sábado, 21 de febrero de 2026

4ª Parte Santillana del Mar en 1753


En un apacible rincón de la Montaña, apartado del bullicioso comercio de las gentes, hay una villa singular, famosa en los anales de la historia y de la fábula, reliquia venerable de la España vieja, lugar de poesía y de silencio, que se llama Santillana del Mar. Vista de Santillana.- Ricardo León

 HIDALGOS Y PECHEROS - CABALLEROS Y LABRADORES

AMBIENTE SOCIAL

    Al tratar de las clases sociales santillanesas, la primera división que debemos establecer es la de Hijosdalgo y Pecheros; los primeros son nobles y los segundos, llamados también Hombres buenos, pertenecen al estado general. En cuanto a la sangre no existe diferencia entre los hijosdalgo, pero en cuanto a los medios de subsistencia la sociedad en que vivían les dividía prácticamente en Caballeros y Labradores. Los Caballeros se mantenían de sus rentas o del ejercicio de alguna profesión liberal, y cuando explotaban sus fincas lo hacían por medio de criados. Los Labradores trabajan directamente las tierras que poseen o llevan en renta. La pobreza no empañaba la hidalguía, ni se perdía la condición de noble por el ejercicio de las más humildes profesiones. José de Alvear, vecino del barrio de Vispieres, declara ser hijodalgo notorio y que su único caudal es una cerda de vientre, por lo que vive con el sudor de su rostro, empleándose de jornalero. Pedro García Tagle, Maria Barreda, María de Herrera, Ventura Villegas y otros varios vecinos, son hidalgos y pobres de solemnidad.

    Los caballeros gozan de uno o más vínculos o mayorazgos fundados por los más afortunados de entre sus ascendientes. Este mayorazgo pasará a la muerte del caballero a su hijo o hija mayor -cuando el mayorazgo es regular, pues en la escritura fundacional puede estipularse otra cosa- y los hijos segundones, tercerones y siguientes, se ven precisados a buscar fortuna en las Indias o en Andalucía, o ingresando en el Ejército o la Armada. La profesión de marino es la predilecta entre los hijos de los caballeros santillaneses. Cuando ingresan en el Ejército suelen sentar plaza de cadetes en las Reales Guardias de Infantería Española. Muchos de ellos desempeñaron importantes cargos en los Cabildos Catedrales de España y sus Indias. Otros fueron dignidades o canónigos en la Real Iglesia Colegial de Santillana.

(1) Arch. del Instituto Nacional de Santander. Libros de Actas de La Real Abadia de Santillana. Legajo sin núm. de la donación Sautuola

    El mayorazgo busca compañera entre las mujeres de su calidad de la comarca, prefiriendo a las que también eran o habían de ser mayorazgas. Es raro el caso de D. Matías Sánchez de Tagle que casó con una señora de Tudela de Navarra. Famoso fué el matrimonio de D. José de Barreda Calderón, mayorazgo de los Barreda Bracho de la Plaza, con Dña. María del Rosario de Pereda y Cos, mayorazga del palacio de su apellido en la calle de Santo Domingo, con el que se juntaron en una sola las dos más ricas casas de la villa. Las jóvenes hijas de los caballeros encontraban marido entre los hidalgos de la tierra o de la ciudad de Palencia, sin que acertemos a explicarnos el origen de estas cordiales relaciones entre las familias santillanesas y palentinas.

    Cuando las damitas fracasaban en sus intentos matrimoniales o se sentían llamadas por especial vocación al estado religioso, tomaban el velo de las esposas de Cristo en los conventos de Santa Clara de Santander, en el de Canónigas Reglares de San Ildefonso de Burgos, clarisas de Carrión, bernardas de San Andrés de Arroyo o dominicas de San Ildefonso de Santillana, que era lo más frecuente.

    El único caballero cruzado que residía habitualmente en la villa era D. Francisco Manuel de Valdivielso, sobre cuya bordada casaca se veía la verde venera de Alcántara. De la Orden de Calatrava habían sido los padres de don Francisco Miguel de Peredo, de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho y del joven D. Matías Sánchez de Tagle; pero estos buenos hidalgos, bien avenidos con la callada vida pueblerina, en la que poco brillaban aquellos hábitos y veneras, no se decidieron nunca a vestirlos. La Orden más extendida entre los caballeros segundones nacidos en la villa y que habían salido fuera de ella a la conquista de grados en la Real Armada era la de San Juan. A ella pertenecían los hijos de D. Francisco Manuel de Valdivielso, D. Andrés y D. Pedro, y habían de pertenecer D. Blas y D. Pedro Tomás, hijos de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho, el de la Plaza. De la Orden de Calatrava era D. Benito Antonio de Barreda Villa, (hermano de D. José Domingo de Barreda Yebra y Villa, señor de la Torrona y la Torre de Borja) quien se hallaba ausente desempeñando los importantes cargos de Alcalde de Casa y Corte, miembro del Consejo de S. M. y Ministro del Real Consejo de las Órdenes. En Santiago se cruzarían con el tiempo D. Francisco Dionisio y D. José Domingo, asimismo hijos de D. Francisco Manuel Valdivielso, el del Cantón.

    De la vida doméstica de aquellas linajudas familias han pasado a la Historia los suficientes detalles para que nos la imaginemos despaciosa y tranquila, alejada del mundanal ruido, saturada de preocupación nobiliaria, profundamente religiosa, sin otras inquietudes que las provenientes de la vida aventurera de sus hijos: emigrantes, militares y marinos. La pleitomanía que durante el siglo XVII ocupa sus horas y consume sus caudales entra en curva descendente con la decimaoctava centuria. Quizá se celebraran tertulias en aquellas casonas hidalgas a las que asistirían los señores beneficiados y canónigos, y los oficiales de los Batallones frecuentemente alojados en Santillana. Principales motivos de reunión eran las bodas, romerías y funerales. En estas últimas funciones, y siempre que se trataba de honrar la memoria de los ascendientes, desplegaban los caballeros toda la pompa compatible con sus recursos económicos. Estos nunca fueron cosa extraordinaria: el más rico caballero de Santillana, D. Pedro Antonio de Barreda Bracho Ceballos y Campuzano, tenía 23.617 reales vellón de renta. Claro está que para medir la importancia de esta cantidad hay que situarse en aquella época y considerar el formidable poder adquisitivo que a la sazón tenía el dinero.

    Los hidalgos labradores malvivían con el cultivo de sus haciendas, siempre puesta la vista en las Indias y en Andalucía, tierras de promisión cuyas riquezas, que ellos se imaginaban fabulosas, eran origen de casi todas las fortunas de la Montaña. Los hijos de los labradores emigraban generalmente a Andalucía y los de los caballeros al Virreinato de Nueva España.

    En Santillana y sobre todo en sus barrios de Camplengo y Arroyo habitaban bastantes pecheros, cuyos intereses se hallaban eficazmente representados en el Consejo por un Regidor y otros oficiales de Justicia. 

    Las tertulias de las familias conspicuas tenían su equivalente entre los labradores en las Hilas y Deshojas, reuniones de personas de ambos sexos celebradas junto al fuego de las cocinas con pretexto de hilar el lino, deshojar las panojas de maíz o desgranar las alubias. Contra esta secular costumbre de las hílas, -que con el corro, o baile dominguero, constituía la única vida de sociedad de las bases humildes- se pronunciaron las Ordenanzas de Santillana: “ Idem se ordena -dispone su artículo 44- que en ninguna casa de esta villa y sus barrios se permita con pretexto de hila la concurrencia de mozos y mozas solteras por las muchas ofensas que a Dios hacen en semejantes conversaciones, además de el escándalo y mal ejemplo que se da a los niños que asisten a tales casas, y lo mismo se debe entender en los molinos de esta villa y sus barrios, sobre lo cual celará la Justicia.” Esta última parte se refiere a las reuniones a que daba lugar el obligado turno en espera de la molienda, aprovechado por la gente joven para sus cortejos y devaneos.

    A pesar del escaso vecindario de Santillana, como era obligado lugar de tránsito para los que viajaban por el litoral cantábrico, residencia del Corregidor, y del Alcalde Mayor de la Abadía, y depósito de santas reliquias, muy veneradas en la comarca, era la más animada población de las Asturias montañesas. Frecuentemente esta animación se aumentaba con la estancia de algún Batallón de Infantería encargado de la custodia de las costas.

    En primavera y verano las calles de Santillana, a la hora del atardecer, terminadas las faenas del campo y los quehaceres de los artesanos, presentarían un aspecto animado y simpático; labradores que volvían de sus tierras cargados con los frutos de sus cosechas y los aperos de labranza, hidalgos y canónigos que regresaban de su cotidiano paseo, frailes dominicos que marchaban hacia su convento avisados por el toque de las oraciones, oficiales y soldados que descansaban de sus ejercicios militares, artesanos que penetraban en los soportales de las casonas a entregar la labor recién terminada, mujeres que iban o venían con sus cacharros a las fuentes de Revolgo, la Vieja, del Canto o de la Fontanilla ...

    A la puerta de las habitaciones, sobre la acera de la calle, las mujeres agrataban el lino en sus banquillos, le espadaban o le hilaban, fijando la rueca entre la cinta del delantal y el vestido, y haciendo girar el huso con la mano derecha ...

    En invierno, con las frecuentes lluvias, esta animación callejera desaparecía y los vecinos se veían en las hilas y en los rosarios y funciones religiosas que se celebraban en los Conventos y en la Colegiata, en medio de densa penumbra sólo en parte esclarecida por las luces de los cirios y velas que ardían en el altar mayor o ante la hornacina de alguna imagen devota ... Las Ordenanzas concejiles, siempre vigilantes, establecieron en su capítulo 64 “que las mujeres casadas y mozas solteras vayan a los templos con trajes modestos, cubiertas con capas o mantellina las cabezas, a correspondencia de su calidad y conveniencias, por ser tan del servicio de Dios, y la que lo contrario hiciere será por la primera vez multada en un Real, en dos por la segunda y en cuatro por la tercera.”

    Las costumbres, en general, eran arregladas y morales. Sólo de tarde en tarde aparecía algún niño expósito abandonado en el soportal de la ermita de San Roque en Revolgo. La Justicia hacía lo posible para averiguar el nombre de sus padres, y cuando no lo conseguía, el Concejo nombraba una ama al niño y se ocupaba de su subsistencia hasta los 7 años. El día que los cumplía se desentendía de él, le regalaba un vestuario nuevo y le daba un cestillo para que fuera pidiendo por las casas hasta que llegase a tener edad para buscar amo a quien servir. (1)

    En Santillana y sus barrios habitaban 31 pobres de solemnidad, la mayor parte hidalgos.

(1) Capº 68 de las Ordenanzas.


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