados en cada un año; y tengo asimismo dos criadas, la una natural de esta villa, y la otra natural del Lugar de Mortera; y el dicho D. Jorge Sanchez de Tagle tiene un criado para su asistencia en los estudios, de edad de diez y ocho años, natural de esta villa, llamado Francisco de Agüera, a quien le doy alimento y vestuario ... “

    El joven mayorazgo del Campo de Revolgo tenía tantas tierras y prados como el más acaudalado de la villa y más bosques que ninguno. Poseía también dos casas en Vispieres y diez vacas repartidas entre sus aparceros. En la calle de Juan Infante era dueño de la casa solariega edificada en 1689 y señalada actualmente con el nº16, en cuyo machón campean las armas de OLALLA, TAGLE, CEBALLOS y BUSTAMANTE en un primoroso escudo sobre cuya cimera mandó grabar el fundador el orgulloso lema: QUIEN NO TIENE OLALLA NO TIENE NADA”,algo compensado con el humilde AL FIN MORIR grabado bajo el mascarón que sostiene la cartela -que recuerda al transeunte lo efímero de las humanas vanidades. Entrando en el portal se ve todavía en el dintel de una puerta otra inscripción que dice: MUERTE, JUICIO, INFIERNO y GLORIA NO APARTES DE LA MEMORIA.

    La existencia de estos jóvenes mayorazgos montañeses debía discurrir despaciosa y monótonamente, sin otro quehacer que el ajuste de cuentas con sus mayordomos y la práctica de sus religiosas obligaciones. La caza era su predilecto deporte, y principal lectura la de las lisonjeras mentiras escritas por los Reyes de Armas en sus ejecutorias. Ya en el siglo XVII un poeta montañés, D. Antonio Hurtado de Mendoza, que debía de conocer bien a sus paisanos, rasguñó en la comedia. Cada loco con su tema, la figura del hidalgo de su tierra

Que con su halcón y su perro

Vive en el monte y no en casa,

Y a la noche vuelve y pasa

Todo el libro del Becerro ...

Muy puesto en que su Montaña

Vale mas que mil tesoros,

Y pensando que es de moros

Todo lo demás de España.

    La vida del hidalgo acomodado tenía que ser aburrida; con el sustento asegurado, en perpetua holganza y con pocos o ningún libro que leer, pues todas las bibliotecas que han llegado a nosotros, o que aparecen inventariadas en los antiguos protocolos escribaniles, son de obras de Teología, de Moral o de Derecho, es decir, de curas y abogados que las necesitaban para el ejercicio de su profesión; pero las obras de vaga y amena Literatura, y aún las de Historia, fueron escasísimas en las estanterías de las casas mayorazgas.

    Cuando a D. Matías Sánchez de Tagle le llegó el tiempo de contraer matrimonio fué a buscar compañera al Real Valle de Piélagos, casándose con D.ª Antonia Vicenta de Velasco y Ceballos, Señora de las Casas de sus apellidos en las Presillas y Zurita.

    De aquel venturoso matrimonio nacieron seis hijos, a saber:

    Don Manuel Sánchez de Tagle que llegó a ser dueño y señor de la casa de Tagle del Campo de Revolgo y de las de Velasco y Ceballos en las Presillas y Zurita. Casó con D.ª Maria Evarista Tadea Góngora, natural de Tudela de Navarra, de la que tuvo descendencia. D.ª María que dió su mano a D. José Bustillo de la Concha, señor de la casa torre de Bustillo que aún alza sus muros en la Penilla de Toranzo. D. Joaquín, Caballero de la Orden de Montesa y Capitán del Regimiento Provincial de Laredo. D. José, Capitán de Ingenieros Militares que murió en la batalla de Medellín combatiendo a los franceses invasores, y D.ª María casada con D. José María de la Gándara y Llana, pariente mayor de esta casa en Castañeda.

EL BARRIO DE VISPIERES

    Entre el disperso caserío del barrio de Vispieres destacaban por la suntuosidad de su fábrica y los escudos de armas que exornaban sus fachadas las casas de D. Francisco Antonio de Tagle Bustamante y de D. Juan Alonso de Bustamante. El primero de estos caballeros era vecino de Queveda y el segundo del valle de Reocín, y según dijimos al tratar de la calle de la Carrera eran dueños en ella de las casas solariegas que hoy día llevan los números 7 y 5, respectivamente.

    La casona de D. Francisco Antonio de Tagle Bustamante del barrio de Vispieres medía 12 varas de larga, 9 de ancha, 7 de alta y 9 de fondo, y tenía adosada a ella una de esas preciosas capillas de las casas palaciegas montañesas, puesta bajo la devoción de Santo Domingo. Ignoro quien fuera el fundador de aquella casa y capilla, pero consta que los bienes que D. Francisco Antonio poseía en este barrio se hallaban gravados con ciertos censos a favor de una capellanía fundada por D. Toribio Pérez de Bustamante; capellanía de la que era patrono el expresado D. Francisco Antonio y cuyos réditos gozaban los frailes del convento de Regina Coeli.

    La casa de D. Juan Alonso de Bustamante ostentaba en la fachada las armas de su dueño. El 25 de agosto de 1745 visitaron este edificio el escribano de Santillana -que iba en funciones de tal- Miguel de Maliaño, los caballeros alcantarinos D. Lucas de Baraya y Frey, D. Sancho Calderón Ladrón de Guevara (Regente de los Estudios de su Colegio de Alcántara), Domingo de Argumosa, maestro de primeras letras de Santillana, y el pintor Manuel González de San Martín. La visita tenía por objeto reconocer aquel solar y sus armas para el expediente de pruebas incoado para vestir el hábito de Alcántara por D. Francisco Sánchez de Tagle y Valdivielso, Pérez de Bustamante y Mier, expediente que fue aprobado el 9 de octubre de 1745. Al llegar los informantes a la casa hallábase en ella su dueño -que era primo segundo del pretendiente- y como los alcantarinos le preguntaran cuales eran las armas de Pérez de Bustamante “respondió que el apellido de Pérez es patronímico y que como tal le han usado sus antecesores, y que el escudo de Armas del apellido de Bustamante se compone de trece roeles y por orla tres flores de Lis en campo de oro, · para cuya comprobación -anota el escribano- salimos a la calle pública con dicho Juan Alonso de Bustamante quien señaló un escudo de Armas que se halla sobre la puerta principal de dicha casa que está con fachada de piedra labrada; y reconocido por dichos señores informantes conviene con la razón dada por el expresado D. Juan Alonso de Bustamante”.

    Otro antiguo solar de aquel barrio era el llamado de Moreda, propio de D. Francisco Antonio de Bustamante, quien había tenido que abandonarle por hallarse en completa ruina, instalándose en la villa.

    Los demás vecinos de Vispieres eran ganaderos y sobre todo labradores. Entre estos era de los más fuertes Jacinto de Reaño, hidalgo de 55 años, habitualmente enfermo, casado, con casa propia en la que vivían su mujer y sus dos hijas, una de estas casada con Alonso Herrera quien se hallaba ausente en Cádíz por algunos años. Reaño tenía 4 bueyes, 3 vacas y 4 jatos. Otro labrador hidalgo y acomodado era Juan Antonio Barreda Bracho, de 45 años, casado con María Pérez de la Sierra, de la que tenía tres hijos y tres hijas. Barreda poseía tierras en las mies de Castío, en Sopeña, al sito de Bimbral, Pasaviento, etc. Durante ciertos meses del año en los establos de la casa de Barreda se recogían dos yuntas de bueyes, cuatro vacas de vientre y cuatro novillos, “lo que se apastaran dichas vacas y novillos en los Puertos de Fresno y Aradillo, jurisdicción de la villa de Reinosa ,-escribe en su memorial Barreda Bracho- de que pagó por los novillos a 15 reales cada uno, y por las vacas 9 reales y medio”, Pero el principal ingreso de este vecino le obtenía con la explotación de la taberna de vino blanco de Santillana. La taberna era del Ayuntamiento a quien pagaba Barreda por su sisa 3.970 reales vellón; 840 reales daba al encargado que tenía en ella y todavía le quedaban libres 750 reales.

    El más anciano de Vispieres era Pedro García de Sobarzo, hidalgo, de 74 años, labrador, casado y sin familia. Tenía dos bueyes en aparcería con D. Matías Sánchez de Tagle.

    Otros vecinos del barrio eran Manuel García, cuyos dos hijos se hallaban en Cádiz; Francisco de Aguilera Bustamante; Juan Gómez de la Casa y José de Herrera, todos los cuales tenían, propia o en aparcería, alguna cabeza de ganado vacuno.

    Curioso es el memorial de Juan Alvear, y buen argumento en contra de los que confunden la hidalguía con la riqueza. Dice así: “Joseph de Alvear, vecino de la Villa de Santillana y su barrio de Vispieres ... declaro que soy hijo de algo notorio, de edad de cuarenta años, casado, tengo un hijo varón, este menor, no tengo oficio alguno sino el labrar hacienda. Declaro ser pobre, vivo de mi sudor y trabajo sin tener mas bienes que los siguientes: una cerda de vientre.” He aquí un pobre jornalero cuyo único capital es una cerda y que declara ser hijodalgo notorio, calidad esta última que se ve en muy pocos memoriales de hidalgos acomodados.

    Más suerte que a Alvear le cupo a Juan Antonio Ruiz de Somabia, hidalgo, de 62 años, casado, con tres hijos, una hembra y dos varones mayores de edad. Uno de estos estaba ausente en Indias, "Y el otro le retengo en la Villa de Cartes aprendiendo el ejercicio de boticario”, declara su padre. Somabia era el ganadero más fuerte de Santillana; llenaban sus establos 4 jatas, 10 vacas de vientre y una yunta de bueyes. Alonso de Herrera y Benito García se hallaban en Andalucía. Sus respectivas mujeres, María de Riaño y María de Cayuso, vivían en Vispieres.

    Mal se debía ver para ganar el sustento María Gutiérrez (viuda, hidalga de 60 años) pues su única familia la constituían dos hijas, una de las cuales se hallaba impedida de un brazo y la otra de una pierna. No poseían otra cosa que dos jatas y dos vacas, una de estas en aparcería con D. Francisco Antonio de Tagle, vecino de Queveda.

    También vivían en Vispieres José de Herrera y Manuel García. Este tenía dos hijos ausentes desde hacía muchos años; el uno en Cádiz y el otro en las Indias.

EL BARRIO DE HERRÁN

    En el barrio de Herrán -situado al pie del cerro de Altamira, tan famoso por sus cuevas- se alzaban dos ermitas; una de ellas era propia del Concejo, puesta bajo la advocación de San Sebastian. La otra -fundada por un Ceballos- fue dedicada a Nuestra Señora del Pedroso y su patronato había recaído en D. Juan Antonio de Villa Tagle, el caballero de la casa del Aguila, de la Plaza.

    La casa más ilustre de este barrio era la del apellido Mier, de la que era dueño el caballero de Alcántara D. Francisco Manuel de Valdivielso, habitante en la ca11e del Cantón, como heredero de su abuela paterna Doña Catalina de Mier, última señora de aquella casa que llevó el apellido. La casa de Mier ofrecía una particularidad poco frecuente en la arquitectura montañesa: su escudo de armas en vez de estar labrado en piedra, como es corriente, se hallaba pintado en colores en una cartela de madera colocada sobre la puerta principal del edificio. Este fue reconocido el 25 de agosto de 1745 por el escribano Miguel de Maliaño, el maestro de primeras letras de Santillana Domingo de Argumosa, el pintor Manuel González de San Martín y los alcantarinos D. Lucas de Baraya y Frey D. Sancho Calderón, caba11eros informantes en el expediente de ingreso en la orden de Alcántara promovido por D. Francisco Sánchez de Tagle y Valdivielso, Pérez de Bustamante y Mier. No se hallaba su dueño en la casa, pero les facilitó el acceso a ella su hermano el canónigo D. Pedro Luis de Valdivielso “a quien por dichos señores se pidió razón de las armas del apellido de Mier y dijo: Componerse de tres bandas rojas y a el lado de ellas dos estrellas de plata y bajo de la una cinco corazones, todo en campo azul, según se manifestaba de una tarjeta de madera que está fijada sobre la puerta principal de dicha casa, para cuyo reconocimiento salimos de ella en compañía de dicho don Pedro Luis y vista dicha tarjeta en esta se hallan pintadas con la división de dos cuarteles, las armas de los apellidos de MIER, y BARREDA, y en el primero están las del apellido de Mier, que convienen con la razón dada por dicho don Pedro Luis de Valdivielso”.

    Aparte de la casa de Mier, las demás de este barrio eran edificios sin importancia, supongo que algunos del período gótico, habitados por labradores que además de sus tierras poseían algunas cabezas de ganado vacuno. Entre estos se contaban Vicente González, casado sin familia; Juan Domingo Bracho, también casado y sin hijos, vivía con su suegra; pegante a su casa estaba la de Josefa Díaz Canalizo, en el sitio de las Colmenas.

    Tomás García de la Torre poseía seis cabezas de ganado vacuno, dos de ellas en aparcería con el convento de frailes, y dos cerdos. Lorenzo Pérez de Cossío, hidalgo, soltero de 30 años, vivía en casa propia completamente solo. También vivían solitarios en sus respectivas casas, la hidalga María García Tagle y el anciano de 74 años y viudo Manuel Díaz Tagle, labrador bastante acomodado. Manuel Díaz Tagle tenía casa propia, unas cuantas tierras, dos bueyes, dos becerras y una vaca con su cría.

    El ganadero más cuantioso del barrio era Manuel Pérez de Villa que poseía una cerda y once cabezas de ganado vacuno -entre ellas dos yuntas de bueyes- todas en aparcería, excepto una pareja de bueyes que era propia. Tenía un hijo y una hija. Felipa Gómez de la Guerra y María Sánchez de San Ganzo habían quedado viudas, la primera con un hijo menor y una hija, y la segunda con sólo una hija.

    José Pérez de la Lastra, de 22 años, casado, vivía con su mujer y su suegra. Era dueño de abundante labranza, de dos vacas de vientre, una becerra y dos bueyes.

    Poseían casas en este barrio D. Luis Velarde, el de la calle de la Carrera nº 2; los herederos de Domingo Pérez de Villa y la capellanía de Nuestra Sra. del Pedroso. Esta se destinaba a vivienda del capellán.

    En el barrio de Herrán todos los vecinos eran hidalgos. Algunos se hallaban en la emigración como Bernabé Gutiérrez, Francisco de Terán y Juan Domingo de Velasco, todos tres en Andalucía.

    El barrio de Herrán estaba habitado por solitarios y familias poco numerosas. Con la hija casada solía vivir su madre, seguramente porque era hija única y al casarse fue el marido a vivir a la casa de la mujer. Casos de estos eran frecuentes en Santillana y sus barrios, como también el de matrimonios de labradores sin hijos, que contrastan con la fecundidad de las familias de los caballeros.

LOS BARRIOS DE CAMPLENGO, ARROYO Y YUSO

    En el barrio de Camplengo, como en todos los barrios y mieses de Santillana, había tierras y prados pertenecientes a los Conventos dominicanos de Regina Coeli y San Ildefonso, y a la Mesa capitular de la Colegiata; pero casi todas las tierras y casas eran de los vecinos que moraban en él. Los caballeros de la villa tenían en el barrio de Camplengo muy poca propiedad. Solamente D. Luis Velarde, que vivía en la actual calle de la Carrera, núm. 2, era dueño de dos casas arruinadas y medio caídas.

    A despecho de los hidalgos, el más rico del barrio era un pechero, Felipe de Cayuso, casado sin familia, de 64 años·, labrador. Tenía casa propia con bastantes fincas, una yunta de bueyes, tres vacas de vientre, dos novillos y algunas ovejas, ganado este último nada abundante en Santillana. En el huerto de la casa de Cayuso se veían ocho dujos, o pies de colmena, vivos.

    Juan Pérez de la Lastra era uno de los arrendatarios de las monjas dominicas. Era hombre aficionado a la labranza y poco dado a la ganadería, por lo que las seis cabezas de ganado vacuno que poseía las había dado en aparcería a otros vecinos.

    En Camplengo vivían varias mujeres cabeza de familia. En relación a su vecindario era el barrio donde habitaban más viudas o solteras. Josefa García de la Torre era hidalga, soltera y tenía dos vacas y algunas tierras. Juliana García Tagle, viuda, con una hija, era dueña de la casa de su habitación y de algunas tierras y prados donde pastaban, el tiempo que no estaban en los puertos, sus seis cabezas de ganado vacuno. También habitaban en casa propia las vecinas María García y María Gómez de la Torre.

    El apellido Gómez era frecuente en este barrio. Además de María Gómez de la Torre vivían allí Juan Domingo Gómez, (26 años, hidalgo, labrador, casado, con dos hijos menores, tiene pocas tierras y dos bueyes), Manuel Gómez y José Gómez de la Casa, labrador acomodado con dos vacas propias y tres en aparcería de las dominicas. Manuel Pérez de la Fuente poseía dos buenas parejas de bueyes y Juan Antonio García de la Torre tenía dos bueyes, una vaca con su becerra, la casa en que vivía y algunas fincas.

    Felipe de Cayuso no se hallaba solo en el barrio con su pechería. Le acompañaba el joven de veinte años José Sánchez, soltero, labrador, quien vivía completamente solo en casa propia a la que pertenecían algunas tierras y árboles. Dada la obsesión nobiliaria de los montañeses, la situación de estos pecheros -verdaderos islotes en un océano de hidalguías-había de ser poco envidiable.

    Arroyo era un barrio pequeño de vecinos pobres, todos labradores: y bastantes del estado general o pecheros. Casi todos poseían algunas cabezas de ganado vacuno y lanar, estas últimas bastantes enfermas según confiesan sus dueños.

    Pecheros. eran Matías Santos, Juan Antonio y Manuel Cayuso, la viuda María García Vela, que tenía tres hijas, y María Pérez, asimismo viuda, acomodada, quien vivía con una hija y un criado menor de edad, a quien pagaba 4 ducados cada año. Otro pechero era Antonio de García Vela cuyo ht¡o estaba loco.

    Entre los hidalgos labradores -caballeros no vivían en Arroyo- Miguel González Barreda era el de más holgada posición. Tenía una hija y cuatro hijos, dos de estos ausentes en Indias. María Sánchez Calderón, hidalga, viuda de 60 años, vivía solitaria en su casa. José Fernández Calderón tenía muy pocos bienes, y Vicente García Gutiérrez -de cuya humilde casa ha quedado un bonito dibujo en el Catastro- era dueño de 12 ovejas, tres vacas, dos bueyes y dos cerdos.

    En el barrio de Yuso moraban escasos vecinos y los mozos se hallaban casi todos en la emigración; unos en Cádiz y otros en las Indias. En Cádiz estaba Miguel Jareda, cuya madre María Antonia de Herrera, viuda de 43 años, hidalga, labradora, tenía en su compañía otros tres hijos y dos hijas. Poseían una casa, algunas tierras y unas pocas cabezas de ganado. En Yuso vivían también Santiago García, José Gómez, Juan García y Pedro Fernández de la Maza, uno de cuyos hijos se hallaba en Indias. Todos eran labradores poco cuantiosos, pero muy hidalgos. D. Santiago Gutiérrez de Jareda, presbítero y cura del Concejo de Ibio en el valle de Cabezón, natural de este barrio, había heredado en él, de sus padres, casa, tierras, prados, árboles y ganados, de los que disfrutaba gratuitamente su sobrino José García Velarde.

La vida de aquellos labradores hubo de ser estrecha y miserable. Hoy nos asombra como podían sustentarse aquellas familias con los poquísimos bienes de que disponían, pues entonces la mayor parte de la Montaña era bosque y tierra erial. Salvo contadas excepciones, los montañeses de aquellos siglos no conocieron el gasto superfluo y sí sólo el estrictamente necesario para subsistir malamente.

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jueves, 12 de marzo de 2026

LA CALLE DE LA CARRERA - LAS CALLES DEL CANTÓN Y DEL RÍO - LA PLAZA DE LAS ARENAS (6ª Parte Santillana del Mar en 1753)


...aquella peregrina calle del Cantón poblada de blasones....- Ricardo León.
 
La villa de los hidalgos, de las viejas casas solariegas destartaladas y añoradizas, que se extienden al pie de la vieja Colegiata. Calle del Río.- M. de Unamuno.

...destaca su silueta elegante sobre el verde fondo de las colinas, que sale al encuentro del caminante en los escondidos callejos de las aldeas, y que parece resumir todas las cualidades de la raza montañesa: severidad, recogimiento y culto al linaje... Palacio de Velarde.- Ortiz de la Torre.



LA CALLE DE LA CARRERA


    En 1753 la calle actual de la Carrera se hallaba dividida en dos trozos, cada una con su nombre distinto. El primero iba desde la torre de Velarde, que lleva nº1, hasta la esquina de la casa nº3, que tiene un escudito sin cimera en la parte exterior del machón que da al ábrego. A esta parte se la llamaba el Cantón de Arriba o simplemente el Cantón. El segundo trozo de la calle comprendía desde la casa nº5 que tiene una moldura gótica perlada y arco ojival hasta la casa nº1 de la calle actual de Santo Domingo. A este trozo se le llamaba entonces como ahora calle de la Carrera, la cual en su integridad comprendía lo que ya se explicó al tratar de las calles de Juan Infante y Santo Domingo.

    Las casas números 13 y 11 eran del presbítero D. José Díaz Tagle, quien vivía en ellas - que entonces formaban una sola habitación - con un criado y una criada. D. José había nacido en Santillana, era rico por su casa y gozaba de una de las capellanías fundadas en la villa.

    La nº9 pertenecía a Juan Antonio Gómez San Salvador, quien la había heredado de su padre D. Jacinto Gómez San Salvador. Esto nos permite afirmar que las armas que ostenta esta casa son las de GÓMEZ SAN SALVADOR y BUSTAMANTE. Sobre estas últimas no hay duda: son los conocidísimos trece roeles y tres lises. En cuanto a las primeras tampoco puede existir vacilación al adjudicar al apellido Gómez el león sobre tres espadas que aparece tallado en la parte alta del primer cuartel, y respecto a San Salvador hemos de creer que está representado por el águila coronada que se ve en la parte inferior de dicho cuartel, pues así se ve este mismo apellido en el escudo de la casa de Barreda Bracho de la Plaza, y aunque en este último el águila aparece orlada de aspas, cosa que aquí no ocurre, débese tener en cuenta para explicar esta omisión la grande anarquía existente en cuanto a detalles en la heráldica montañesa.

    Juan Antonio Gómez San Salvador (no le ponen Don en el Catastro), era hidalgo, viudo, de 43 años, labrador de sus haciendas. Tenía un hijo en la Nueva España y otro en tierras de Andalucía y dos hijas que vivían con él en la casa de que venimos hablando, cuya renta anual se calculaba en 5 ducados.

    Ya dijimos que la casa situada en la bifurcación de las calles de Juan Infante y la Carrera pertenecía a D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa. Este edificio lleva hoy el nº10 de la calle de la Carrera. El nº8 era de Esteban Pérez de Rebia, vecino de Ubiarco, y el señalado con el nº 6 de María Gómez San Salvador, viuda, hidalga y labradora, quien vivía con una sobrina enferma. Esta casa se componía de “un piso con su guardapolvo, dentro de la que hay una sala con su dormitorio, su cocina, con otro dormitorio y un cuarto bajo y junto a este un pedazo de caballeriza para recogimiento de leña, y toda de fábrica antigua y muy trabajada toda ella”. Lindante con esta casa por el cierzo se hallaban el huerto y casa de D. Manuel de Noriega, vecino de Terán en el valle de Cabuérniga, dueño y señor de la casa de Barreda de Vernejo, sita en el valle de Cabezón. La casa de Noriega (nº4) tiene una ventana con las armas de Barreda, y un arco ojival cegado que da a la calle de Juan Infante. Creo que los fundadores de esta casa fueron Juan Barreda de la Vega y su mujer D.ª Catalina de Barreda y Estrada, cuyo hijo Diego se estableció en Vernejo y fué padre del calatravo D. Nicolás de Barreda y de la Torre.

    Volviendo a la acera norte de la calle diremos que la casa nº7 sobre cuya puerta se halla un bonito escudo con las armas de BUSTAMANTE en escusón y las de X X, TAGLE, PEREDO y CALDERÓN en su campo cuartelado, pertenecía a D. Francisco Antonio Tagle Bustamante, vecino del inmediato lugar de Queveda. Esta casa, según inscripción que ilustra su fachada, REEDIFICOSE AÑO 1661. Su propietario murió el 14 de julio de 1768 y fué sepultado en su sepulcro de la iglesia Colegial. Estuvo casado con D.ª Juliana de la Fuente y dejó tres hijos: Rodrigo, Francisco y María Antonia.

    Pegante a esta casa se hallaba una bellísima edificada en tiempo de los Reyes Católicos, según demuestra su interesante imposta perlada y su arco ojival. En 1753 era propiedad de D. Juan Alonso de Bustamante Tagle, vecino de Reocín. En su memoria hace constar que esta casa constaba de sólo una habitación y pajar incluso en ella y que tenía de fondo 14 varas, 8 de ancha y 7 de alta. Pero lo más interesante de esta descripción son los linderos del inmueble, a saber: ábrego casa de D. Francisco Antonio de Tagle Bustamante, vecino de Queveda; regañón camino público (calle de la Carrera); y cierzo y solano, camino público. Como al cierzo se halla hoy el palacio de Bustamante y de haber existido en 1753 hubiera constado necesariamente en los expresados linderos, sacamos la consecuencia de que entonces no estaba todavía edificado el mencionado palacio y que sobre su solar pasaba una calleja. Refuerza el argumento la razón de que dicho palacio no se halla descrito en parte alguna del Catastro y que la familia que aparece como propietaria de él años después no le incluye en la relación de sus fincas. Era esta familia la de D. Francisco Antonio de Bustamante, caballero hijodalgo, de 70 años, casado, con dos hijos menores de edad y uno mayor llamado D. Francisco Antonio ausente en los Reinos de Indias, siete hijas y dos criadas para el servicio de la casa a quienes pagaba 7 ducados al año a cada una. Estos Bustamantes tuvieron su primer asiento y solar en el barrio de Vispieres, sitio de Moreda. Descendían de Pedro Sánchez de Bustamante, llamado el de Moreda, por el nombre de su solar, el cual debió vivir a fines del siglo XVI. En el memorial de D. Francisco Antonio no aparece más casa que la secular de Moreda, en el barrio de Vispieres, la cual tenía 70 pies de larga, 35 de ancha, 24 de alta y 30 de fondo “con un suelo piso y parte sin él y algo arruinada y esta yerma muchos años hace por no hallar su dueño quien la habite y sirve de establar ganados.” En el mismo barrio tenía D. Francisco Antonio otra casa baja con su establo y pajar, en la que vivía Manuel García “sin que pague renta alguna a el dueño por haber mas casas que vecinos y no haber quien las habite.” Quizá el fundador del palacio de la calle de la Carrera fuera el indiano D. Francisco Antonio,hijo de su homónimo el que da el memorial. La familia gozaba de una decente fortuna en prados, tierras y árboles y un censo de 800 ducados contra el Concejo y vecinos de la villa. Como dato curioso consignaremos que tenían solamente ocho cabezas de ganado vacuno dadas en aparcería, lo cual demuestra la escasez de ganado aún en las casas acomodadas.

    La mujer del anciano hidalgo D. Francisco Antonio de Bustamante se llamaba Dña. María Francisca Santa Clara y Villota. De los tres hijos que constan en el memorial sabemos que el indiano y mayorazgo D. Francisco Antonio casó con D.ª Teresa de Bustamante, de la que tuvo descendencia; don Ignacio fué jesuíta, y el tercero debió de morir muy joven, lo mismo que una de las siete hijas. De las seis restantes, doña María Ana y D.ª Teresa fueron monjas en el convento de Santa Clara de Santander; Dª. Rosa casó con D. Antonio Girón, en Carrión de los Condes; D.ª Josefa dió su mano a D. Francisco Güemes, en Castañeda; D.ª María fué mujer de D. Antonio de Ceballos Gandarilla, y D.ª Juliana celebró dos matrimonios, el primero con D. Pedro de la Torre, vecino de Camargo, y el segundo con D. Ignacio de Santa Clara, quien llegó al elevado puesto de Consejero de Castilla.

    La casa número 3 luce en su fachada del ábrego, bajo elegante moldura, un escudito en cuyo campo se ven tres estrechas bandas que bajan de izquierda a derecha. Ignoramos a qué apellido puedan corresponder, pero sabemos que el propietario del inmueble era D. José de Polanco, vecino de Suances. La casa es anterior al siglo XVI, según demuestra su puerta ojival, y el escudito bien puede pertenecer a la misma época, pues la cartela es gótica y carece de sostenes, tenantes y cimera como otros escudos medievales, pocos desgraciadamente, que se ven por la Montaña.

    Venerable y bellísimo es el edificio marcado con el nº1 con sus puertas ojivales, sus saeteras y sus ventanas treboladas. Fué solar de los Velardes desde los primeros años del siglo XIV, en que se edificaría, y en la época en que historiamos pertenecía a D. Pedro Velarde, vecino de Oviedo, y estaba habitado por el administrador de las fincas que conservaba aquella rama de los Velardes en Santillana, don Pedro Pérez de Sorriba, presbítero y capellán de la capellanía de Ntra. Sra. de los Angeles sita en la expresada casa torre de Velarde.

    Don Pedro Velarde Prada, señor de la casa torre de Velarde del Cantón de Arriba, estuvo casado dos veces; la primera con D.ª María Francisca Navia Osorio, hija de los marqueses de Santa Cruz, y la segunda con D.ª Francisca Cienfuegos Valdés. Del primer matrimonio nacieron D.ª Nicolasa, señora de Camporredondo por su enlace con don Juan Antonio Calderón de la Barca y Enrique de Cisneros; y D.ª Eulalia, monja en Oviedo. Del segundo matrimonio de D. Pedro fueron el mayorazgo D. Pedro Velarde Cienfuegos; D. Romualdo, Colegial Mayor de Oviedo y Obispo de Avila desde el año 1776 al de 1780; D. Joaquín, Canónigo de Oviedo; D. José, Coronel Teniente del Rey en la Coruña; D. Juan Antonio, Oidor de la Audiencia de Guatemala; y doña Francisca, casada con D. Fernando Alonso Valledor, señor de esta casa en Asturias.

    Frente a la torre de Velarde y en la acera del mediodía de la calle de la Carrera se alza la casa nº2 que en el año de que nos venimos ocupando era habitada por su dueño D. Luis Vicente de Velarde, lo que parece indicar que aquella torre y esta casa fueron en un tiempo del mismo dueño y que después, por sucesivas particiones testamentarias, fueron a parar a distintas ramas de aquel apellido. D. Luis Vicente Velarde tenía 45 años, era hidalgo, se hallaba casado y tenía cuatro hijas y dos hijos menores. Servían esta casa dos criadas y un criado. Poseía buena hacienda, de la que eran parte no despreciable las casas que tenía en la calle del Cantón. Llevaba él mismo algunas de sus fincas para cuyo laboreo tenía una buena pareja de bueyes, y otras reses vacunas que también poseía las había dado en aparcería a distintos vecinos.


LAS CALLES DEL CANTON Y DEL RIO


    En la época que historiamos todavía no estaba edificado el actual palacio de los Valdivielso en la calle del Cantón, esquina a las de las Lindas. Sobre su solar se levantaba entonces un viejo edificio de planta y piso, con la correspondiente distribución de oficinas, y dos casas accesorias, pegantes al edificio principal, que servían de caballeriza y pajar. Debía de ser antiquísimo y sus paredes cobijaron a varias generaciones de aquel inquieto linaje de los Valdivielsos, sobre los cuales se advierte una constante atracción del virreinato de la Nueva España, como si misteriosos instintos les señalaran que en aquella tierra fecunda habría de obtener su apellido todo lo humanamente apetecible en punto a honores y fortuna.

    Habitaba esta casa D. Francisco Manuel de Valdivielso y Sánchez de Tagle, Mier y Pérez de Bustamante, desde 1745, Caballero de Alcántara y a la sazón Regidor General por el estado de los Caballeros Hijosdalgo de Santillana. Con el alcantarino -que contaba 55 años- vivían su anciana madre D.ª Luisa Sánchez de Tagle y Pérez de Bustamante, su mujer D.ª María Antonia de Villa - hija de un Oidor de la Real Audiencia de Manila- y cuatro de los siete hijos de aquel matrimonio, - tres varones y una hembra - -todos de corta edad. Los tres mayores se hallaban ocupados en servicio del Rey: D. Francisco Dionisio -que sucedió a su padre en el mayorazgo - y D. Pedro vestían el uniforme de cadetes en el Regimiento de Guardias de Infantería, y D. Andrés, en cuya casaca de Guardia Marina se veía ya la blanca venera de San Juan, se hallaba destinado en la escuadra del Departamento de Cartagena.

    Llamábanse los tres jovencitos que vivían con sus padres y su abuela en la calle del Cantón D. José Domingo, D. Bernardo Francisco y D. Manuel, y la niña Antonia.

    El señor de la casona de Valdivielso gozaba del pingüe mayorazgo fundado en Santillana por su remoto antecesor D. Juan de Valdivielso en el año de 1528 y de otras buenas haciendas correspondientes a la casa de Mier, en el Barrio de Herrán, que aportó al matrimonio su abuela paterna D.ª Catalina de Mier, señora de aquella Casa. En la casona de la calle del Cantón se vivía holgadamente: dos criados, -uno de ellos, Ignacio Collado, natural de la villa y otro un mozo de Ubiarco -dos criadas y una doncella atendían al servicio doméstico de sus amos, y un mayordomo - que ganaba 1.000 reales anuales- cobraba los réditos censuales, y las rentas de prados, molino y casas. Entre estas era quizá la más importante la situada en la acera del regañón, en la misma calle del Cantón, pegante a las de D. Luis Velarde y D.ª Antonia García de la Torre. Otra casa poseía Valdivielso en el sitio de las Arenas, otra en el sitio del Cueto, -barrio del Arroyo- un invernal en ruina en Sobrelasarenas y dos casas de labrador en el barrio de Herrán. D. Francisco Manuel falleció en Santillana en 1781. Su partida de defunción, llena de interesantes datos biográficos y genealógicos de esto noble familla dice así:

    “En 3 de septiembre de 1781 falleció D. Francisco Manuel de Valdivielso, caballero del hábito de Alcántara, hijo legítimo de D. Pedro de Valdivielso y D.ª Luisa Sánchez de Tagle, todos vecinos de esta dicha villa, estuvo casado con D.ª María Antonia de Villa, su legítima mujer, hija con la misma legitimidad de D. Gregorio de Villa, del Consejo de S. M. y Oidor de la Real Audiencia de Manila, y de Doña María Josefa Pérez de Tagle su legítima mujer; de cuyo matrimonio deja por sus hijos legítimos a D. Francisco Dionisio de Valdivielso, Caballero del hábito de Santiago, segundo Teniente de Infantería de Reales Guardias Españolas; al Capitán D. José Domingo de Valdivielso, del mismo hábito; a D. Frey Andrés, Caballero de la Sagrada Religión de San Juan y Comendador de Castro Nuño, Teniente de Navío de la Real Armada; a D. Frey Pedro, Caballero y Comendador de Ciudad Rodrigo en la misma Sagrada Religión, Sargento Mayor del Regimiento de Infantería de la Corona; a D. Fernando, Colegial Mayor del Arzobispo de Salamanca y Magistral de Coria donde murió; al Licenciado D. Manuel, Colegial Mayor en el Viejo de San Bartolomé de Salamanca; a D.ª Antonia Vicenta, casada con D. Luis de Navamuel; a D.ª Damiana religiosa en el Convento de San lldefonso de dominicas de esta villa, y a D.ª María Teresa, casada con D. Manuel de la Bárcena. Recibió los Santos Sacramentos de Confesión, Comunión y Extrema Unción, se le aplicó la indulgencia plenaria pro artículo mortis. Fué sepultado su cadáver en la primera grada inmediata a las puertas de esta Colegial de Santillana el día 4 de dicho mes y año. Hizo testamento ante Manuel de Maliaño, escribano de esta villa, el día 4 de agosto de este presente año ... “

    Pero la rama de los Valdiviesos que llegó a conquistar las más preciadas distinciones y honores junto a una enorme fortuna fue la fundada por D. Francisco de Valdivieso y Mier, primer Conde de San Pedro del Alamo y Mariscal de Campo que hemos visto habitando la casa de la calle del Cantón.

    Era D. Francisco de Valdivielso y Mier, segundón del matrimonio de D. Andrés y D.ª Catalina de Mier por lo que privado de bienes en el solar vernáculo hubo de abandonarle para buscar fortuna en el ejercicio de las armas, avecindándose en México, donde la logró tan crecida que su casa llegó a ser famosa tanto por la hermosa fábrica de su edificio y riqueza de mobiliario como por su boato en criados, lacayos, carrozas y caballos.

    De las demás casas de la calle del Cantón sabemos que la que llaman del Marqués de Santillana y que tiene en su fachada las armas de los apellidos VEGA Y HERRERA, pertenecía a D. Pedro Antonio de Barreda Bracho, que era sin duda el mayor propietario urbano de la villa. La llamada de Los Hombrones, que ostenta el escudo de los Villas no hemos podido averiguar a quien pertenecía por entonces.

    Otros propietarios de esta calle eran D. Diego Domingo de la Cueva, vecino de Queveda; el cantor de la Colegiata D. Manuel González de San Martín; D. Tomás Calderón, vecino de Oreña; D.ª Antonia García de la Torre, mujer de D. Andrés de Riaño, quien se hallaba ausente en Indias; don Baltasar de Mesones, vecino de Iguña; D.ª Vicenta de Maliaño; el Clérigo D. José Gómez; María Pérez de la Lastra; Juan Antonio Mancina, vecino de Comillas, etc., etc.

    Nos ha sido posible averiguar el nombre de los propietarios de la mayor parte de las casas de la calle del Río, así llamada por el regato que la atraviesa. La nº1 pertenecía a D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa; la nº3 a la capellanía que fundó D. Gregorio de Cossío Barreda y que en 1753 gozaba su hijo D. José, cura beneficiado del lugar de Tagle; la nº7 era del escribano Manuel Melendez Valdés; la nº9 de D.ª Manuela del Río, viuda de D. Anselmo Gomez de Barreda; la nº11 del Convento de las Caldas. La nº15 era de D.ª Ana María de Polanco y creo que fue la casa principal de este linaje en Santillana, que se extinguió a la muerte de dicha señora acaecida en el año que estudiamos. Ya dijimos que el actual palacio de la archiduquesa Margarita pertenecía a D. Pedro Antonio de Barreda Bracho.

    La casa que ostenta en su fachada las armas de Cossío fué edificada por D. Rodrigo de Cossío, muerto en las Caldas sin descendencia en 1713, y en el año 1753 era de Don Vicente Díaz de la Serna y Cossío, vecino de Castillo Pedroso.

El capítulo 56 de las Ordenanzas multaba "a las lavanderas que en el río de la calle se pusieren a lavar todo genero de ropas o cosas comestibles por la indecencia que causan a un paraje tan público como lo es por ser el único paso para la Parroquia de esta Villa.”


LA PLAZA DE LAS ARENAS


    La plaza de las Arenas figura ya con este mismo nombre o con el de plazuela de la Arena en escrituras medievales. Arena según el Diccionario, es el “Sitio o lugar del combate o la lucha”. Quizá los caballeros de Santillana y sus Asturias celebraron en aquel 1ugar sus retos y desafíos durante la Edad Media.

    El principal habitante de la plazuela de las Arenas era D. Bernardo Velarde Ibañez, de 35 años, Caballero Hijodalgo notario, mayorazgo de su linaje, uno de los más antiguos de Santillana. Descendía D. Bernardo de un famoso personaje, fundador del mayorazgo de su línea, llamado D. Pedro Velarde Villa, nacido hacia 1460, quien casado en su juventud con D.ª Mariana de Terán, como enviudase de ella abrazó el estado eclesiástico, llegando a ser Prior de la Colegial de Santillana, canónigo de Palencia, Inquisidor de Toledo y Comisario General de Cruzada, muriendo en su palacio de la plazuela de las Arenas el año 1587 a los ciento veintisiete de su edad. Este hombre de bíb1ica longevidad reedificó y agrandó su casa torre de las Arenas -en la cual vivía su descendiente D. Bernardo en el año que venimos estudiando- dejándo1a en la forma típicamente montañesa con que ha llegado a nosotros; con sus hastiales escalonados, sus pináculos, sus gárgolas, su portal de doble arco, y como elemento extraño al arte regional la guarnición plateresca de uno de sus huecos. Seguramente que nadie reconocería este palacio en la descripción que de él hizo su dueño en el memorial del Catastro. Dice así: “En este Barrio (de las Arenas) una casa torre de vivienda (que es en la que vivo) con sus servidumbres de Pajar y Caballeriza. Es antigua y vieja por cuya causa y la de arruinarse es de ninguna uti1idad. Su ancho 16 varas, su alto veinte y quatro y su largo veinte y cuatro, fondo 26. Surca al cierzo con tierra y prado míos; al solano con el solar de las Arenas mío, y tierra aneja; al ábrego con el Camino Real que va a Camplengo; y al regañón con la Plazuela de las Arenas que frontea con la Iglesia Real Colegial de Sta. Juliana.” En el mismo barrio poseía D. Bernardo “otra casa de vivienda baja medio arruinada por lo antigua” y en la Plaza mayor y otros lugares de la villa, las casas de que se ha hecho mérito al tratar de dichos lugares, que eran y siguen siendo los más antiguos edificios civiles de la población, exceptuando la Torrona.

    Don Bernardo estaba casado y tenía dos hijos varones de 17 y 13 años. Su palacio no tenía mas servicio que un criado de 17 años -que ganaba 10 ducados al año- y una criada de 50 años, que ganaba 9 ducados. El hidalgo del palacio de las Arenas fue Alcalde Mayor de la Real Abadía de Santillana durante varios años.

    La casa número 1 de esta plazuela, que tiene las armas de Gómez del Corro en un escudo de piedra colocado sobre el balcón, pertenecía a D. José Gómez del Corro, vecino de Puente San Miguel y patrono único del Convento de San Ildefonso. Esta casa fue edificada para su morada por el Canónigo y Tesorero de la Colegiata D. Alonso Gómez del Corro, fundador de dicho Convento en el ano 1667.

    Otras casas de esta plazuela eran de D. José Velarde, vecino de Boó de Piélagos; de D. Francisco Valdivielso, el alcantarino de la calle del Cantón; de D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa, el de la calle de Santo Domingo de don Juan Domingo Bustamante; de Dª. Vicenta de Maliaño, la jovencita que vivía con su tío D. Miguel de Maliaño en la calle del Cantón y de D. Alonso Bernaldo de Quirós, vecino de Cóbreces.

    Habitaban dicho barrio dos labradores con casa propia. Uno de ellos era Domingo de Herrera, casado, de 46 años. hidalgo, con dos hijos menores. Tenía dos vacas, “las envió al puerto de Soto, Merindad de Campoó -dice en su memorial- y por ellas pago cada año por el herbaje de dicho puerto quince reales vellón.” El otro labrador era Juan Antonio de Velasco, casado, hidalgo con un hijo de 23 años. Tenía algunas tierras y otras llevaba en renta de las monjas. En su establo se prendían dos parejas de bueyes y dos vacas. Estas iban a pastar durante los meses estivales al puerto de Soto. La casa que el escribano Manuel de Maliaño tenía en la plazuela de las Arenas se hallaba tan deteriorada que nadie le daba renta por ella y la habitaba un pobre de solemnidad.


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domingo, 1 de marzo de 2026

LA CLERECÍA DE LA VILLA - CONVENTOS - LOS HOSPITALES (5ª Parte Santillana del Mar en 1753)

 


... la mujer-azucena, de larguísimo cuello, de corpiño pudoroso, de falda flotante y castamente plegada, de pies rectos y puntiagudos, de manos exquisitas, de enigmática expresión en el rostro, como si soñase en fantásticas aventuras o esperase al andante caballero que va a romper el encanto en que la tiene un maligno brujo. El traje que viste Santa Juliana es de muy elegante corte y complicada hechura;  y a sus pies, sujeto por una cuerda que coge la santa, retuércese el vencido demonio, en figura de dragón. Sepulcro de Santa Juliana.- E. Pardo Bazán


LA CLERECÍA DE LA VILLA


    La capital de las Asturias montañesas era una villa levítica, de intensa vida religiosa. En su recinto vivían dos comunidades religiosas, un Abad, un Cabildo colegial y varios Prebendados, Beneficiados y Capellanes. En su maravillosa Colegiata se celebraban diariamente veintiún misas por los capitulares; en el convento dominico de Regina Coeli dieciseis, y otras varias por los capellanes particulares en capillas y ermitas. Además, según declaración del Mayordomo de fábrica, eran muchos los sacerdotes forasteros que concurrían a celebrar en los altares de la Colegiata, llevados por la devoción que en sus Asturias se profesaba a las reliquias de Santa Juliana.

    Muchos días, aun laborables, se celebraban misas solemnes, de tres sacerdotes, cantadas y con música de órgano, en cumplimiento de piadosas disposiciones testamentarias de caballeros difuntos. Por la tarde, los rosarios y funciones religiosas eran frecuentes.

    Los señores canónigos tenían sus horas. de Coro, y los frailes y las monjas sus rezos conventuales. En torno a la Mesa Capitular vivían organistas y cantores, y a expensas de los conventos sacristanes y demandaderas. Los señores Prebendados y canónigos rezarían el Oficio Divino paseando por los claustros románicos de la Colegiata.

    En las viejas calles de la villa, junto a las puertas ojivales de anchas dovelas y artísticos herrajes, se veían los indumentos eclesiásticos de los sacerdotes seculares junto a los blancos hábitos de los frailes dominicos de Regina Coeli cuando las obligaciones religiosas de entrambos les concedían momentos de asueto. Popular era en la villa y su comarca la figura del Procurador de los dominicos, jinete en el caballo que tenía para andar a la compra de mantenimientos para el convento y la del Mayordomo del señor Abad, a lomos de su montura, que iba o venía de cumplimentar alguna diligencia importante en el amplio territorio abacial.    

    Desde el 24 de junio de 1741 era Abad de Santillana don Gaspar de Amaya Lanzarote, miembro del Consejo de Su Majestad en el de Hacienda. Un antiguo privilegio concedía al Abad el señorío de la villa, pero a fines del primer tercio del siglo XV el marqués de Santillana comenzó a disputarle aquella prerrogativa, fundando sus derechos en cierto privilegio que decía haber recibido su ascendiente Garcilaso de la Vega del vencedor del Salado. Después de muchos años, tras no pocas asechanzas y luchas, que alcanzan su apogeo en 1439, se llegó a una avenencia entre el Abad y Cabildo y el marqués de Santillana, firmándose una escritura, que mereció la sanción real el 4 de diciembre de 1512, por la cual los primeros renunciaban el señorío de la villa en favor del marqués, recibiendo de éste, en cambio, ciertas ventajas materiales. (1) Desde entonces los Abades de Santillana dejaron de titularse señores de la villa, -que de abadanga tornose en señorío- pero siguieron ejerciendo la jurisdicción pleno jure en el territorio conocido por el nombre de Real Abadía de Santillana.

    En esta villa se reunían los procuradores de los lugares de la jurisdicción de la Abadía, ignoramos si en la sala consistorial del Ayuntamiento o en la sala capitular del Cabildo Colegial. Por un reparto vecinal hecho con ocasión de levantar una Compañía de Milicias en agosto de 1726, sabemos el vecindario que en aquellos años contaban los lugares de la Abadía y cuáles eran éstos. El más importante era Oreña con 26 vecinos, que harían unos 150 habitantes; Ubiarco tenía 15 vecinos; Puente, 10; Hinojedo, 16; Rudagüera, 6 ½; La Busta, 10; Golbardo,4; Carranceja 10· Casar 6 ½; Toporias, 4 1 / 2; Cerrazo, 10 1 / 2; La Veguilla, 5 1/ 2 , y Mercadal, 10. En 17 de enero de 1762 se reunieron “en la sala de Ayuntamiento de la Real Jurisdicción de la Abadía de esta villa” de Santillana, bajo la presidencia de D. Bernardo Velarde Ibáñez,-señor del palacio de su apellido de la plazuela de las Arenas-”Alcalde Mayor y Juez Ordinario en la citada Real jurisdicción”, los procuradores de sus lugares para practicar el cotejo de pesas y medidas, y a esta reunión concurren los procuradores de Cortiguera y Suances, y en cambio falta el de Cerrazo. Esto nos hace pensar si en el transcurso de aquellos años hubo alteraciones en el área de la jurisdicción abacial. 

    Con los anteriores datos quedará demostrado que la jurisdicción de la Abadía era importante y extensa, y que el señor Abad de Santillana era un personaje en la Montaña, por lo que no nos extrañará que siempre disputara la supremacía al de Santander, y que cuando se pensó en erigir a esta ciudad -entonces villa- en sede episcopal, se opusieran a ello el Abad Cabildo de Santillana y reclamaran para su villa aquel grande honor. 

    Creemos que el Abad durante sus estancias en Santillana habitaba la casa de la calle del Río, propia hoy día de la Archiduquesa Margarita de Hapsburgo y en 1753 de D. Pedro Antonio Barreda Bracho, mayorazgo de la casa que ahora es Parador de Gil Blas. En el palacio abacial se vivía con verdadero boato. Su tren de casa no era alcanzado por el de ningún caballero de la comarca. Bajo sus techos moraban un capellán sin sueldo, un Mayordomo a quien sólo daba de comer y vestir, el lacayo Fabián Alvarez, que ganaba 540 reales anuales a más de alimentos y librea, tres criadas que ganaban 132 reales al año cada una, un hortelano que recibía 20 ducados y un sobrinillo de Su Ilustrísima llamado como él D. Gaspar de Amaya, cursante en Gramática. En la caballeriza del Abad se albergaba un caballo de silla para el servicio del Mayordomo. Si como creemos el palacio abacial era la actual casa de la Archiduquesa, la caballeriza sería un edificio a la sazón muy deteriorado, y hoy desaparecido, del que sólo quedan sus dos puertas ojivales situadas casi frente al palacio, pues consta que aquel edificio se alquilaba junto con el palacio y como caballeriza de él. El precio del alquiler anual de ambos era el de 16 ducados anuales; la mayor renta que se pagaba en la villa. 

    Desempeñaba el importante cargo de Prior D. Juan Antonio Bracho, Juez conservador de la Religión de San Antonio Abad, que falleció a los 85 años, después de haber disfrutado aquella dignidad por espacio de 59 y fué enterrado en la capilla del Santo Cristo de la Buena Muerte. 

    La Colegial tenía nueve canongías. En lo antiguo tuvo diez, pero la séptima fué a parar en 1566, por concesiones apostólicas, al Santo Tribunal de la Inquisición de Logroño, que todavía conservaba bienes en Santillana en 1753.

    El más anciano de los canónigos era D. Gerónimo Fernández del Río, que llevaba desempeñando el cargo desde 1699 y contaba entonces 72 años. Vivía en la calle de Juan Infante, núm. 8, con su sobrina Doña María Antonia Fernández de Ceballos, viuda de D. Alonso Bustamante, y allí murió en 1754.

    Ocupaban las demás canongías los señores D. José Martínez, que vivía en una casa propia de la mesa capitular; D. Fernando Manuel de Barreda, D. Francisco Miguel de Ceballos, clérigo acomodado que tenía dos criadas y un criado; D. José de Mier y Terán, que también vivía desahogadamente con su ama y un criado, y a quien su empleo de Mayordomo del Cabildo daba 100 reales anuales; D. José Domingo de la Vega, ausente de Santil1ana por orden de S. M., y D. Gregario Velarde, Canónigo Magistral. Este último poseía una capellanía que se llamaba del Rey por proveerla S. M., la cual capellanía le daba ocho o nueve cargas de maíz y siete o nueve celemines de trigo, y tenía de pensión 108 misas con la obligación de decir la mitad de ellas a las once de la mañana. El canónigo D. Juan José del Río Herrera era Capiscol y Comisario del Santo oficio. Su dignidad llevaba el gravamen de costear un sochantre para el gobierno del canto del Coro. Vivía en Abios con su hermano el Prebendado D. Pedro, en una casa propiedad de D. José Gómez del Corro, el patrono del convento de San Ildefonso.

    Sobre la pertenencia de la dignidad de Tesorero se había planteado litigio, aún no fallado, entre el Fiscal Eclesiástico de la Real Abadía y D. Agustín de Uriarte, Inquisidor de Zaragoza.

    Los Prebendados eran D. Pedro Pérez, D. Tomás Gamboa (Racionero), D. Juan López Vadil1o, D. Juan Agustín Velarde, D. José de Rábago Ceba1los, D. Juan de Estrada, D. Pedro del Río Herrera y D. José Joaquín Bracho Bustamante. Este último era Prebendado de ración entera y cura párroco, y vivía con su hermano el Canónigo D. Juan Antonio. El Prebendado D. José de Rábago vivía con sus padres el Corregidor D. Francisco de Rábago Rubín de Celis y doña María Antonia de Ceba1los, naturales de Potes, a quienes servían dos criadas. Don José Gómez Martínez, clérigo de menores órdenes, era Sacristán Mayor de la Colegiata.

    Además de la capellanía del Rey había otra en la Colegiata fundada por Dña. María Pérez, de la que era capellán el canónigo D. Gerónimo Fernández del Río. Mejor dotada era la que gozaba el presbítero D. José Díaz Tagle, clérigo muy hacendado que vivía holgadamente en su casa de la calle de la Carrera, núm. 13.

    Poseían diversos bienes en Santillana la capellanía de Ntra. Sra. del Rosario sita en la iglesia parroquial de Víllapresente, que gozaba D. José Revuelta, cura Beneficiado en la vílla de la Aguílera, Obispado de Osma, y la que gozaba D. Luís del Castíllo, cura del lugar de Cortiguera. Ignoramos donde radicaban la que fundó D. Gregorio de Cossío Barreda y disfrutaba su hijo D. José, beneficiado de Tagle. Don Juan Antonio de Villa Tagle era patrono de la Capellanía erigida en la ermita de Ntra. Sra. del Pedroso, sita en el barrio de Herrán. Asimismo poseía fincas en los alrededores de Santíllana la capellanía que servía D. Fernando Manuel de Barreda, cuyas fincas llevaba en renta D. Matías Fernández de la Fuente.

    La fábrica de la Colegiata poseía tierras y prados cuyas rentas empleaba su Mayordomo Miguel Gómez de la Casa en los siguientes gastos: Aceite de la luminaria del Santísimo, 150 reales; cera para el alumbrado, 365 reales; salario del organista, 368 reales; lavandera, 66; jabón, 10; subsidio y escusado, 23 1 / 2; Santos oleos, un real; retejo, 40; jabonar y planchar corporales, 25; armar y desarmar el monumento, 22; arreglar lámparas y candeleros, 4 reales. Respecto a la partida de “Composición y reparo de ornamentos” confiesa el Mayordomo de fábrica que “no se puede dar punto fijo, pero contemplando un quinquenio y que son veinte y un capitulares y otros muchos forasteros que concurren a celebrar en dha. iglesia se regulan quinientos reales en cada un año.”

    El vecindario asistía devotamente a las misas, rosarios y funciones. Los hombres antes de entrar en el templo, se entretenían en jugar a las cartas y a los dados, costumbre que quiso desarraigar el Capº 42 de las Ordenanzas al establecer “que atento el que se experimenta que algunos vecinos están jugando a los Naipes y otros juegos antes que se celebre la Misa mayor conventual en la Parroquia y el Rosario que se reza en el convento de Reginaceli todas las tardes de los días festivos, privándose de muchas indulgencias, acordaron que de hoy en adelante a ninguno se le permita semejante diversión en tales horas ... " En algunas épocas del año se celebraban rogativas y misas de letanía seguidas de procesiones. Estas salían de la Colegiata y visitaban las ermitas de la Magdalena, San Sebastian, San Jorge, San Cipriano y San Roque. Procesiones y rogativas eran acordadas en Concejo abierto y presididas por el Ayuntamiento.


Sírvanos de amparo la mirada de las vírgenes del señor para penetrar en la villa difunta. Convento Regina Coeli.- B. Pérez Galdós

... los callados monasterios que vigilan la entrada de la villa...
Convento de San Ildefonso.- Ricardo León

CONVENTOS

    Elemento principalísimo de la vida religiosa de Santillana del Mar fueron sus dos conventos de Regina Coeli y de San Ildefonso; el primero de frailes dominicos y el segundo de religiosas de la misma Orden. Bajo las naves de sus templos soterrábanse los hidalgos de la villa que no poseían enterramientos o capillas particulares en la Colegiata; en sus altares se celebraban anualmente solemnes funciones religiosas con motivo de las fiestas de sus Santos Patronos, y funerales y cabos de año por las almas de los caballeros que yacían en sus recintos. Y los claustros del convento de San Ildefonso recogían frecuentemente a las más linajudas señoras de Santillana y sus Asturias, cuando piadosa vocación les llevaba a consagrarse a Dios.

    De la fundación del convento de Regina Coeli tenemos detallada noticia en la Historia del Convento de S. lldephonso de la Villa de Santillana, -ímpreso en Madrid en 1743- pues su autor, Fray Manuel Joseph Medrano, antes de tratar del convento que es objeto principal de su libro, historia la fundación de otras casas dominicanas en nuestra región. 

     “Lo mas remoto de esta Provincia (de España) por la parte que mira al Septentrión -escribe Fray Manuel Joseph- son los Conventos que se hallan en las Montañas de Burgos, Teatro, que si bien lo es de mucha gloria, por su anciana y calificadísima nobleza, y por los ilustres hijos que con su espada y la pluma coronaron su Patria de los laureles de la ciencia y del valor, no había recibido con todo eso (siendo su distancia el motivo) toda la cultura debida a tan capaz terreno. Hasta que introducidos los hijos del Mastín de la Iglesia en sus breñas, despertaron a católicos ladridos los corazones que poseían el engaño y la superstición. Es cierto que antes que los hijos de Santo Domingo llegasen a las Montañas vivían ya en ellas los del Grande Serafín de la Iglesia; y que éstos, correspondiendo a las altas obligaciones de hijos de tal Padre, trabajaban cuanto podían, y pudieron mucho, en desterrar las impresiones de la ignorancia, y enseñar la predicación y el ejemplo aquellos Fieles. Pero también lo es, que siendo no mas que dos los Conventos, y el país, aunque de corta extensión, de mucho numero de gente, no bastaba su trabajo a lo que pretendía su celo, y que su fatiga se quedaba mucho mas acá de sus ansias.”

    “Esta consideración movió el piadoso animo de Alonso Velarde, Caballero bien conocido en Santillana, y su tierra, a procurar viniesen a ella los Religiosos de la Orden de Predicadores. Y aunque esta idea tuvo principio el año de 1570, no pudo reducirse a práctica hasta el de 1595, en que ocurrió el Capitulo Provincial, de esta Provincia, y donde se halló personalmente el mismo Alonso Velarde, quien supo presentar con tanta viveza y energía sus deseos, que no pareció al Provincial y Definidores podían negarse a complacer suplica tan bien fundada y conveniente al Instituto de la Orden. Y porque no se perdiese tiempo en cosa que importaba tanto, llevó consigo Alonso Velarde algunos Religiosos, que señalaron Provincial, y Definidores, sujetos de mucha prudencia y virtud, y tales como pedían las circunstancias. Fueron estos bien recibidos de la Nobleza y Pueblo de Santillana, donde vencidas algunas dificultades, que ocurrieron con la Iglesia Colegial de aquella Villa, y obtenidas las licencias precisas, tomaron posesión de una casa, que llamaron convento, con el titulo de Regina Coeli, muy gozosos con dar principio a la fundación debajo de los auspicios de Maria Santísima, que ha sido siempre imán de los afectos de los Domínicos.”

    “En medio de la estrechez que padecían los Religiosos, así por la cortedad y mala disposición del edificio, como por la falta de medios, y la fatiga de pedir limosna para sustentarse, no olvidaron las obligaciones de su instituto, ni el fin que los había traído a la Montaña. Antes bien, animosos con los trabajos, empezaron a darse a los ejercicios de Púlpito, y Confesonario, con tanta felicidad, que en pocos días se vio muy otro el semblante de aquel País, así en la forma de las costumbres, como en la inteligencia de los Misterios de nuestra Fe, y aplicación a los empleos de piedad. Estos celosos desvelos arrebataron el cariño y la veneración de los Montañeses, deseando todos se multiplicasen los Conventos, para que toda la Montaña lograse el beneficio de aquellos Apostólicos obreros, a cuyo santo afán veían iban cediendo la ignorancia y los vicios.” 

    Desde entonces los frailes dominicos entraron a formar parte de la población de Santillana, socorriendo a su vecindario en las necesidades espirituales, compartiendo sus buenas y malas cosechas y elevando preces al Señor por sus almas.

    En 1753 formaban la comunidad de Regina Coeli dieciseis sacerdotes y dos legos, y era Procurador del convento Fray Bernardo Cacho. Para el servicio de la sacristía tenía el convento dos niños a quienes daba solamente de comer y vestir.

    Las fincas y rentas de esta comunidad eran inferiores a las de San Ildefonso, pero con todo daban para un buen pasar. Las heredades conventuales se hallaban en su totalidad arrendadas a diversos vecinos, y los frailes no poseían más ganado que dos cerdos de matanza y un caballo para el servicio del Procurador. Las rentas se pagaban en especie, con lo que los graneros del convento, después de la recolección se colmaban.

    Los indicados bienes se hallaban gravados con la obligación de celebrar anualmente 58 misas cantadas y 169 rezadas. El convento tenía algunos pequeños gastos anuales: 71 reales y medio de vellón se pagaban a la panadera por cocer el pan de trigo y borona; 33 reales vellón a la lavandera de sacristía por aderezar los paños y ropas del culto; al médico se daban 100 reales anuales por asistencia a la comunidad; al cirujano y barbero 80 reales, y 144 de subsidio y contribución a la Provincia.

    Sobre la fundación e historia del convento de San Ildefonso ya se ha dicho que existe una obra impresa. Su título es el siguiente: Historia / del Convento / de S. Ildephonso / de la Villa de Santillana, / del Orden de Predicadores; / Vida, y Virtudes / de la venerable sierva de Dios / Soror Antonia / de San Pedro, / y de algunas ilustres hijas, / que le ennoblecieron, / desde su fundación, / hasta estos tiempos, / Por el M. R. P. Fr. Manuel Joseph / de Medrana, del mismo Orden de Santo Domingo, su Chronista, / y Prior del Real Convento de Sal Ildephonso / de la Ciudad de Toro... / Con Licencia. En Madrid: En la Imprenta, y Librería de Manuel Fernández, impresor de la Reverenda Cámara Apostólica, en la Caba Baxa. Año de M.DCC.XLIII / ···"

    “Ya estaba muy extendida la fama del rigor, y santidad, que practicaban los Religiosos de las Caldas, -escribe el Prior de los dominicos de Toro- cuando puso Dios en el pensamiento de don Alonso Gómez del Corro, Dignidad de Tesorero en la Iglesia Colegial de la Villa de Santillana, y hombre, que retirado de todos los divertimientos del mundo, solo pensaba en los ejercicios de Caridad, y oración, propios de su estado, fundar un Convento de Religiosas de la Orden de Santo Domingo; idea, que le pareció mas conveniente entre muchas que se le ofrecían de piedad. Pero dudando fuese bastante su hacienda para tanto intento, procuró reducir al mismo a un Caballero, que sin sucesión, y mucho caudal, tanto mejor podía ayudar a tan santa empresa, cuanto tenía menos motivos, que le llamasen a la profanidad. Pero como no siempre saben los hombres lograr aquellas ocasiones que para utilidad de su espíritu les suele ofrecer la Divina Providencia, el Caballero, bien que al principio consintiese concurrir a obra tan piadosa, presto mudó tan buen propósito a la luz de algunos pretextos, que él llamaba causas; con que todo el peso de aquel cuidado volvió a oprimir el espíritu del celoso Tesorero, quien lejos de perder los ánimos con la repentina veleidad de su Amigo, propuso solamente fiarse en los caudales de su confianza, y en los medios seguros de la Divina Providencia.”

    “Resuelto, pues, a proseguir su santa resolución, tomó la medida según su prudencia, y sus fuerzas, y purificando primero sus deseos con poner muy lejos del pensamiento todos los impulsos de la vanidad, y halagüeñas razones, empezó a solicitar licencias para su Convento” para lo que se dirigió al padre Fray Pedro Alvarez de Montenegro, confesor del rey Carlos II y Provincial de la Provincia de España, quien “concedió prontamente la licencia para esta nueva planta ... Pero como el Demonio, grande Artífice de engaños, sabe bien cuanto importa a su malicia impugnar los principios de estos heroicos intentos, aplicó toda su industria para que llegasen al Real Consejo algunas razones, que dictadas de la envidia, y vestidas de aparente color de celo, moviesen aquel Supremo Senado a no dar su consentimiento para la nueva fundación ... Dos veces negó el Real Consejo la licencia, hasta que pedida tercera, en ocasión de hallarse alborotada la Corte con la felicísima noticia de haber el Santísimo Padre Clemente Nono puesto en el Catálogo de los Santos a la Bienaventurada Virgen Rosa de Santa Maria, primero riquísimo tributo, que sobre las aras de la Orden de Predicadores ofreció al Cielo la América, se consiguió la licencia deseada, porque Rosa fuese el primer fundamento de este pensil amenísimo de su Religion ... “

    “Luego que Don Antonio Gomez del Corro logró la licencia, dió principio a la fabrica del Convento, dandole por Patron y Titular el mismo Santo que a el había introducido a la milicia cristiana ... Con el cuidado, y aplicación de Don Alonso, creció en breve tiempo mucho el Convento: su fabrica, ni fue de aquellas en que se busca mas que la utilidad, el nombre de grandeza, ni de las que por arreglarse demasiado a la estrechez, faltan en lo preciso de una religiosa comodidad; sino un edificio mediano, en que la Iglesia y Coro llevaron lo mas principal del lucimiento, como teatros del culto Divino; pero muy ajustados al nivel, que nuestro Santísimo Padre prescribió a sus hijos, empezando ya en lo material de la casa, el severo rigor, y prudente método de vida, que habían de profesar sus habitadoras. Tomó el Fundador esta elección, como desahogo de sus santos deseos, no como pretexto de la vanidad. No quiso se gravasen sus Armas ni el frontispicio, ni en lo interior del templo, porque le dedicaba a Dios solo …”

    A pesar de lo que Fray Manuel Joseph Medrano manifiesta en la líneas últimamente transcritas, las armas del fundador fueron labradas en el frontón de la puerta que da acceso al templo y sobre ellas se lee esta inscripción:


ESTA IGLESIA Y CONVENTO FUNDÓ

Y DOCTÓ EL SEÑOR DON ALONSO

GOMEZ DEL CORRO, TESORERO EN LA COLE

GIAL DE ESTA VILLA, A SUS EXPENSAS, A

HONRA Y GLORIA DE DIOS Y SU SANTÍSIMA MADRE AÑO 1667


    Ochenta y seis años después de su fundación, el convento de San Ildefonso cobijaba bajo sus techos veintisiete religiosas de velo entero y cinco de medio velo. Era confesor de la comunidad y procurador de la casa Fray Hernando Murga, del Orden de Predicadores, a quien por su manutención y por la obligación que tenía de decir misa diariamente por el alma del fundador del convento, se calculaba un gasto de 200 ducados al año.

    El convento de San Ildefonso era uno de los más ricos de la Montaña: poseía 39 escrituras censuales impuestas al tres por ciento, que juntas hacían un capital de 3.693 ducados, más once escrituras impuestas sobre reales vellón al mismo interés que representaban 39.289 reales de capital, y bastantes fincas, algunas de las cuales explotaba directamente el convento. Para ello tenía un hortelano, llamado Antonio Fernández de la Maza, a quien mantenían las monjas y daban 20 ducados al año. El convento tenía también su sacristán, menor de edad, asimismo mantenido y pagado con 10 ducados, y dos criadas que ganaban lo mismo que el sacristán.

    Contra los expresados bienes y otros que pertenecían al convento, en distintas jurisdicciones tenía la comunidad algunas cargas. Deberían celebrarse en su Iglesia catorce misas de aniversario todos los años, doce de ellas a tres reales y las otras dos a seis; 665 reales gastaba en nueve funciones de iglesia, a 75 reales cada una, de los que 30 eran para el predicador y 45 para cera y otros gastos precisos. De subsidio y contribuciones de gastos de provincia se pagaban 202 reales y 30 maravedís. Al médico 100 reales al año, y al cirujano 70.

    Durante muchas generaciones los claustros del convento de San Ildefonso de Santillana encerraron la vida de muchas hidalgas montañesas a quienes su devoción movía a dedicarse a Cristo. Y algunas de ellas llegaron a conseguir el más alto grado de perfección en la vida monástica, logrando, al fin, la muerte de los bienaventurados.


    LOS HOSPITALES

    En Santillana había tres hospitales: el de San Lázaro de Mortera, el de la Misericordia y el Común. El canónigo D. José de Mier y Terán era Mayordomo del Real Hospital de San Lázaro de Mortera, nombrado por el Cabildo Colegial, a quien por delegación real pertenecía el patronato de aquella benéfica casa. “Fue su primitiva fundación -escribe el canónigo Mier- para el abrigo de lacerados. Hoy se halla reducido a beatas por no haber tal contagio. Al presente son dos las beatas y tienen y han tenido un mayordomo para cobrar sus efectos, que aunque cortos están muy dispersos, por cuyo trabajo se le paga anualmente 186 reales que es la séptima parte de la renta que tiene dicho hospital.” El edificio, situado en los alrededores de la población, tiene 40 varas de fondo, 20 de ancho y 5 de alto, incluso en él su ermita, que algún tiempo fue parroquia para los hermanos del hospital. Sombreaba los alrededores del hospital un espléndido bosque de 400 robles y le rodeaban importantes tierras de trigo y de borona de su pertenencia. El pueblo llamaba a las mujeres que moraban en aquel antiquísimo edificio las beatas de la Magdalena.

    El mismo Canónigo, Sr. Mier y Terán, administraba el hospital de la Misericordia, también por nombramiento del Cabildo. En el hospital de la Misericordia se alojaban solamente los sacerdotes pobres y enfermos que llegaban a Santillana, quienes eran allí asistidos por la hospitalera María Oreña.

    El hospital común pertenecía a la Justicia y Regimiento de la Villa y servía para hospedar a los pobres peregrinos transeuntes. Le regentaba José Palma, que también era tamboritero del Concejo. Con relación a este establecimiento dispuso el capítulo 67 de las ordenanzas “que mediante hallarse esta villa con hospital para albergarse en el a los pobres peregrinos y pasajeros y ser esta villa Patron de él y transito de toda esta Costa de Cantabria, acordaron que a los dichos pobres pasajeros y peregrinos, atendiendo a las cortas rentas y corto vecindario, no se le permita parar en él (hospital)ni (en) esta villa de dos días arriba, a menos que el tiempo sea tan riguroso que no les permita caminar a donde llevaran su destino, y en caso de hallarse enfermos se usará de caridad con ellos, encargando a algunos individuos de esta villa soliciten limosna para su manutención, y estando convalecientes que puedan andar se pasaran a la jurisdiccion mas inmediata según la costumbre, y lo mismo se entiende con los demás pobres y forasteros.



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