domingo, 1 de marzo de 2026

5ª Parte Santillana del Mar en 1753

 


... la mujer-azucena, de larguísimo cuello, de corpiño pudoroso, de falda flotante y castamente plegada, de pies rectos y puntiagudos, de manos exquisitas, de enigmática expresión en el rostro, como si soñase en fantásticas aventuras o esperase al andante caballero que va a romper el encanto en que la tiene un maligno brujo. El traje que viste Santa Juliana es de muy elegante corte y complicada hechura;  y a sus pies, sujeto por una cuerda que coge la santa, retuércese el vencido demonio, en figura de dragón. Sepulcro de Santa Juliana.- E. Pardo Bazán


LA CLERECÍA DE LA VILLA


    La capital de las Asturias montañesas era una villa levítica, de intensa vida religiosa. En su recinto vivían dos comunidades religiosas, un Abad, un Cabildo colegial y varios Prebendados, Beneficiados y Capellanes. En su maravillosa Colegiata se celebraban diariamente veintiún misas por los capitulares; en el convento dominico de Regina Coeli dieciseis, y otras varias por los capellanes particulares en capillas y ermitas. Además, según declaración del Mayordomo de fábrica, eran muchos los sacerdotes forasteros que concurrían a celebrar en los altares de la Colegiata, llevados por la devoción que en sus Asturias se profesaba a las reliquias de Santa Juliana.

    Muchos días, aun laborables, se celebraban misas solemnes, de tres sacerdotes, cantadas y con música de órgano, en cumplimiento de piadosas disposiciones testamentarias de caballeros difuntos. Por la tarde, los rosarios y funciones religiosas eran frecuentes.

    Los señores canónigos tenían sus horas. de Coro, y los frailes y las monjas sus rezos conventuales. En torno a la Mesa Capitular vivían organistas y cantores, y a expensas de los conventos sacristanes y demandaderas. Los señores Prebendados y canónigos rezarían el Oficio Divino paseando por los claustros románicos de la Colegiata.

    En las viejas calles de la villa, junto a las puertas ojivales de anchas dovelas y artísticos herrajes, se veían los indumentos eclesiásticos de los sacerdotes seculares junto a los blancos hábitos de los frailes dominicos de Regina Coeli cuando las obligaciones religiosas de entrambos les concedían momentos de asueto. Popular era en la villa y su comarca la figura del Procurador de los dominicos, jinete en el caballo que tenía para andar a la compra de mantenimientos para el convento y la del Mayordomo del señor Abad, a lomos de su montura, que iba o venía de cumplimentar alguna diligencia importante en el amplio territorio abacial.    

    Desde el 24 de junio de 1741 era Abad de Santillana don Gaspar de Amaya Lanzarote, miembro del Consejo de Su Majestad en el de Hacienda. Un antiguo privilegio concedía al Abad el señorío de la villa, pero a fines del primer tercio del siglo XV el marqués de Santillana comenzó a disputarle aquella prerrogativa, fundando sus derechos en cierto privilegio que decía haber recibido su ascendiente Garcilaso de la Vega del vencedor del Salado. Después de muchos años, tras no pocas asechanzas y luchas, que alcanzan su apogeo en 1439, se llegó a una avenencia entre el Abad y Cabildo y el marqués de Santillana, firmándose una escritura, que mereció la sanción real el 4 de diciembre de 1512, por la cual los primeros renunciaban el señorío de la villa en favor del marqués, recibiendo de éste, en cambio, ciertas ventajas materiales. (1) Desde entonces los Abades de Santillana dejaron de titularse señores de la villa, -que de abadanga tornose en señorío- pero siguieron ejerciendo la jurisdicción pleno jure en el territorio conocido por el nombre de Real Abadía de Santillana.

    En esta villa se reunían los procuradores de los lugares de la jurisdicción de la Abadía, ignoramos si en la sala consistorial del Ayuntamiento o en la sala capitular del Cabildo Colegial. Por un reparto vecinal hecho con ocasión de levantar una Compañía de Milicias en agosto de 1726, sabemos el vecindario que en aquellos años contaban los lugares de la Abadía y cuáles eran éstos. El más importante era Oreña con 26 vecinos, que harían unos 150 habitantes; Ubiarco tenía 15 vecinos; Puente, 10; Hinojedo, 16; Rudagüera, 6 ½; La Busta, 10; Golbardo,4; Carranceja 10· Casar 6 ½; Toporias, 4 1 / 2; Cerrazo, 10 1 / 2; La Veguilla, 5 1/ 2 , y Mercadal, 10. En 17 de enero de 1762 se reunieron “en la sala de Ayuntamiento de la Real Jurisdicción de la Abadía de esta villa” de Santillana, bajo la presidencia de D. Bernardo Velarde Ibáñez,-señor del palacio de su apellido de la plazuela de las Arenas-”Alcalde Mayor y Juez Ordinario en la citada Real jurisdicción”, los procuradores de sus lugares para practicar el cotejo de pesas y medidas, y a esta reunión concurren los procuradores de Cortiguera y Suances, y en cambio falta el de Cerrazo. Esto nos hace pensar si en el transcurso de aquellos años hubo alteraciones en el área de la jurisdicción abacial. 

    Con los anteriores datos quedará demostrado que la jurisdicción de la Abadía era importante y extensa, y que el señor Abad de Santillana era un personaje en la Montaña, por lo que no nos extrañará que siempre disputara la supremacía al de Santander, y que cuando se pensó en erigir a esta ciudad -entonces villa- en sede episcopal, se opusieran a ello el Abad Cabildo de Santillana y reclamaran para su villa aquel grande honor. 

    Creemos que el Abad durante sus estancias en Santillana habitaba la casa de la calle del Río, propia hoy día de la Archiduquesa Margarita de Hapsburgo y en 1753 de D. Pedro Antonio Barreda Bracho, mayorazgo de la casa que ahora es Parador de Gil Blas. En el palacio abacial se vivía con verdadero boato. Su tren de casa no era alcanzado por el de ningún caballero de la comarca. Bajo sus techos moraban un capellán sin sueldo, un Mayordomo a quien sólo daba de comer y vestir, el lacayo Fabián Alvarez, que ganaba 540 reales anuales a más de alimentos y librea, tres criadas que ganaban 132 reales al año cada una, un hortelano que recibía 20 ducados y un sobrinillo de Su Ilustrísima llamado como él D. Gaspar de Amaya, cursante en Gramática. En la caballeriza del Abad se albergaba un caballo de silla para el servicio del Mayordomo. Si como creemos el palacio abacial era la actual casa de la Archiduquesa, la caballeriza sería un edificio a la sazón muy deteriorado, y hoy desaparecido, del que sólo quedan sus dos puertas ojivales situadas casi frente al palacio, pues consta que aquel edificio se alquilaba junto con el palacio y como caballeriza de él. El precio del alquiler anual de ambos era el de 16 ducados anuales; la mayor renta que se pagaba en la villa. 

    Desempeñaba el importante cargo de Prior D. Juan Antonio Bracho, Juez conservador de la Religión de San Antonio Abad, que falleció a los 85 años, después de haber disfrutado aquella dignidad por espacio de 59 y fué enterrado en la capilla del Santo Cristo de la Buena Muerte. 

    La Colegial tenía nueve canongías. En lo antiguo tuvo diez, pero la séptima fué a parar en 1566, por concesiones apostólicas, al Santo Tribunal de la Inquisición de Logroño, que todavía conservaba bienes en Santillana en 1753.

    El más anciano de los canónigos era D. Gerónimo Fernández del Río, que llevaba desempeñando el cargo desde 1699 y contaba entonces 72 años. Vivía en la calle de Juan Infante, núm. 8, con su sobrina Doña María Antonia Fernández de Ceballos, viuda de D. Alonso Bustamante, y allí murió en 1754.

    Ocupaban las demás canongías los señores D. José Martínez, que vivía en una casa propia de la mesa capitular; D. Fernando Manuel de Barreda, D. Francisco Miguel de Ceballos, clérigo acomodado que tenía dos criadas y un criado; D. José de Mier y Terán, que también vivía desahogadamente con su ama y un criado, y a quien su empleo de Mayordomo del Cabildo daba 100 reales anuales; D. José Domingo de la Vega, ausente de Santil1ana por orden de S. M., y D. Gregario Velarde, Canónigo Magistral. Este último poseía una capellanía que se llamaba del Rey por proveerla S. M., la cual capellanía le daba ocho o nueve cargas de maíz y siete o nueve celemines de trigo, y tenía de pensión 108 misas con la obligación de decir la mitad de ellas a las once de la mañana. El canónigo D. Juan José del Río Herrera era Capiscol y Comisario del Santo oficio. Su dignidad llevaba el gravamen de costear un sochantre para el gobierno del canto del Coro. Vivía en Abios con su hermano el Prebendado D. Pedro, en una casa propiedad de D. José Gómez del Corro, el patrono del convento de San Ildefonso.

    Sobre la pertenencia de la dignidad de Tesorero se había planteado litigio, aún no fallado, entre el Fiscal Eclesiástico de la Real Abadía y D. Agustín de Uriarte, Inquisidor de Zaragoza.

    Los Prebendados eran D. Pedro Pérez, D. Tomás Gamboa (Racionero), D. Juan López Vadil1o, D. Juan Agustín Velarde, D. José de Rábago Ceba1los, D. Juan de Estrada, D. Pedro del Río Herrera y D. José Joaquín Bracho Bustamante. Este último era Prebendado de ración entera y cura párroco, y vivía con su hermano el Canónigo D. Juan Antonio. El Prebendado D. José de Rábago vivía con sus padres el Corregidor D. Francisco de Rábago Rubín de Celis y doña María Antonia de Ceba1los, naturales de Potes, a quienes servían dos criadas. Don José Gómez Martínez, clérigo de menores órdenes, era Sacristán Mayor de la Colegiata.

    Además de la capellanía del Rey había otra en la Colegiata fundada por Dña. María Pérez, de la que era capellán el canónigo D. Gerónimo Fernández del Río. Mejor dotada era la que gozaba el presbítero D. José Díaz Tagle, clérigo muy hacendado que vivía holgadamente en su casa de la calle de la Carrera, núm. 13.

    Poseían diversos bienes en Santillana la capellanía de Ntra. Sra. del Rosario sita en la iglesia parroquial de Víllapresente, que gozaba D. José Revuelta, cura Beneficiado en la vílla de la Aguílera, Obispado de Osma, y la que gozaba D. Luís del Castíllo, cura del lugar de Cortiguera. Ignoramos donde radicaban la que fundó D. Gregorio de Cossío Barreda y disfrutaba su hijo D. José, beneficiado de Tagle. Don Juan Antonio de Villa Tagle era patrono de la Capellanía erigida en la ermita de Ntra. Sra. del Pedroso, sita en el barrio de Herrán. Asimismo poseía fincas en los alrededores de Santíllana la capellanía que servía D. Fernando Manuel de Barreda, cuyas fincas llevaba en renta D. Matías Fernández de la Fuente.

    La fábrica de la Colegiata poseía tierras y prados cuyas rentas empleaba su Mayordomo Miguel Gómez de la Casa en los siguientes gastos: Aceite de la luminaria del Santísimo, 150 reales; cera para el alumbrado, 365 reales; salario del organista, 368 reales; lavandera, 66; jabón, 10; subsidio y escusado, 23 1 / 2; Santos oleos, un real; retejo, 40; jabonar y planchar corporales, 25; armar y desarmar el monumento, 22; arreglar lámparas y candeleros, 4 reales. Respecto a la partida de “Composición y reparo de ornamentos” confiesa el Mayordomo de fábrica que “no se puede dar punto fijo, pero contemplando un quinquenio y que son veinte y un capitulares y otros muchos forasteros que concurren a celebrar en dha. iglesia se regulan quinientos reales en cada un año.”

    El vecindario asistía devotamente a las misas, rosarios y funciones. Los hombres antes de entrar en el templo, se entretenían en jugar a las cartas y a los dados, costumbre que quiso desarraigar el Capº 42 de las Ordenanzas al establecer “que atento el que se experimenta que algunos vecinos están jugando a los Naipes y otros juegos antes que se celebre la Misa mayor conventual en la Parroquia y el Rosario que se reza en el convento de Reginaceli todas las tardes de los días festivos, privándose de muchas indulgencias, acordaron que de hoy en adelante a ninguno se le permita semejante diversión en tales horas ... " En algunas épocas del año se celebraban rogativas y misas de letanía seguidas de procesiones. Estas salían de la Colegiata y visitaban las ermitas de la Magdalena, San Sebastian, San Jorge, San Cipriano y San Roque. Procesiones y rogativas eran acordadas en Concejo abierto y presididas por el Ayuntamiento.


Sírvanos de amparo la mirada de las vírgenes del señor para penetrar en la villa difunta. Convento Regina Coeli.- B. Pérez Galdós

... los callados monasterios que vigilan la entrada de la villa...
Convento de San Ildefonso.- Ricardo León

CONVENTOS

    Elemento principalísimo de la vida religiosa de Santillana del Mar fueron sus dos conventos de Regina Coeli y de San Ildefonso; el primero de frailes dominicos y el segundo de religiosas de la misma Orden. Bajo las naves de sus templos soterrábanse los hidalgos de la villa que no poseían enterramientos o capillas particulares en la Colegiata; en sus altares se celebraban anualmente solemnes funciones religiosas con motivo de las fiestas de sus Santos Patronos, y funerales y cabos de año por las almas de los caballeros que yacían en sus recintos. Y los claustros del convento de San Ildefonso recogían frecuentemente a las más linajudas señoras de Santillana y sus Asturias, cuando piadosa vocación les llevaba a consagrarse a Dios.

    De la fundación del convento de Regina Coeli tenemos detallada noticia en la Historia del Convento de S. lldephonso de la Villa de Santillana, -ímpreso en Madrid en 1743- pues su autor, Fray Manuel Joseph Medrano, antes de tratar del convento que es objeto principal de su libro, historia la fundación de otras casas dominicanas en nuestra región. 

     “Lo mas remoto de esta Provincia (de España) por la parte que mira al Septentrión -escribe Fray Manuel Joseph- son los Conventos que se hallan en las Montañas de Burgos, Teatro, que si bien lo es de mucha gloria, por su anciana y calificadísima nobleza, y por los ilustres hijos que con su espada y la pluma coronaron su Patria de los laureles de la ciencia y del valor, no había recibido con todo eso (siendo su distancia el motivo) toda la cultura debida a tan capaz terreno. Hasta que introducidos los hijos del Mastín de la Iglesia en sus breñas, despertaron a católicos ladridos los corazones que poseían el engaño y la superstición. Es cierto que antes que los hijos de Santo Domingo llegasen a las Montañas vivían ya en ellas los del Grande Serafín de la Iglesia; y que éstos, correspondiendo a las altas obligaciones de hijos de tal Padre, trabajaban cuanto podían, y pudieron mucho, en desterrar las impresiones de la ignorancia, y enseñar la predicación y el ejemplo aquellos Fieles. Pero también lo es, que siendo no mas que dos los Conventos, y el país, aunque de corta extensión, de mucho numero de gente, no bastaba su trabajo a lo que pretendía su celo, y que su fatiga se quedaba mucho mas acá de sus ansias.”

    “Esta consideración movió el piadoso animo de Alonso Velarde, Caballero bien conocido en Santillana, y su tierra, a procurar viniesen a ella los Religiosos de la Orden de Predicadores. Y aunque esta idea tuvo principio el año de 1570, no pudo reducirse a práctica hasta el de 1595, en que ocurrió el Capitulo Provincial, de esta Provincia, y donde se halló personalmente el mismo Alonso Velarde, quien supo presentar con tanta viveza y energía sus deseos, que no pareció al Provincial y Definidores podían negarse a complacer suplica tan bien fundada y conveniente al Instituto de la Orden. Y porque no se perdiese tiempo en cosa que importaba tanto, llevó consigo Alonso Velarde algunos Religiosos, que señalaron Provincial, y Definidores, sujetos de mucha prudencia y virtud, y tales como pedían las circunstancias. Fueron estos bien recibidos de la Nobleza y Pueblo de Santillana, donde vencidas algunas dificultades, que ocurrieron con la Iglesia Colegial de aquella Villa, y obtenidas las licencias precisas, tomaron posesión de una casa, que llamaron convento, con el titulo de Regina Coeli, muy gozosos con dar principio a la fundación debajo de los auspicios de Maria Santísima, que ha sido siempre imán de los afectos de los Domínicos.”

    “En medio de la estrechez que padecían los Religiosos, así por la cortedad y mala disposición del edificio, como por la falta de medios, y la fatiga de pedir limosna para sustentarse, no olvidaron las obligaciones de su instituto, ni el fin que los había traído a la Montaña. Antes bien, animosos con los trabajos, empezaron a darse a los ejercicios de Púlpito, y Confesonario, con tanta felicidad, que en pocos días se vio muy otro el semblante de aquel País, así en la forma de las costumbres, como en la inteligencia de los Misterios de nuestra Fe, y aplicación a los empleos de piedad. Estos celosos desvelos arrebataron el cariño y la veneración de los Montañeses, deseando todos se multiplicasen los Conventos, para que toda la Montaña lograse el beneficio de aquellos Apostólicos obreros, a cuyo santo afán veían iban cediendo la ignorancia y los vicios.” 

    Desde entonces los frailes dominicos entraron a formar parte de la población de Santillana, socorriendo a su vecindario en las necesidades espirituales, compartiendo sus buenas y malas cosechas y elevando preces al Señor por sus almas.

    En 1753 formaban la comunidad de Regina Coeli dieciseis sacerdotes y dos legos, y era Procurador del convento Fray Bernardo Cacho. Para el servicio de la sacristía tenía el convento dos niños a quienes daba solamente de comer y vestir.

    Las fincas y rentas de esta comunidad eran inferiores a las de San Ildefonso, pero con todo daban para un buen pasar. Las heredades conventuales se hallaban en su totalidad arrendadas a diversos vecinos, y los frailes no poseían más ganado que dos cerdos de matanza y un caballo para el servicio del Procurador. Las rentas se pagaban en especie, con lo que los graneros del convento, después de la recolección se colmaban.

    Los indicados bienes se hallaban gravados con la obligación de celebrar anualmente 58 misas cantadas y 169 rezadas. El convento tenía algunos pequeños gastos anuales: 71 reales y medio de vellón se pagaban a la panadera por cocer el pan de trigo y borona; 33 reales vellón a la lavandera de sacristía por aderezar los paños y ropas del culto; al médico se daban 100 reales anuales por asistencia a la comunidad; al cirujano y barbero 80 reales, y 144 de subsidio y contribución a la Provincia.

    Sobre la fundación e historia del convento de San Ildefonso ya se ha dicho que existe una obra impresa. Su título es el siguiente: Historia / del Convento / de S. Ildephonso / de la Villa de Santillana, / del Orden de Predicadores; / Vida, y Virtudes / de la venerable sierva de Dios / Soror Antonia / de San Pedro, / y de algunas ilustres hijas, / que le ennoblecieron, / desde su fundación, / hasta estos tiempos, / Por el M. R. P. Fr. Manuel Joseph / de Medrana, del mismo Orden de Santo Domingo, su Chronista, / y Prior del Real Convento de Sal Ildephonso / de la Ciudad de Toro... / Con Licencia. En Madrid: En la Imprenta, y Librería de Manuel Fernández, impresor de la Reverenda Cámara Apostólica, en la Caba Baxa. Año de M.DCC.XLIII / ···"

    “Ya estaba muy extendida la fama del rigor, y santidad, que practicaban los Religiosos de las Caldas, -escribe el Prior de los dominicos de Toro- cuando puso Dios en el pensamiento de don Alonso Gómez del Corro, Dignidad de Tesorero en la Iglesia Colegial de la Villa de Santillana, y hombre, que retirado de todos los divertimientos del mundo, solo pensaba en los ejercicios de Caridad, y oración, propios de su estado, fundar un Convento de Religiosas de la Orden de Santo Domingo; idea, que le pareció mas conveniente entre muchas que se le ofrecían de piedad. Pero dudando fuese bastante su hacienda para tanto intento, procuró reducir al mismo a un Caballero, que sin sucesión, y mucho caudal, tanto mejor podía ayudar a tan santa empresa, cuanto tenía menos motivos, que le llamasen a la profanidad. Pero como no siempre saben los hombres lograr aquellas ocasiones que para utilidad de su espíritu les suele ofrecer la Divina Providencia, el Caballero, bien que al principio consintiese concurrir a obra tan piadosa, presto mudó tan buen propósito a la luz de algunos pretextos, que él llamaba causas; con que todo el peso de aquel cuidado volvió a oprimir el espíritu del celoso Tesorero, quien lejos de perder los ánimos con la repentina veleidad de su Amigo, propuso solamente fiarse en los caudales de su confianza, y en los medios seguros de la Divina Providencia.”

    “Resuelto, pues, a proseguir su santa resolución, tomó la medida según su prudencia, y sus fuerzas, y purificando primero sus deseos con poner muy lejos del pensamiento todos los impulsos de la vanidad, y halagüeñas razones, empezó a solicitar licencias para su Convento” para lo que se dirigió al padre Fray Pedro Alvarez de Montenegro, confesor del rey Carlos II y Provincial de la Provincia de España, quien “concedió prontamente la licencia para esta nueva planta ... Pero como el Demonio, grande Artífice de engaños, sabe bien cuanto importa a su malicia impugnar los principios de estos heroicos intentos, aplicó toda su industria para que llegasen al Real Consejo algunas razones, que dictadas de la envidia, y vestidas de aparente color de celo, moviesen aquel Supremo Senado a no dar su consentimiento para la nueva fundación ... Dos veces negó el Real Consejo la licencia, hasta que pedida tercera, en ocasión de hallarse alborotada la Corte con la felicísima noticia de haber el Santísimo Padre Clemente Nono puesto en el Catálogo de los Santos a la Bienaventurada Virgen Rosa de Santa Maria, primero riquísimo tributo, que sobre las aras de la Orden de Predicadores ofreció al Cielo la América, se consiguió la licencia deseada, porque Rosa fuese el primer fundamento de este pensil amenísimo de su Religion ... “

    “Luego que Don Antonio Gomez del Corro logró la licencia, dió principio a la fabrica del Convento, dandole por Patron y Titular el mismo Santo que a el había introducido a la milicia cristiana ... Con el cuidado, y aplicación de Don Alonso, creció en breve tiempo mucho el Convento: su fabrica, ni fue de aquellas en que se busca mas que la utilidad, el nombre de grandeza, ni de las que por arreglarse demasiado a la estrechez, faltan en lo preciso de una religiosa comodidad; sino un edificio mediano, en que la Iglesia y Coro llevaron lo mas principal del lucimiento, como teatros del culto Divino; pero muy ajustados al nivel, que nuestro Santísimo Padre prescribió a sus hijos, empezando ya en lo material de la casa, el severo rigor, y prudente método de vida, que habían de profesar sus habitadoras. Tomó el Fundador esta elección, como desahogo de sus santos deseos, no como pretexto de la vanidad. No quiso se gravasen sus Armas ni el frontispicio, ni en lo interior del templo, porque le dedicaba a Dios solo …”

    A pesar de lo que Fray Manuel Joseph Medrano manifiesta en la líneas últimamente transcritas, las armas del fundador fueron labradas en el frontón de la puerta que da acceso al templo y sobre ellas se lee esta inscripción:


ESTA IGLESIA Y CONVENTO FUNDÓ

Y DOCTÓ EL SEÑOR DON ALONSO

GOMEZ DEL CORRO, TESORERO EN LA COLE

GIAL DE ESTA VILLA, A SUS EXPENSAS, A

HONRA Y GLORIA DE DIOS Y SU SANTÍSIMA MADRE AÑO 1667


    Ochenta y seis años después de su fundación, el convento de San Ildefonso cobijaba bajo sus techos veintisiete religiosas de velo entero y cinco de medio velo. Era confesor de la comunidad y procurador de la casa Fray Hernando Murga, del Orden de Predicadores, a quien por su manutención y por la obligación que tenía de decir misa diariamente por el alma del fundador del convento, se calculaba un gasto de 200 ducados al año.

    El convento de San Ildefonso era uno de los más ricos de la Montaña: poseía 39 escrituras censuales impuestas al tres por ciento, que juntas hacían un capital de 3.693 ducados, más once escrituras impuestas sobre reales vellón al mismo interés que representaban 39.289 reales de capital, y bastantes fincas, algunas de las cuales explotaba directamente el convento. Para ello tenía un hortelano, llamado Antonio Fernández de la Maza, a quien mantenían las monjas y daban 20 ducados al año. El convento tenía también su sacristán, menor de edad, asimismo mantenido y pagado con 10 ducados, y dos criadas que ganaban lo mismo que el sacristán.

    Contra los expresados bienes y otros que pertenecían al convento, en distintas jurisdicciones tenía la comunidad algunas cargas. Deberían celebrarse en su Iglesia catorce misas de aniversario todos los años, doce de ellas a tres reales y las otras dos a seis; 665 reales gastaba en nueve funciones de iglesia, a 75 reales cada una, de los que 30 eran para el predicador y 45 para cera y otros gastos precisos. De subsidio y contribuciones de gastos de provincia se pagaban 202 reales y 30 maravedís. Al médico 100 reales al año, y al cirujano 70.

    Durante muchas generaciones los claustros del convento de San Ildefonso de Santillana encerraron la vida de muchas hidalgas montañesas a quienes su devoción movía a dedicarse a Cristo. Y algunas de ellas llegaron a conseguir el más alto grado de perfección en la vida monástica, logrando, al fin, la muerte de los bienaventurados.


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sábado, 21 de febrero de 2026

4ª Parte Santillana del Mar en 1753


En un apacible rincón de la Montaña, apartado del bullicioso comercio de las gentes, hay una villa singular, famosa en los anales de la historia y de la fábula, reliquia venerable de la España vieja, lugar de poesía y de silencio, que se llama Santillana del Mar. Vista de Santillana.- Ricardo León

 HIDALGOS Y PECHEROS - CABALLEROS Y LABRADORES

AMBIENTE SOCIAL

    Al tratar de las clases sociales santillanesas, la primera división que debemos establecer es la de Hijosdalgo y Pecheros; los primeros son nobles y los segundos, llamados también Hombres buenos, pertenecen al estado general. En cuanto a la sangre no existe diferencia entre los hijosdalgo, pero en cuanto a los medios de subsistencia la sociedad en que vivían les dividía prácticamente en Caballeros y Labradores. Los Caballeros se mantenían de sus rentas o del ejercicio de alguna profesión liberal, y cuando explotaban sus fincas lo hacían por medio de criados. Los Labradores trabajan directamente las tierras que poseen o llevan en renta. La pobreza no empañaba la hidalguía, ni se perdía la condición de noble por el ejercicio de las más humildes profesiones. José de Alvear, vecino del barrio de Vispieres, declara ser hijodalgo notorio y que su único caudal es una cerda de vientre, por lo que vive con el sudor de su rostro, empleándose de jornalero. Pedro García Tagle, Maria Barreda, María de Herrera, Ventura Villegas y otros varios vecinos, son hidalgos y pobres de solemnidad.

    Los caballeros gozan de uno o más vínculos o mayorazgos fundados por los más afortunados de entre sus ascendientes. Este mayorazgo pasará a la muerte del caballero a su hijo o hija mayor -cuando el mayorazgo es regular, pues en la escritura fundacional puede estipularse otra cosa- y los hijos segundones, tercerones y siguientes, se ven precisados a buscar fortuna en las Indias o en Andalucía, o ingresando en el Ejército o la Armada. La profesión de marino es la predilecta entre los hijos de los caballeros santillaneses. Cuando ingresan en el Ejército suelen sentar plaza de cadetes en las Reales Guardias de Infantería Española. Muchos de ellos desempeñaron importantes cargos en los Cabildos Catedrales de España y sus Indias. Otros fueron dignidades o canónigos en la Real Iglesia Colegial de Santillana.

(1) Arch. del Instituto Nacional de Santander. Libros de Actas de La Real Abadia de Santillana. Legajo sin núm. de la donación Sautuola

    El mayorazgo busca compañera entre las mujeres de su calidad de la comarca, prefiriendo a las que también eran o habían de ser mayorazgas. Es raro el caso de D. Matías Sánchez de Tagle que casó con una señora de Tudela de Navarra. Famoso fué el matrimonio de D. José de Barreda Calderón, mayorazgo de los Barreda Bracho de la Plaza, con Dña. María del Rosario de Pereda y Cos, mayorazga del palacio de su apellido en la calle de Santo Domingo, con el que se juntaron en una sola las dos más ricas casas de la villa. Las jóvenes hijas de los caballeros encontraban marido entre los hidalgos de la tierra o de la ciudad de Palencia, sin que acertemos a explicarnos el origen de estas cordiales relaciones entre las familias santillanesas y palentinas.

    Cuando las damitas fracasaban en sus intentos matrimoniales o se sentían llamadas por especial vocación al estado religioso, tomaban el velo de las esposas de Cristo en los conventos de Santa Clara de Santander, en el de Canónigas Reglares de San Ildefonso de Burgos, clarisas de Carrión, bernardas de San Andrés de Arroyo o dominicas de San Ildefonso de Santillana, que era lo más frecuente.

    El único caballero cruzado que residía habitualmente en la villa era D. Francisco Manuel de Valdivielso, sobre cuya bordada casaca se veía la verde venera de Alcántara. De la Orden de Calatrava habían sido los padres de don Francisco Miguel de Peredo, de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho y del joven D. Matías Sánchez de Tagle; pero estos buenos hidalgos, bien avenidos con la callada vida pueblerina, en la que poco brillaban aquellos hábitos y veneras, no se decidieron nunca a vestirlos. La Orden más extendida entre los caballeros segundones nacidos en la villa y que habían salido fuera de ella a la conquista de grados en la Real Armada era la de San Juan. A ella pertenecían los hijos de D. Francisco Manuel de Valdivielso, D. Andrés y D. Pedro, y habían de pertenecer D. Blas y D. Pedro Tomás, hijos de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho, el de la Plaza. De la Orden de Calatrava era D. Benito Antonio de Barreda Villa, (hermano de D. José Domingo de Barreda Yebra y Villa, señor de la Torrona y la Torre de Borja) quien se hallaba ausente desempeñando los importantes cargos de Alcalde de Casa y Corte, miembro del Consejo de S. M. y Ministro del Real Consejo de las Órdenes. En Santiago se cruzarían con el tiempo D. Francisco Dionisio y D. José Domingo, asimismo hijos de D. Francisco Manuel Valdivielso, el del Cantón.

    De la vida doméstica de aquellas linajudas familias han pasado a la Historia los suficientes detalles para que nos la imaginemos despaciosa y tranquila, alejada del mundanal ruido, saturada de preocupación nobiliaria, profundamente religiosa, sin otras inquietudes que las provenientes de la vida aventurera de sus hijos: emigrantes, militares y marinos. La pleitomanía que durante el siglo XVII ocupa sus horas y consume sus caudales entra en curva descendente con la decimaoctava centuria. Quizá se celebraran tertulias en aquellas casonas hidalgas a las que asistirían los señores beneficiados y canónigos, y los oficiales de los Batallones frecuentemente alojados en Santillana. Principales motivos de reunión eran las bodas, romerías y funerales. En estas últimas funciones, y siempre que se trataba de honrar la memoria de los ascendientes, desplegaban los caballeros toda la pompa compatible con sus recursos económicos. Estos nunca fueron cosa extraordinaria: el más rico caballero de Santillana, D. Pedro Antonio de Barreda Bracho Ceballos y Campuzano, tenía 23.617 reales vellón de renta. Claro está que para medir la importancia de esta cantidad hay que situarse en aquella época y considerar el formidable poder adquisitivo que a la sazón tenía el dinero.

    Los hidalgos labradores malvivían con el cultivo de sus haciendas, siempre puesta la vista en las Indias y en Andalucía, tierras de promisión cuyas riquezas, que ellos se imaginaban fabulosas, eran origen de casi todas las fortunas de la Montaña. Los hijos de los labradores emigraban generalmente a Andalucía y los de los caballeros al Virreinato de Nueva España.

    En Santillana y sobre todo en sus barrios de Camplengo y Arroyo habitaban bastantes pecheros, cuyos intereses se hallaban eficazmente representados en el Consejo por un Regidor y otros oficiales de Justicia. 

    Las tertulias de las familias conspicuas tenían su equivalente entre los labradores en las Hilas y Deshojas, reuniones de personas de ambos sexos celebradas junto al fuego de las cocinas con pretexto de hilar el lino, deshojar las panojas de maíz o desgranar las alubias. Contra esta secular costumbre de las hílas, -que con el corro, o baile dominguero, constituía la única vida de sociedad de las bases humildes- se pronunciaron las Ordenanzas de Santillana: “ Idem se ordena -dispone su artículo 44- que en ninguna casa de esta villa y sus barrios se permita con pretexto de hila la concurrencia de mozos y mozas solteras por las muchas ofensas que a Dios hacen en semejantes conversaciones, además de el escándalo y mal ejemplo que se da a los niños que asisten a tales casas, y lo mismo se debe entender en los molinos de esta villa y sus barrios, sobre lo cual celará la Justicia.” Esta última parte se refiere a las reuniones a que daba lugar el obligado turno en espera de la molienda, aprovechado por la gente joven para sus cortejos y devaneos.

    A pesar del escaso vecindario de Santillana, como era obligado lugar de tránsito para los que viajaban por el litoral cantábrico, residencia del Corregidor, y del Alcalde Mayor de la Abadía, y depósito de santas reliquias, muy veneradas en la comarca, era la más animada población de las Asturias montañesas. Frecuentemente esta animación se aumentaba con la estancia de algún Batallón de Infantería encargado de la custodia de las costas.

    En primavera y verano las calles de Santillana, a la hora del atardecer, terminadas las faenas del campo y los quehaceres de los artesanos, presentarían un aspecto animado y simpático; labradores que volvían de sus tierras cargados con los frutos de sus cosechas y los aperos de labranza, hidalgos y canónigos que regresaban de su cotidiano paseo, frailes dominicos que marchaban hacia su convento avisados por el toque de las oraciones, oficiales y soldados que descansaban de sus ejercicios militares, artesanos que penetraban en los soportales de las casonas a entregar la labor recién terminada, mujeres que iban o venían con sus cacharros a las fuentes de Revolgo, la Vieja, del Canto o de la Fontanilla ...

    A la puerta de las habitaciones, sobre la acera de la calle, las mujeres agrataban el lino en sus banquillos, le espadaban o le hilaban, fijando la rueca entre la cinta del delantal y el vestido, y haciendo girar el huso con la mano derecha ...

    En invierno, con las frecuentes lluvias, esta animación callejera desaparecía y los vecinos se veían en las hilas y en los rosarios y funciones religiosas que se celebraban en los Conventos y en la Colegiata, en medio de densa penumbra sólo en parte esclarecida por las luces de los cirios y velas que ardían en el altar mayor o ante la hornacina de alguna imagen devota ... Las Ordenanzas concejiles, siempre vigilantes, establecieron en su capítulo 64 “que las mujeres casadas y mozas solteras vayan a los templos con trajes modestos, cubiertas con capas o mantellina las cabezas, a correspondencia de su calidad y conveniencias, por ser tan del servicio de Dios, y la que lo contrario hiciere será por la primera vez multada en un Real, en dos por la segunda y en cuatro por la tercera.”

    Las costumbres, en general, eran arregladas y morales. Sólo de tarde en tarde aparecía algún niño expósito abandonado en el soportal de la ermita de San Roque en Revolgo. La Justicia hacía lo posible para averiguar el nombre de sus padres, y cuando no lo conseguía, el Concejo nombraba una ama al niño y se ocupaba de su subsistencia hasta los 7 años. El día que los cumplía se desentendía de él, le regalaba un vestuario nuevo y le daba un cestillo para que fuera pidiendo por las casas hasta que llegase a tener edad para buscar amo a quien servir. (1)

    En Santillana y sus barrios habitaban 31 pobres de solemnidad, la mayor parte hidalgos.

(1) Capº 68 de las Ordenanzas.


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domingo, 15 de febrero de 2026

LA CALLE DE SANTO DOMINGO


3ª parte Santillana del Mar en 1753


Dispongámonos a recorrer sus calles silenciosas, donde la vida palpita aún con el ritmo lento de los tiempos pasados. Casa de Benemejís de Sistallo - Ortiz de la Torre.

    En el año de 1753 la actual calle de Santo Domingo se llamaba calle de la Carrera o simplemente la Carrera. Entonces la Carrera comenzaba en la esquina de la finca actual de Benemejis, seguía por la calle que ahora llaman de Juan Infante, por la bocacalle que une a esta última calle con la actual de la Carrera, y volvía por esta hasta el comienzo de la huerta de la casona de Villa (n.º 5 de la calle de Santo Domingo). Era, pues, un circuito cerrado, cuyo nombre ignoramos de donde viniera.

    En el palacio de Peredo, que ahora lleva el n.º 8, vivía muy holgadamente el hidalgo D. Francisco Miguel de Peredo y Barreda Yebra, con su mujer D.ª Teresa de Cos y Ceballos, su hija María del Rosario -a la sazón de corta edad- y su anciana madre D.ª María Antonia Barreda Yebra y Barreda. Esta señora contaba ya 73 años y era viuda de D. Luis Antonio de Peredo, Caballero de Calatrava desde el año 1697, y fundador del palacio de Santillana, según dicen para pasar el invierno en la vi11a y no en la torre de Mijares donde había nacido y que era cuna de su linaje. En el palacio de la calle de Santo Domingo vivían también dos criadas y un criado. Un mayordomo se encargaba de cobrar las rentas de la familia que contaba entre sus numerosas propiedades extendidas por las mieses de Camplengo, del Valle, Tozi, Cazcandia ... , y sitios del Doncel, la Cruz, Andubisa, Pedrosas, Fonfría, etc., etc. 542, carros de tierra sin contar los que el señor tenía en otras jurisdicciones. La casa llevaba muy poca tierra y para su cultivo tenía Don Francisco Miguel una buena yunta de bueyes.

    La señorita del palacio de Peredo, D.ª María del Rosario de Peredo y Cos, contrajo matrimonio con el mayorazgo de la casa de Barreda Bracho y Calderón de la Barca, y con este enlace se fundieron en una sola aquellas dos ilustres casas.

    D. Francisco Miguel de Peredo vivió 55 años. Su partida de defunción se halla al folio 51 del Libro de Difuntos que comienza en 1747 y dice así: En 1º de junio de 1763 se dio tierra en el Convento de Regina Coeli de Religiosos de Santo Domingo de esta Villa de Santillana al cadáver de D. Francisco Miguel de Peredo vecino de esta villa. Estaba casado con D.ª María Teresa de Cos en cuyo matrimonio tuvieron y procrearon por hija legítima a D.ª María, quien se hallaba casada con D. José de Barreda Calderón. Recibió los Sacramentos de Penitencia, Sagrada Comunión y Extrema Unción. Hizo testamento ante Manuel Melendez Valdés, vecino de esta villa, escribano de esta Real Abadía. No dejó obrapía ni aniversario y para que conste lo firmo, fecha ut supra. D. José Joachín Bracho Bustamante.

    El palacio de Peredo se describe así en el Catastro: "Una casa con su alto y vajo y demas servidumbres qe. ttiene de Largo veintte y cinco varas, de Ancho veintte y vna, de Altto Doze y de fondo cattorze. Confronta por cierzo con casa de Dn. Alonso Velarde, por solano camino, por ábrego y rregañon huerto mio”. Al margen: “Vívela su dueño y puede rentar doce ducados.” En 1753 no se había plantado todavía el parque de esta casa y solamente tenía un huerto de seis carros con algunos perales. En la esquina del actual parque, lindante con la calle de Santo Domingo y la carretera que va a Comillas, había entonces dos casitas, la de la esquina pertenecía a D. José Gómez del Corro, el patrono del Convento de San Ildefonso, y la otra (que lindaba al Ábrego con la de Corro; al Solano con la calle de Santo Domingo y al Cierzo con la huerta de Peredo) a D.ª Jacinta de Cos, vecina de Cabezón de la Sal.

    Vimos antes que el palacio de Peredo surcaba al Cierzo con la casa de D. Alonso Velarde. Esta casa tiene ahora su puerta convertida en ventana y está sin numerar. En la época que venimos tratando la planta baja de la casa era efectivamente de D. Alonso Velarde, pero la alta pertenecía también a D. Francisco Miguel Peredo.

    La casa n.º 6 recientemente restaurada, que tiene arco ojival y un escudito, era de D. Pedro Luis Quijano, vecino de Cartes, quien la heredó de su madre D.ª María de Polanco. D. Pedro Luis casó con D.ª Ana María de Bustamante Velarde y llegó a ser Caballero de Carlos III.

    De la casa nº 4 era dueño el presbítero D. José Díaz Tagle, quien vivía en otra casa de su propiedad en la calle de la Carrera, nº 13. Muchos años después del de 1753 sobre la huerta de Díaz Tagle se edificó la casa marcada hoy con el n.º 2, que tiene un gran mirador.

    En el palacio de los Villas, con su precioso escudo de armas lleno de motes heráldicos y sus tres balcones de púlpito con barandaje de tornos de fierro, habitada D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa. “Soy casado -dice en su memorial- de edad de sesenta y ocho años, estado Noble, Tengo en mi compañía un hixo maior de edad sucesor del Mayorazgo, no tiene mas oficio que el de Caballero, y dos hixas, y una criada a quien pago por su soldada diez ducados en cada un año; no tengo ningun empleo y vivo de la renta que produce mi hacienda.” (1) La casa de Villa, aunque noble y hacendada y de tan remota antigüedad en la villa como la que más, no llegaba en sus rentas y tren de vida a las de los Tagles, Barredas, Valdivielsos y Peredos.

    D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa era gran propietario urbano. Además de la casa que tenía en la Plaza entre la torre del Merino y el palacio de Barreda Bracho, poseía la casa edificada en el sitio donde se bifurca la calle de Santo Domingo y arrancan las de Juan Infante y la Ca rrera, que lleva el n.º10 de esta última; la n.º 14 de la calle de Juan Infante y otra en el barrio de Revolgo. Al sitio de Juan Padierna tenía un edificio que servía de sel para el ganado. También tenía casas en Camplengo y Herrán y multitud de fincas rústicas. Contra estos bienes tenía los réditos de un censo constituído a favor de la capellanía que fundó D. Juan Díaz Tagle, y 45 rs. que pagaba anualmente a la mesa capitular. “Asimismo -escribe Villa en su memorial- tengo la donazion de una lámpara en dicha Real Iglesia (Colegial) que cada año necesita tres arrobas de azeite, y el regular precio en este país por benir de Acarreo es de quarenta reales la Arroba, y las tres ciento y veinte.” (2)

    Cuando murió el hidalgo de Villa, el cura D. José Joaquín Bracho Bustamante redactó su partida en los siguientes términos: “En 26 de marzo de 1763 se dio tierra en el Convento de Religiosos de Santo Domingo de esta Villa de Santillana al cuerpo de D. Francisco Antonio Pantaleon de Villa. Estuvo casado en primeras nupcias con doña Francisca Gómez del Corro y tuvieron por hijos legítimos a D. Alejandro y D.ª Antonia; y en segundas nupcias con doña Rosa Diaz de Tagle y tuvieron por hijos legítimos a D. Francisco, D. Pedro Pascasio, D.ª Lucía y D.ª Rosa. Recibió los Santos Sacramentos y no tengo noticia que hiciese testamento ni dejase obra pía ni aniversario. Y para que conste lo firmo ... “ (1) De los hijos de D. Pantaleón mencionados en la anterior partida, D. Francisco emigró a las Américas en pos de fortuna, y D.ª Lucía y D.ª Rosa fueron monjas en Carrión de los Condes.

    La preciosa casa solariega que lleva el nº 3 y que ostenta en su fachada las armas de BARREDA y CEBALLOS sostenidas por dos grifos, pertenecía a D. José Domingo de Barreda Yebra, el de la torre de Borja; y la inmediata a esta por Cierzo señalada con el nº 1 y asimismo blasonada, era del Sr. D. José Gómez del Corro, vecino de Puente San Miguel y patrono único del Convento de San Ildefonso de Santillana como pariente mayor que era del linaje del fundador. Estas dos últimas casas las tenían sus dueños alquiladas. Los nombres de los inquilinos no aparecen en el Catastro, pero es muy probable que fueran eclesiásticos, pues estos abundaban en la población y casi ninguno poseía bienes inmuebles en ella, por lo que necesariamente habían de alquilarlos para su habitación.

(1) Tomo 864, fol. 670

(2) Tomo (64, fol. 861 v.


Genealogía:


José de Barredacb Calderónb (n. 1732, Santillana del Mar, m. 1792) y María del Rosario de Peredo y Cos (n. 1740, Santillana del Mar, m. 1777), casados el 2 de junio de 1755 en la Iglesia Colegial de Santa Juliana de Santillana del Mar.

Sus hijos: Juana (1757-), Manuel Antonio (1759-1827) y Blas Alejo (1760-)

José era hijo de Pedro Antonio de Barreda Ceballos (1706-1770) y Antonia Calderónb Velarde (1712-1804)

Era nieto paterno de Diego Domingo de Barredacb de Mier y Salinas (1684- 1742) y María Antonia Campuzano Velarde (1684-)

Era nieto materno de Fernando Calderón de la Barca y San Martín (1685-) y María Ana Velarde Posada (1679-)

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LA PLAZA  2ª parte de Santillana del Mar en 1753


Santillana del Mar en 1753

domingo, 8 de febrero de 2026

LA PLAZA

2ª parte Santillana del Mar en 1753

Nadie podrá decir "he visto a Santillana de paso". Para verla es preciso visitarla. B. Pérez Galdós


LA PLAZA


    En el siglo XVI la plaza de Santillana se llamó Plaza del Mercado por el que en ella se celebraba semanalmente. Los documentos del siglo XVIII la llaman indistintamente Plaza pública o Plaza Principal. En el siglo pasado cambió este nombre por el de Plaza de Isabel II con el que supongo la bautizarían antes de la revolución del 68. El nombre de Isabel II fué borrado de la esquina de la Casa Consistorial al advenimiento de la república y hoy la plaza no tiene nombre. El capítulo 41 de las Ordenanzas disponía “que cualesquiera géneros comestibles de todas especies como son pan, pescado, queso, manteca y otros géneros comestibles de frutas deban venderse en la plaza pública de esta villa y no en otras partes.”

    La Plaza de Santillana del Mar debió de ser el núcleo primitivo de la actual población, por hallarse enclavada en una eminencia fácilmente defendible. Allí se edificó la Torrona en el siglo XIII, que al principio estaría aislada y después rodeada de edificios que buscaban su amparo y formarían la primitiva plaza. En estas casas habitaron los primeros y principales linajes de la villa -los Barredas, Villas y Velardes- excepto los Polancos que parece tuvieron su primer asiento en lugar inmediato a la Colegiata.

    Todavía en 1753 los Villas, Velardes y Barredas, por herencia de sus mayores, tenían acaparada la propiedad de todos los edificios que formaban la Plaza, excepto la Cárcel, -que aun hoy día conserva sus rejas y está situada a la entrada de la calle de los Hornos- la Casa Ayuntamiento, -que en la forma que hoy tiene debió de edificarse a principios del siglo XVIII - y la casa pegante a esta última, que en 1753 pertenecía a D. Jacinto Fernández de Bustamante, vecino de San Esteban de Cerrazo y residente en Cervera de Pisuerga.

    El mayorazgo de la rama troncal de Barreda, D. José Domingo de Barreda Yebra (1) vivía en la casa y torre que ahora llaman de Borja; contaba ya cincuenta años; era hombre pulcro, muy cuidadoso de su indumento y buen administrador de sus haciendas. Estaba casado con D.ª Teresa de Bustamante y Velarde y de su matrimonio tenía cinco hijos: tres hembras y dos niños. De la suerte posterior de estos vástagos de la casa de Barreda nos hemos de ocupar más adelante. En la casa vivía también una parienta pobre, del linaje del señor.

(1) Era hermano de D. Benito Antonio de Barreda Villa, del Consejo de S. M. La genealogia de ambos puede verse en el apéndice III.

    La torre de Borja y la casa adjunta -que había sido construida o reedificada en el siglo XVII- se hallaba servida por dos criadas y un criado. Además D. José Domingo tenía servicio fijo de barbero al que pagaba 100 reales al año.

    Entre las muchas casas y haciendas de D. José Domingo se contaba la Torrona del Merino, en la Plaza, que se halla descrita en el Catastro Ensenada de la siguiente manera: “Otra casa con su alto y bajo y demás servidumbres en dicho sitio (de la Plaza) de ocho varas de largo, de ancho doce, de alto veinte y de fondo veinte y dos (por hallarse incluida en la descripción la preciosa casa añadida a la torrona por su fachada de solano en el siglo XIV). Confronta por cierzo camino, (de las Lindas), (1) por solano casa de don Luis Velarde, por. ábrego de Dn. Francisco Antonio de Villa Y por regañón la Plaza”. (2) Y por una nota puesta al margen de esta descripción nos enteramos de que el más insigne edificio civil de Santillana rentaba solamente seis ducados anuales. Barreda tenía además un invernal en el sitio de Valenzia y otras casas en las calles del Río y la Carrera, en el barrio de Revolgo y sitio de Castío, edificios que hemos de ver cuando estudiemos aquellas calles y barrios. De la casa de Barreda era asimismo la mitad del molino de Riolaceña, -la otra mitad era de D. Francisco Miguel de Peredo- que molía con agua represada del Racial, y daba a su propietario fanega y medía de trigo que le pagaba el molinero Matías López.

    El 28 de marzo de 1769 declaraba D. José Domingo de Barreda ante el escribano de Santillana Miguel de Maliaño todos los bienes y haciendas correspondientes a sus vínculos y mayorazgos. Su objeto era enviar la relación testimoniada a la Cámara de Castilla con objeto de alcanzar de ella la pensión de viudedad para el cónyuge superviviente. En la expresada fecha las casas que tenía en Santillana le rentaban 1.118 reales anuales. Los granos, a razón de 38 reales la fanega, importaban 8.887 reales. En Comillas tenía el barco de pasaje de la ría de La Rabia que le daba 750 reales, y en la Veguilla, Ubiarco y Oreña diferentes posesiones, que todo hacía una renta de 18.782 reales y un maravedí. (3)

(1) La ca1le de las Lindas no figura con este nombre en el Catastro.

(2) Cat. Ensenada. Tº 863, fol. 427 v. La casa y torre de Borja la describe así: “Una casa con su alto y bajo en la Plaza de esta villa, que tiene de largo diez varas, de ancho lo mismo, alto diez y de fondo doce. Confronta por cierzo tierra mía de hortaliza por solano con casa de D. Pedro Antonio de Barreda, por ábrego la Plaza de esta villa y por. reganón casa de Dn. Joaquin de Barreda” . Al margen: “Vive en ella su dueño y puede valer de renta diez ducados”. (Cat. Ensenada, T.º 863, fol. 427).

(3) Marqués del Saltillo, AL MARGEN DEL PASADO. (Revísta de Santander, t. III pág. 1.)

    Después de hecha esta relación el señor de la Torrona de Santillana y de la torre que ahora llaman de Borja debería de vivir todavía 13 años. Su partida de defunción se halla al folio 103 del Libro de Difuntos de la parroquia de Santillana que comienza en 17 47 y copiada con ortografía moderna dice así:

    “En 31 de diciembre de 1782 falleció Don José Domingo de Barreda habiendo recibido los Santos Sacramentos de Confesión, Comunión y Extremaunción y se le aplicó la indulgencia plenaria pro artículo mortis. Fue sepultado su cadáver el día 1º de enero de 1783 en su capilla de los Barredas (Colegiata). Estuvo casado con D.ª Teresa de Bustamante de cuyo matrimonio deja por sus hijos legítimos a Don Pedro, el mayor, casado con D.ª María de Revolledo; Don Alonso, Canónigo en esta Iglesia Colegial; D.ª Maria Teresa casada en Palencia con Don Francisco Xavier del Nero; D.ª Bernarda, viuda de Don Gregorio Dueñas, en la misma ciudad; D.ª Catalina, monja en el convento de San Ildefonso de esta Vi11a; D.ª Maria Antonia y D.ª Juliana, religiosas Bernardas en el convento de San Andres de Arroyo. Y para que conste ... " Firma el cura Miguel de Herrera.
La casa pegante a la torre de Borja por regañón pertenecía a D. José Joaquín Barreda Yebra, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición de Navarra y vecino de Oreña, muy hacendado en Santillana; (1) y la adosada a la casa de dicha torre por solano, que tiene el escudo de Barreda en el machón (2) era de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho y Cevallos, mayorazgo de la casa de su apellido que ahora es Parador de Gil Blas.

(1) Su descripción al fol. 838 v. del t. 863. “Primeramente una casa en la Plaza principal de dicha. Villa con su corral, aldapa (sic) y guerta, y v na planta de casa junto a ella de una vivienda, que tiene de alto treinta y seis pies, y de largo setenta pies, y de ancho por la delantera diez y ocho y por la trasera veinte y cinco; y la guerta contiene tres carros de tierra de primera calidad, con tres arboles. naranjos, tres perales, cuatro ciruelos tres manzanos v un higar y todo surca al aire ábrego con dicha. Plaza principal y al aire solano con planta de casa de huerta de D. José Domingo de Barreda Yebra, y al aire de Zierzo con una calleja que baja a los Raziales, y al aire regañón con la calle que llaman la Calleja”. Al margen: “Vale la renta de diez ducados”.

(2)Otra casa con su alto y bajo, que tiene de largo diez y seis varas, de ancho trece, de alto diez y de fondo doce, confronta por cierzo con camino que va al Razial, por solano lo mismo, por ábrego la Plaza de esta villa y por regañón casa de D. José de Barreda”. Al margen. “Renta ocho ducados”. ( Cat. Ensenada, t. 864, fol 754).

    D. Pedro Antonio de Barreda Bracho era sin duda el más rico caballero de Santillana. Vivía, como ya se ha dicho, en el palacio que ahora es Parador de Gil Blas. Su interesante memorial dice así: “D. Pedro Antonio de Barreda Bracho y Cevallos, vecino de la Vi11a de Santi11ana para en cumplimiento de la Real Orden de S. M. comunicada por el señor D. Pedro Luis de Bustamante Juez subdelegado para la única contribución declaro que soy del estado de Caballeros hijos de algo, de edad de quarenta y seis años, casado con la señora D.ª Antonia Calderon de la Barca y tenemos ocho hijos, los tres de ellos hembras y los cinco barones, Y el mayor es de veinte y un años de edad y actualmente sírve a S.M. en el empleo de teniente capitán en el regímiento de Infantería española de la Corona que se halla de Guarnición en la Ciudad y Plaza de Cadíz; Y el segundo es de veínte años de edad, y se halla en la Ciudad de Salamanca estudiando Leyes en su Universidad, y los restantes son menores de edad; Y asimismo declaro vivir de mis propias Haciendas y sus productos, y que tengo dos criados ambos mayores de edad, Y cuatro criadas, y que al uno de los criados le pago doce pesos de soldada anual, y al otro ciento y veinte reales de vellón, y a las dos criadas a doce ducados a cada una, y asimismo pago cíen ducados a las personas que me cobran la renta de la hacienda comprendida en este memorial y en otras que tengo dados en diferentes distritos.” La descripción del palacio de D. Pedro Antonio que figura en el Catastro, como redactada para fines fiscales, adolece de falta de detalles curiosos, de descripciones arqueológicas y de identificación de escudos de armas, que hoy nos serían de gran utilidad. Dicha descripción es la siguiente: “Idem tengo una casa con su alto y bajo y demás servidumbres que tiene de largo incluso su cocina y caballeriza treinta y dos varas, de ancho veinte y cuatro, de alto doce y de fondo catorce; confronta por cierzo tierra mía, por solano y ábrego lo mismo y por regañón la Plaza principal de esta Villa. Vívela su dueño. Puede rentar doce ducados”. (1) Ocupaban la caballeriza dos mulas de silla y freno para el servicio del señor.

    Hermano de D. Pedro Antonio y nacido como él en esta casa era el famoso marino D. Blas de Barreda y Campuzano cuya biografía figura en el libro de D. José Antonio y D. Alfredo del Río Marinos Ilustres de la Provincia de Santander. (Santander, 1881). (2)

    Además de otras muchas propiedades rústicas y urbanas poseía el mayorazgo de Barreda Bracho el palacio que ahora es de la Archiduquesa Margarita de Habsburgo, cuya finca pagaba de renta anual 16 ducados la mayor que se pagaba en la villa, ya que el palacio de Barreda Bracho de la plaza, el de Velarde de las Arenas y el de Peredo de la calle de Santo Domingo, todos tres ocupados por sus dueños, se les calculaba que podrían rentar solamente doce ducados cada uno. El palacio de la Archiduquesa se describe así: “Otras casa con su alto y bajo y demás servidumbres que tiene de largo veinte y dos varas, de ancho diez y seis y de alto diez y de fondo doce; confronta por cierzo con la Plazuela de la Colegial de Santa Juliana, por solano lo mismo, por ábrego tierra mía y por regañón calleja publica.” Creo que este palacio le tenía alquilado el Abad. Otras fincas de esta familia eran el solar de la Chamberga y la casa del bosque de Rugedia.

(1) Cat. Ens., t. 861, fol. 752.

(2) Eran hijos de D. Diego Domingo Barreda Mier y D.ª Maria Antonia Campuzano. La genealogía de D. Diego Domingo Mier puede verse en el apéndice IV y sus actos positivos en el Apéndice V.

La genealogía da D. Pedro de Barreda Ceballos tio abuelo de nuestro D. Pedro Antonio se publica en el Apéndice VI, y el reconocimiento de la casa solariega y armas de Barreda en el Apéndice VII.

    El 11 de enero de 1758 declaraba D. Pedro Antonio de Barreda ante el escribano de Santillana Miguel de Maliaño que sus rentas ascendían a 23.617 reales de vellón, descomponiéndose así: En Santillana 1.264 reales de rentas de casas, 892 de prados y 511 de granos, regulados a 8 reales el celemín de trigo y a 6 el de maíz. En el barrio de Arroyo, doscientos celemines mitad de trigo y maíz y veinte cántaras de vino. En los de Camplengo, Herrán y Yuso diferentes tierras y prados. En el lugar de Oreña tenía 6.692 reales producto de 956 celemines de granos; contaba además un molino, cinco huertas, 40 gallinas al precio cada una de cuatro reales, y unos prados. En Ibio, La Busta, Ruiloba, Fresnedo, Puente San Miguel, Hinojedo y La Veguilla tenía tierras y prados cuyas rentas oscilaban desde 19 reales en La Busta hasta 1.368 en Ubiarco. No podían faltar los censos, como en todo caudal de la época, y poseía uno en Madrid de 3.300 reales de renta y otros varios en la Montaña que ascendían anualmente a 817. (1) De lo expuesto se deduce que la casa de Barreda Bracho tenía 4.853 reales vellón de renta más que la de Barreda Yebra de la torre de Borja.

    La partida de defunción de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho nos suministra interesantes pormenores sobre su descendencia.

(1) Memorial de D. Pedro Antonio de Barreda. Cat. Ensenada, t. 864, fol. 753.

    “En 13 de febrero de dicho año de 1770 falleció el señor D. Pedro de Barreda Bracho, de edad de 62 años poco más o menos, a quien se le administraba continuamente el Santo Sacramento de la Penitencia y Comunión por vivir con accidente grave algún tiempo del que se privó de conocimiento a lo último y se le administró el sacramento de la Extrema Unción. Estaba casado con la señora D.ª Antonia Calderón de cuyo matrimonio dejó por sus hijos legítimos a los señores D. José de Barreda Calderón, casado en esta villa con la señora D.ª María del Rosario Peredo y Cos; D. Antonio dignidad de Arcediano en la Iglesia Catedral de Astorga; D. Vicente, actual Colegial Mayor en el Colegio del Arzobispo de la ciudad de Salamanca; D. Blas, Caballero de Malta y Alferez de Fragata; D. Pedro Tomás, asimismo Caballero de Malta y Cadete de las Reales Guardias Españolas; Soror Teresa, religiosa en el Convento de San lldefonso de religiosas Dominicas de esta villa; D.ª Maria Antonia Y D.ª Maria Vicenta asimismo Canónigas reglares en el Convento de San lldefonso de la ciudad de Burgos; Y D.ª Mariana, casada en la ciudad de Palencia con D. Lucas Pedro Solórzano Fi1imón de la Mota. Hizo disposición testamentaria ante Miguel de Maliaño, Escribano de número de esta villa, por el que deja trescientas misas rezadas; cien en esta Colegiata, ciento en los Religiosos Dominicos de esta dicha villa y ciento al Convento de Ntra. Sra. de las Caldas: y al hospital común de esta villa ocho camas de ropa. Mandase sepultar su cadáver en su capilla colateral de San Pedro de esta Colegial, en donde se cumple. Y para que conste lo firmé, fecha ut supra. Dn. Joseph Joachín Bracho Bustamante.” (1)

    La casa de planta y tres pisos que lleva el n.º 10 de la plaza y está situada entre la torre del Merino y el palacio de Barreda Bracho pertenecía a D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa. En aquellos tiempos tenía de alto trece varas, de ancho cuatro, de largo ocho y de fondo quince, y rentaba seis ducados al año. (2)

    El edificio señalado con el n.º 1 de la calle de los Hornos, que aún conserva rejas en las ventanas y un arco ojival cegado, era cárcel de la villa y propiedad del ayuntamiento.

    El n.º 1 de la Plaza pertenecía a D. Bernardo Velarde lbañez, señor del palacio de las Arenas. Esta casa ha sido recientemente restaurada y de su abolengo medieval da testimonio el arco ojival que aún conserva.

(1) Arch. Parro. Santillana. Libro finados q. comienza en 1747, fol. 69.

(2) “Otra de una sola habitación en el sitio de la Plaza de esta Villa, tiene de alto trece varas, de ancho cuatro, de largo ocho y de fondo quince; linda al cierzo casa de D. José de Barreda Campuzano. Y al regañón dicha Plaza. “Al margen: “Renta seis ducados”

    La casa pegante al Ayuntamiento era el único edificio de la Plaza que no pertenecía a algún individuo de las familias Villa, Velarde o Barreda, pues era del vecino de Cerrazo D. Jacinto de Bustamante, quien residía ordinariamente en Cervera. Estaba alquilada en ocho ducados anuales a Bernardo Martínez Alcalde, residente en Santillana, de estado reconocido, de 62 años de edad y oficio Alguacil de la Real Abadía. Se hallaba casado con Catalina Sánchez y vivían con el matrimonio dos nietecitos. El Alguacil ganaba por este oficio unos 300 reales anuales, llevaba además algunas tierras en renta del mismo D. Jacinto y poseía una yunta de bueyes, dos becerras y un caballo para su tráfico.

    D. Juan Benito de Cos, Procurador General de Santillana, redactó el memorial de las propiedades de la villa. “Primeramente - escribe el Procurador - declaro posee dicha villa una casa que se halla en el sitio de la Plaza y sirve para los ayuntamientos generales y particulares como también para las audiencias públicas, la que tiene de fondo diez y seis varas, catorce de ancho y de alto doce, que arrima por el cierzo con casa de D. Jacinto Fernandez de Bustamante vecino del Lugar de San Esteban, y por los demás aires con dicha Plaza. Y si se arrendara valiera 100 rs.” Poseía además la villa la casa mesón, sita en el campo de Revolgo; la escuela, edificada en el mismo campo pegante a la capilla de San Roque; la cárcel pública que ya hemos visto en la Plaza; la carnicería, en la calle de Cantón, y otra casa en ruina al sitio de la Tejera “que sirve para custodiar la teja que se suele fabricar en algunos años, y se halla inhabitable.” A más de las expresados edificios poseía el Concejo varias fincas rústicas, siendo la más notable de ellas un monte de más de cien· carros de extensión poblado de roble, al cual bosque le llamaban Monte del Rey y sus maderas eran destinadas a la construcción de reales bajeles.

    La casa torre que llaman de la Parra, venerable edificio del siglo XIV, donde quizá vivieron los Velardes antes de reedificar su amplísimo y plateresco palacio de la plaza de las Arenas, era del señor de este palacio D. Bernardo Velarde Ibáñez. Ignoro quien fuera el inquilino de esta casa en 1753, año en el cual ya declaraba su dueño ser la casa viejísima.

    Otro conspicuo caballero vecino de la Plaza era D. Juan Antonio de Villa Tagle, señor de la casa llamada del Aguila. Era viudo, contaba ya 87 años y vivía con su hija única, D.ª Manuela, y con una criada. Dada su avanzada edad D. Juan Antonio debía de estar impedido y corría con la administración de sus bienes su hija, la cual figura como propietaria de varias fincas que eran de su padre en las descripciones que hacen los colindantes con ellas. Nosotros nos imaginamos al hidalgo de la casa del Aguila (1) vestido con gregüescos, ropilla y gola, intransigente con la moda borbónica de chupa, casaca y peluca empolvada, como otros ancianos de su tiempo.

    La casa de Villa de la Plaza había venido muy a menos y las haciendas que poseía eran escasas y de poca extensión. El brillo de este linaje le mantenía D. Francisco Antonio Pantaleón de Villa, señor de la casa de su apellido en la actual calle de Santo Domingo, frontera a la de los marqueses de Benemejís. Del antiguo esplendor de su casa sólo quedaba a D. Juan Antonio el patronato de la capellanía fundada en la ermita de Ntra. Sra. del Pedroso, sita en el barrio de Herrán por un su ascendiente de apellido Ceballos. Poseía también un invernal en el sitio de los Corrales, término de Santillana.

(1) La casa del Aguila está descrita al fol. 408 del t. 863 del. Catastro de esta manera: Una casa en el termino de esta dicha villa, de sola una habitación y pajar incluso en ella. Tiene de fondo treinta varas, de ancho doce y de alto quince. Surca al cierzo casa de D. Bernardo Velarde al solano calle ppca. al ábrego otra casa de D. Joachín de Barreda, vecino de Oreña, y del regañón Calleja. Habítala su dueño. Puede rentar doce ducados.

    El hidalgo de la casa del Aguila llegó a alcanzar el siglo y con él se extinguió la varonía en su linaje. El párroco D. José Joaquín Bracho Bustamante extendió al folio 35 del libro que comienza en 1747 su partida de defunción que dice: “En 15 de abril (1759) se dio sepultura a el cadáver de D. Juan de Villa, de edad de cien años.· Recibió todos los Santos Sacramentos. No hizo testamento por decir no tener de qué, y solo.mandó que se enterrase su cadáver en el Convento de Regina Coeli de esta Villa. Solo dejó una hija viuda que se llama D.ª Manuela de Villa. Y para que conste lo firmé.”

    Como ya dijimos, la casa del Aguila lindaba-y linda por el cierzo con la casa torre llamada de la Parra, solar en el siglo XIV de los Velardes, y en la época en que venimos estudiando propiedad del D. Bernardo Velarde Ibáñez señor del palacio de la Plaza de las Arenas que ahora es de la Duquesa de Parcent. La casa situada al ábrego de la del Águila -que ahora lleva el nº 6 de la Plaza- pertenecía al familiar de .la Inquisición de Navarra y vecino de Oreña D. Jose Joaquín Barreda Yebra, propietario también como ya se dijo de la pegante a la torre de Borja donde ahora vive el señor Abad D. Mateo Escagedo.


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