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| En un apacible rincón de la Montaña, apartado del bullicioso comercio de las gentes, hay una villa singular, famosa en los anales de la historia y de la fábula, reliquia venerable de la España vieja, lugar de poesía y de silencio, que se llama Santillana del Mar. Vista de Santillana.- Ricardo León |
HIDALGOS Y PECHEROS - CABALLEROS Y LABRADORES
AMBIENTE SOCIAL
Al tratar de las clases sociales santillanesas, la primera división que debemos establecer es la de Hijosdalgo y Pecheros; los primeros son nobles y los segundos, llamados también Hombres buenos, pertenecen al estado general. En cuanto a la sangre no existe diferencia entre los hijosdalgo, pero en cuanto a los medios de subsistencia la sociedad en que vivían les dividía prácticamente en Caballeros y Labradores. Los Caballeros se mantenían de sus rentas o del ejercicio de alguna profesión liberal, y cuando explotaban sus fincas lo hacían por medio de criados. Los Labradores trabajan directamente las tierras que poseen o llevan en renta. La pobreza no empañaba la hidalguía, ni se perdía la condición de noble por el ejercicio de las más humildes profesiones. José de Alvear, vecino del barrio de Vispieres, declara ser hijodalgo notorio y que su único caudal es una cerda de vientre, por lo que vive con el sudor de su rostro, empleándose de jornalero. Pedro García Tagle, Maria Barreda, María de Herrera, Ventura Villegas y otros varios vecinos, son hidalgos y pobres de solemnidad.
Los caballeros gozan de uno o más vínculos o mayorazgos fundados por los más afortunados de entre sus ascendientes. Este mayorazgo pasará a la muerte del caballero a su hijo o hija mayor -cuando el mayorazgo es regular, pues en la escritura fundacional puede estipularse otra cosa- y los hijos segundones, tercerones y siguientes, se ven precisados a buscar fortuna en las Indias o en Andalucía, o ingresando en el Ejército o la Armada. La profesión de marino es la predilecta entre los hijos de los caballeros santillaneses. Cuando ingresan en el Ejército suelen sentar plaza de cadetes en las Reales Guardias de Infantería Española. Muchos de ellos desempeñaron importantes cargos en los Cabildos Catedrales de España y sus Indias. Otros fueron dignidades o canónigos en la Real Iglesia Colegial de Santillana.
(1) Arch. del Instituto Nacional de Santander. Libros de Actas de La Real Abadia de Santillana. Legajo sin núm. de la donación Sautuola
El mayorazgo busca compañera entre las mujeres de su calidad de la comarca, prefiriendo a las que también eran o habían de ser mayorazgas. Es raro el caso de D. Matías Sánchez de Tagle que casó con una señora de Tudela de Navarra. Famoso fué el matrimonio de D. José de Barreda Calderón, mayorazgo de los Barreda Bracho de la Plaza, con Dña. María del Rosario de Pereda y Cos, mayorazga del palacio de su apellido en la calle de Santo Domingo, con el que se juntaron en una sola las dos más ricas casas de la villa. Las jóvenes hijas de los caballeros encontraban marido entre los hidalgos de la tierra o de la ciudad de Palencia, sin que acertemos a explicarnos el origen de estas cordiales relaciones entre las familias santillanesas y palentinas.
Cuando las damitas fracasaban en sus intentos matrimoniales o se sentían llamadas por especial vocación al estado religioso, tomaban el velo de las esposas de Cristo en los conventos de Santa Clara de Santander, en el de Canónigas Reglares de San Ildefonso de Burgos, clarisas de Carrión, bernardas de San Andrés de Arroyo o dominicas de San Ildefonso de Santillana, que era lo más frecuente.
El único caballero cruzado que residía habitualmente en la villa era D. Francisco Manuel de Valdivielso, sobre cuya bordada casaca se veía la verde venera de Alcántara. De la Orden de Calatrava habían sido los padres de don Francisco Miguel de Peredo, de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho y del joven D. Matías Sánchez de Tagle; pero estos buenos hidalgos, bien avenidos con la callada vida pueblerina, en la que poco brillaban aquellos hábitos y veneras, no se decidieron nunca a vestirlos. La Orden más extendida entre los caballeros segundones nacidos en la villa y que habían salido fuera de ella a la conquista de grados en la Real Armada era la de San Juan. A ella pertenecían los hijos de D. Francisco Manuel de Valdivielso, D. Andrés y D. Pedro, y habían de pertenecer D. Blas y D. Pedro Tomás, hijos de D. Pedro Antonio de Barreda Bracho, el de la Plaza. De la Orden de Calatrava era D. Benito Antonio de Barreda Villa, (hermano de D. José Domingo de Barreda Yebra y Villa, señor de la Torrona y la Torre de Borja) quien se hallaba ausente desempeñando los importantes cargos de Alcalde de Casa y Corte, miembro del Consejo de S. M. y Ministro del Real Consejo de las Órdenes. En Santiago se cruzarían con el tiempo D. Francisco Dionisio y D. José Domingo, asimismo hijos de D. Francisco Manuel Valdivielso, el del Cantón.
De la vida doméstica de aquellas linajudas familias han pasado a la Historia los suficientes detalles para que nos la imaginemos despaciosa y tranquila, alejada del mundanal ruido, saturada de preocupación nobiliaria, profundamente religiosa, sin otras inquietudes que las provenientes de la vida aventurera de sus hijos: emigrantes, militares y marinos. La pleitomanía que durante el siglo XVII ocupa sus horas y consume sus caudales entra en curva descendente con la decimaoctava centuria. Quizá se celebraran tertulias en aquellas casonas hidalgas a las que asistirían los señores beneficiados y canónigos, y los oficiales de los Batallones frecuentemente alojados en Santillana. Principales motivos de reunión eran las bodas, romerías y funerales. En estas últimas funciones, y siempre que se trataba de honrar la memoria de los ascendientes, desplegaban los caballeros toda la pompa compatible con sus recursos económicos. Estos nunca fueron cosa extraordinaria: el más rico caballero de Santillana, D. Pedro Antonio de Barreda Bracho Ceballos y Campuzano, tenía 23.617 reales vellón de renta. Claro está que para medir la importancia de esta cantidad hay que situarse en aquella época y considerar el formidable poder adquisitivo que a la sazón tenía el dinero.
Los hidalgos labradores malvivían con el cultivo de sus haciendas, siempre puesta la vista en las Indias y en Andalucía, tierras de promisión cuyas riquezas, que ellos se imaginaban fabulosas, eran origen de casi todas las fortunas de la Montaña. Los hijos de los labradores emigraban generalmente a Andalucía y los de los caballeros al Virreinato de Nueva España.
En Santillana y sobre todo en sus barrios de Camplengo y Arroyo habitaban bastantes pecheros, cuyos intereses se hallaban eficazmente representados en el Consejo por un Regidor y otros oficiales de Justicia.
Las tertulias de las familias conspicuas tenían su equivalente entre los labradores en las Hilas y Deshojas, reuniones de personas de ambos sexos celebradas junto al fuego de las cocinas con pretexto de hilar el lino, deshojar las panojas de maíz o desgranar las alubias. Contra esta secular costumbre de las hílas, -que con el corro, o baile dominguero, constituía la única vida de sociedad de las bases humildes- se pronunciaron las Ordenanzas de Santillana: “ Idem se ordena -dispone su artículo 44- que en ninguna casa de esta villa y sus barrios se permita con pretexto de hila la concurrencia de mozos y mozas solteras por las muchas ofensas que a Dios hacen en semejantes conversaciones, además de el escándalo y mal ejemplo que se da a los niños que asisten a tales casas, y lo mismo se debe entender en los molinos de esta villa y sus barrios, sobre lo cual celará la Justicia.” Esta última parte se refiere a las reuniones a que daba lugar el obligado turno en espera de la molienda, aprovechado por la gente joven para sus cortejos y devaneos.
A pesar del escaso vecindario de Santillana, como era obligado lugar de tránsito para los que viajaban por el litoral cantábrico, residencia del Corregidor, y del Alcalde Mayor de la Abadía, y depósito de santas reliquias, muy veneradas en la comarca, era la más animada población de las Asturias montañesas. Frecuentemente esta animación se aumentaba con la estancia de algún Batallón de Infantería encargado de la custodia de las costas.
En primavera y verano las calles de Santillana, a la hora del atardecer, terminadas las faenas del campo y los quehaceres de los artesanos, presentarían un aspecto animado y simpático; labradores que volvían de sus tierras cargados con los frutos de sus cosechas y los aperos de labranza, hidalgos y canónigos que regresaban de su cotidiano paseo, frailes dominicos que marchaban hacia su convento avisados por el toque de las oraciones, oficiales y soldados que descansaban de sus ejercicios militares, artesanos que penetraban en los soportales de las casonas a entregar la labor recién terminada, mujeres que iban o venían con sus cacharros a las fuentes de Revolgo, la Vieja, del Canto o de la Fontanilla ...
A la puerta de las habitaciones, sobre la acera de la calle, las mujeres agrataban el lino en sus banquillos, le espadaban o le hilaban, fijando la rueca entre la cinta del delantal y el vestido, y haciendo girar el huso con la mano derecha ...
En invierno, con las frecuentes lluvias, esta animación callejera desaparecía y los vecinos se veían en las hilas y en los rosarios y funciones religiosas que se celebraban en los Conventos y en la Colegiata, en medio de densa penumbra sólo en parte esclarecida por las luces de los cirios y velas que ardían en el altar mayor o ante la hornacina de alguna imagen devota ... Las Ordenanzas concejiles, siempre vigilantes, establecieron en su capítulo 64 “que las mujeres casadas y mozas solteras vayan a los templos con trajes modestos, cubiertas con capas o mantellina las cabezas, a correspondencia de su calidad y conveniencias, por ser tan del servicio de Dios, y la que lo contrario hiciere será por la primera vez multada en un Real, en dos por la segunda y en cuatro por la tercera.”
Las costumbres, en general, eran arregladas y morales. Sólo de tarde en tarde aparecía algún niño expósito abandonado en el soportal de la ermita de San Roque en Revolgo. La Justicia hacía lo posible para averiguar el nombre de sus padres, y cuando no lo conseguía, el Concejo nombraba una ama al niño y se ocupaba de su subsistencia hasta los 7 años. El día que los cumplía se desentendía de él, le regalaba un vestuario nuevo y le daba un cestillo para que fuera pidiendo por las casas hasta que llegase a tener edad para buscar amo a quien servir.
En Santillana y sus barrios habitaban 31 pobres de solemnidad, la mayor parte hidalgos.
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En el año que venimos estudiando no había médico en Santillana por haberse despedido D. Andrés Márquez. La plaza de médico titular se hallaba dotada con 3.300 reales que pagaba el Concejo, más lo que el facultativo cobraba por su asistencia a las comunidades de ambos conventos y a los particulares pudientes. Era cirujano D. José de Palacio, de 38 años casado, sin familia. Ganaba 100 ducados, de los que 330 reales le pagaba el Concejo, 80 los frailes de Regina Coeli, 70 las monjas y lo restante los particulares. Estos se solían ajustar en medio celemín de pan -mitad trigo y mitad maíz- por cada año. El cirujano no tenía bienes en Santillana y poseía un caballo para visitar a los enfermos.
La botica se hallaba a cargo de D. Manuel Fernández de Bustamante y Fontecha, hidalgo, de 41 años, casado, con una hija y una criada para su servicio.
El cantor o sochantre de la Colegiata D. Manuel González de San Martín contaba 54 años, se hallaba casado y vivía en una casa que había comprado en la calle del Cantón· Ganaba 1.000 reales al año. Constituían su familia su mujer, un hijo mayor llamado Miguel, dos hijas menores, una cuñada y una criada. El cantor ahorraba de sus ingresos y compraba algunas fincas que daba en renta.
El organista de la Colegiata D. José de Espinosa era ciego de nacimiento, tenía 40 años, pertenecía al estado general y no había contraído matrimonio. Ganaba 100 ducados anuales.
Tres escribanos autorizaban los autos y contratos celebrados en la villa y su Real Abadía. Manuel de Maliaño tenía título de escribano Real y numerario. Era soltero, vivía con una sobrina y un sobrinito estudiante de Gramática· Le servían dos criadas. Poseía diversos bienes en Santillana y su principal patrimonio radicaba en Cóbreces. Su profesión le daba 500 reales al año.
El otro escribano de Santillana se llamaba Manuel Sánchez Calderón, hidalgo, de 33 años, casado. Tenía un hijo menor y vivía en casa propia con su suegra. Con su profesión ganaba unos 500 reales al año, pero su más saneado ingreso eran los 820 reales que le daba anualmente el subarrendatario de la taberna de vino blanco que se remató en cabeza del escribano. Este poseía además cuatro vacas y dos jatas.
Manuel Meléndez Valdés ocupaba la escribanía de la Real Abadía, cargo que proveía el señor Abad, y las otras dos escribanías las concedía la Duquesa del Infantado. La misma señora había nombrado al Alguacil de la villa Bernardo Millán, de 52 años, casado, con tres hijos menores y una hija. Millán no tenía estado conocido por ser forastero. En su casa vivía su suegro, anciano de 79 años. El alguacil ganaba unos 300 reales y no tenía bienes de ninguna clase.
Tampoco el alguacil de la Real Abadía -puesto que concedían el Abad y Cabildo- era noble. Llamábase Bernardo Martínez Alcalde, se le calculaban 300 reales de sueldo. Era casado y tenía su yunta de bueyes, dos becerras y un caballo para sus obligaciones.
La enseñanza de la juventud santillanesa se hallaba confiada a D. Domingo de Argumosa Gándara maestro de Primeras Letras, y a D. Juan Alonso, maestro de Gramática. Del primero nos ocuparemos al tratar de la escuela, sita en el barrio de Revolgo. D. Juan Alonso había nacido en Valderrábano, jurisdicción de Saldaña, era soltero, tenía 25 años y título de Preceptor de Gramática. Ganaba 1.200 reales.
Un tipo interesante debía de ser el quincallero Juan Antonio García de la Pesa, joven hidalgo de 27 años que tenía la mejor letra del pueblo, señal de una esmerada educación. En su memorial declara no tener oficio alguno “más que el de comerciar en algunos géneros de tienda de quincallería en lo que me quedarán 240 reales vellón al año.” “También está a mi cargo -añade- el Correo Mayor de esta villa por subarriendo que de él me tiene hecho D. Francisco Antonio de Urribarri, vecino del lugar de Selaya en el valle de Carriedo, en el que no tengo utilidad alguna.” Quizá la utilidad consistiera en las propinas que recibía al entregar las cartas. Por el expresado subarriendo pagaba anualmente a Urribarri 2.749 reales y 23 maravedís. García de la Pesa era muy aficionado al arbolado y empleaba sus ahorros en plantar robles y castaños. Estaba casado y tenía dos hijos y una hija.
El Administrador de la Renta de Tabaco de Santillana y sus agregados, D. Francisco López Muñíz, disfrutaba de 400 ducados anuales de sueldo. Vivía en casa alquilada con su mujer, sus tres hijos, su criado y su criada y tenía un caballo que le era indispensable para el desempeño de su cargo.
El barbero Juan Manzina, hidalgo de 38 años, arreglaba los peluquines de los señorones, rapaba sus barbas y les hacía las sangrías prescritas por el facultativo. José de Palma, pechero de 31 años, hermanaba su oficio de hospitalero del Hospital Común con el de tamboritero de la villa. Ganaba 200 reales, era analfabeto, estaba casado y era padre de tres hijos.
En Santillana, como población la más importante de la comarca, se surtían los vecinos de los pueblos limítrofes de ropas, calzados y comestibles. En su recinto vivían tres sastres, los tres hidalgos: Juan García de la Pesa, Andrés de Herrera y Pedro García de la Pesa. Se calculaba que ganaban 620 reales al año trabajando en su oficio, que hacían compatible con la labranza. El herrero Manuel Abad Mantilla ganaba 2 reales y 17 maravedís diarios, “que es cuanto puedo decir -escribe en su memorial- pues sólo me mantengo yo y mi familia con el oficio que llevo dicho, y con bastante estrechez por haber poco que hacer en este Pueblo tan corto.”
Cuatro zapateros bastaban para calzar al vecindario. Eran estos Domingo Fernández Trabanco, pechero, natural de Gijón; Manuel Muñoz, asimismo pechero; Fernando Gomez Canalizo, y Juan Chavarría. Estos dos eran hidalgos y el último tenía un hijo en Andalucía. En Santillana no vivía más que un carpintero, Vicente de Velasco, cuyo taller estaba en Revolgo. Varios vecinos propietarios de yuntas de bueyes se empleaban con ellas a sueldo en obras y en el cultivo de la tierra.
El capítulo 82 de las Ordenanzas contiene una reglamentación completa y curiosísima del ejercicio de los expresados oficios y trabajos. Dice así: “Que el obrero o jornalero que asistiera con carro y bueyes se le dé por cada un día dos Reales y medio y de comer, y a destajo (sic) cinco Reales, y sin bueyes ni carro tres Reales a destajo, y comiendo Real y medio. A los carpinteros en el verano lo acostumbrado y en el invierno según estilo. A las mujeres un Real y dos comidas. A los sastres y zapateros a dos Reales y de comer, y a destajo cuatro Reales, y estos últimos deberán trabajar desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche, y los de arriba de sol a sol todo el año, y a unos y a otros se les dará de comer según ha sido costumbre, que es el almuerzo, comida y cena, los que se reducirán a una olla con vaca y tocino, con sus legumbres, vino tinto, pan de maíz, y algo de trigo; y el vecino que otras cosas pretendiere será multado, como el dueño de la casa que ejecutare lo contrario a este capítulo.”
El pechero Pedro de Ricarte tenía a su cargo la carnicería. Para la distribución de la carne entre sus parroquianos y para acudir a las ferias a comprar las reses para el abasto tenía un caballo. Su oficio se hallaba intervenido por el cap.º 27 de las Ordenanzas que disponía “que, mediante ser esta villa paso y transito de toda la costa de Asturias y Vizcaya, el cortador tenga obligación de abrir la carnicería siempre que por cualquiera pasajero le fuere pedido cualquier genero de los del abasto que está a su cuidado, pagándole el precio corriente ... “
Parece que los santillanenses eran bastante aficionados al mosto. Existían dos tabernas, una de vino blanco y otra de tinto: la primera a cargo de Juan Antonio Barreda y la segunda de José Francisco de Piñera, y una aguardentería explotada por Juan González Piñera. El capítulo 42 de las Ordenanzas dispuso “que por cuanto se han experimentado y experimentan graves inconvenientes con los que se emborrachan, tanto por el escándalo, cuanto por el poco sosiego y menos aumento que de esto se sigue a sus casas, acordaron que de aquí adelante no se permita se hagan semejantes excesos y el que lo contrario hiciere y los que le acompañaren sean multados ... Y asimismo acordaron que en las tabernas y casas de abasto no se permita el juego de naipes siendo prohibido, ni otro ninguno por que de ellos se siguen muchas embriagueces y desordenes ... “
El más importante establecimiento de venta era la abacería, propia de la villa, y abastecida, previa subasta, por Domingo Fernández Trabanco. El cap.º 39 de las Ordenanzas disponía “que el que tuviere la abacería de esta villa en administracion o arriendo tenga obligación de tenerla provista de aceite, vinagre, bacalao, arenques, grasa de ballena y velas de sebo, a cuyos géneros se les dará postura por el ayuntamiento particular, hízose cargo de los precios a que hubiere comprado el tal abacero, cuyo arancel se le pondrá en su abacería fijado, para que los compradores sean sabedores de lo que deben pagar por cada género.”
María de Villegas explotaba “un poco de tienda reducida a cosas de especiería y papel”, en la que ganaba unos 100 reales al año. La viuda Manuela de la Concha y el pechero Pedro Nolasco Lopez andaban de un sitio para otro con sus tiendas portátiles de buhonero, vendiendo chucherías y baratijas. En la quincallería de Marcos García Soto se vendían tijeras, dedales, imitaciones de joyas y otros objetos de metal de poco valor.
De los dos molinos que había en término de la villa, el del Ojo y el del Río de la Aceña, sólo este último molía por hallarse el primero arruinado. El ruinoso molino del Ojo pertenecía a D. Francisco Manuel de Valdivielso, y el del Río de la Aceña a D. Francisco Miguel Peredo y D. José Domingo de Barreda, por partes iguales, quienes se le tenían arrendado en tres fanegas de trigo a Matías López.
En Santillana se celebraba una importante feria que comenzaba el día de Todos los Santos y duraba ocho días, durante los cuales las calles de la villa se animaban con la presencia de los feriantes, -labradores, hidalgos y caballeros de las Asturias,- y su solemne silencio se veía turbado por los mugidos del ganado, el chirrido de las carretas y el campanilleo de los cencerros.


