domingo, 31 de mayo de 2026

Rumbo a Cuba

 

... en investigación. Foto en Oreña de Cuba 

(De La Revista de CANTABRIA Nº 101 Octubre-Diciembre, 2000)


Rumbo a Cuba
el periplo vital de los emigrantes cántabros en la perla de las Antillas


Francisco Revuelta Hatuey


    El pasado 24 de octubre se cumplió el 150 aniversario del nacimiento de Ramón Pelayo, marqués de Valdecilla, célebre indiano de Cantabria, que partió con 14 años a Cuba y consiguió, con apenas 30 años, reunir una de las mayores fortunas de la isla. Pero desde el primer colombino hubo cántabros embarcados que hollaron la isla de Cuba; y de Santander partieron hacia la perla de las Antillas, sin interrupción, sucesivas oleadas de emigrantes durante trescientos años. Sin embargo, es a mediados del siglo XIX cuando la expatriación se hace masiva. Es entonces cuando la ebullición emigratoria tiene pleno hervor humano; cuando muchos montañeses campesinos desean largar amarras hacia la imaginada e idílica tierra del sol.


    La alegría, la fortuna pronta y fácil, el cambio de rumbo social y económico … todos van a tratar de imbricarse desde lo más profundo de sus sueños de mejora material, pero sin olvidar la esencia de su ser común, su tierruca natal, pues no marchan por capricho dejando el solar donde nacieron y se criaron. El viaje suponía una vuelta al calcetín de su vida: algo se quiebra dentro al ver, desde el barco transportador, alejarse lentamente ese pedazo de geografía en cuyo interior laten tics conocidos y queridos en cada rincón.

    Desde tiempo atrás huronean sobre España múltiples calamidades: hacinamiento, malas condiciones higiénico-sanitarias, crisis de subsistencias; demografía negativa por culpa de la imparable emigración, la cual se ve agravada a partir del último tercio del siglo XIX.

    En esta era se cuida con especial mimo al emigrante no clandestino. En el año 1853 se levantaron las viejas restricciones migratorias; y, en esta época liberalizadora, entra en vigor la real orden de 31 de enero de 1873 por la cual se suprimía la fianza de 320 reales por emigrante exigida a los armadores de las embarcaciones. Posteriormente, otra real orden, de 8 de abril de 1903, suprimía también el pasaporte para la emigración.

    El continuo expatriarse de la muchachada cántabra en fase cercana o inmediata a contraer matrimonio y tener descendencia, motivó, en un período no demasiado prolongado, un auténtico estancamiento en lo que hubiera debido ser normal desarrollo de la población provincial. Ello produjo un envejecimiento no deseado, si bien existen bastantes controversias y no escasas dudas sobre el tema. En todo caso, parece innegable el hecho de que fue la masiva emigración de la juventud santanderina en su conjunto la causa principal de que la entonces provincia tuviese un menor crecimiento poblacional en relación con el resto de España. Mientras tanto, los países que recibían aquella carga humana sufrieron un aumento de sus poblaciones, no ya por los emigrantes que llegaban sin parar, sino merced a los hijos que tenían allá una vez instalados.


LIGEROS DE EQUIPAJE

    Los que emigran, ¿adónde van cuando salen desde Santander, pretendiendo ensanchar un porvenir que en su tierra les es negado? No sólo a Cuba, pues se dispersan por México, Argentina, Venezuela, Chile y Perú, que son los países más receptores de montañeses. También, Francia, Alemania, Inglaterra, Nueva York, Jamaica, Puerto Rico y Brasil.

    El equipaje que portaban solía componerse de tres camisas de estopilla; un vestido completo de mahón, otro día de fiesta, y un tercero para diario; una colchoneta, una manta, un arca de pino para guardar ropa, además de comida y bebida para el viaje. A bordo, miedo a lo desconocido, mareos, pequeñas peleas; dormían sobre diversos rincones tapados con mantas, viejos abrigos, chaquetones que también servían para librarse del frío nocturno, pues iban en su inmensa mayoría en las bodegas, sobre tablas de pino y en lugares insanos. Nada importa: son sueños que convertirán en realidad volviendo cargados de oro, fama, un título nobiliario, un Don… De cuantos emigrantes desembarcaron en Cuba, un poco menos de la mitad lo hacían en el puerto de San Cristóbal, de La Habana, capital insular. Lo primero que veían los chicones recién llegados era el incesante bullebulle de los muelles, la actividad comercial constante de todo el año. De allí la eminente posición de Cuba en la producción de tabaco y azúcar, principal puerto de embarque de esas valiosas mercancías con destino al resto del mundo.


NAVÍOS MONTAÑESES

    Santander pasa de villa a ciudad el 29 de junio de 1755, gracias a la mediación del padre Rábago, confesor privado del rey Fernando VI; se abría así la ruta Santander-América, teniendo las naves que de aquí partían como puerto principal de destino el de La Habana. Se exportaba, como mercaderías más solicitadas en puertos de la América española, harina, hierros salidos de las afamadas ferrerías montañesas (rejas de arado, anclas, clavazones, hachas, ollas, tijeras, agujas); envases de vidrio, espejos, abanicos, telas extranjeras, sidra, cerveza, vino, anís; quesos, jamones, confituras, anteojos, calzados, vestidos de hombre, mujer, niño, y cientos de diversos objetos.

    De entre los muchísimos navíos matriculados en Santander que hicieron durante cerca de trescientos años viajes americanos con rumbo a La Habana, se pueden citar los siguientes: el bergantín “San Francisco de Paula”; la fragata “San Juan Bautista”; la fragata corsaria “Nuestra Señora del Carmen”; el bergantín “San José”; la fragata “Aníbal”; la goleta “Palafox” (alias “La Unión”); la fragata corsaria “San Juan Bautista” (alias “Diana Meridional”); el bergantín “El Atrevido”; el bergantín “San Andrés Apóstol”; la fragata “Fauna Habanera”; el bergantín-goleta “Juliana” y la corbeta “Doña Flora de Pombo”.


LA HUELLA CÁNTABRA

    Por regla general, los cántabros recién llegados solían vivir con los propietarios de los comercios en que trabajaban, sobremanera si lo hacían como dependientes, aunque algunos solían independizarse. Lo primero que han de hacer es cambiar la ropa para mejor acomodar el cuerpo al clima antillano, más húmedo, sí, pero muchísimo más caluroso que el de la mayoría de los lugares de su tierra. Se ocuparon, principalmente, en comercios e industrias como dependientes, o en calidad de sirvientes, o empleados de obra, o lo que fuera… antes de ir a tumbar caña a las vegas, o a la mina, reventadoras tareas mal pagadas.

    Pronto fueron los montañeses conocidos como eficaces y valorados dependientes, lo cual queda reflejado en la más famosa novela cubana de todos los tiempos: “Cecilia Valdés”.

    El montañés es cauto, reverencial hacia la naturaleza, sin egocentrismos conocidos privada o públicamente. Quizás, de los españoles, sea el más dado a lo universal; fija su atención preferente en un quehacer sin eco.

    Su impermeabilizado carácter, firmado en largas tragedias marinas en parte, piedra esculpida en cien países lejanos al suyo propio, y pastoreo interior de ganado vario, parece abrirse a través de su cotidiana labor en manifestaciones volcadas en tareas acabadas cabalmente, pero sin que la mano derecha conozca lo que hace la izquierda.

    El montañés fue en Cuba aglutinador de normas en lo familiar y de humanidad sincera en lo social; la familia montañesa tradicional, en su conjunto hoy regional, bien pudiera representar al hogar cubano de antaño.

    La Sociedad Montañesa de Beneficiencia, El centro Montañés de La Habana, y la Sociedad Montañesa de Recreo de Matanzas son un claro ejemplo de esa presencia de los cántabros en la comunidad cubana.


LA SOCIEDAD MONTAÑESA DE BENEFICENCIA

    Una de las máximas aspiraciones de los asociados a esta benemérita institución era la de honrar, desde la distancia, a la hoy Cantabria, mediante sus benéficas acciones desde el mismo día de su constitución, allá en 1883. Los montañeses expatriados, unidos en torno a la Sociedad Montañesa de Beneficencia, no sólo acudieron a cubrir las necesidades materiales y espirituales de sus hermanos, allí en Cuba, en múltiples ocasiones su ayuda llegó oportunamente a paliar diversas desgracias acaecidas en distintas épocas, (la susodicha Sociedad Montañesa de Beneficencia mantuvo una vida activa desde su fundación en 1883 hasta el año de 1959) en diferentes pueblos de la entonces Santander. A la magnífica administración de sus sucesivas juntas directivas y al entusiasmo sin límites de sus cientos de asociados debióse su progreso contínuo.

    En Santander capital, siempre estuvo atendida, desde la habanera Sociedad Montañesa de Beneficencia, la Gota de Leche.


EL CENTRO MONTAÑÉS DE LA HABANA

    Fue realmente ejemplar la labor llevada a cabo por todos y cada uno de los integrantes del centro Montañés de La Habana, creación motivada con el propósito de reunir a los emigrantes de la entonces Santander, así como a sus hijos y a tantos cuantos simpatizasen con la singular tierra del norte peninsular. Cuando se consiguió la unión de las gentes, se procuró dar a los montañeses recreo agradable y sana expansión en sus jornadas de descanso, así como proporcionar los necesarios medios educativos a quien así lo desease.

    Poco a poco, el Centro Montañés de La Habana fue fortaleciendo su cordón umbilical entre los naturales de La Montaña y los cubanos. Fue fundado este ejemplar centro el 20 de noviembre de 1910, y estaba compuesta la primera comisión gestora por Gerardo Villanueva, Marcelino Santamaría y José Salas, siendo nombrado presidente el primero de ellos.

    Con el trascurso del tiempo se consolida la entidad sociobenéfica, desarrollando diferentes actividades culturales, benéficas, sociales, educativas, recreativas, espirituales y de confraternidad hispanocubana. La asistencia sanitaria fue, además, capítulo principalísimo en sus tareas diarias.


LA SOCIEDAD MONTAÑESA DE RECREO DE MATANZAS

    A principios de los años veinte se celebró en la histórica ciudad cubana de Dos Ríos una reunión en el hotel La Dichosa, propiedad del hijo de La Montaña Lorenzo Mier. En ella quedó constituida una nueva sociedad recreativa: la Sociedad Montañesa de Recreo de Matanzas.

    Esta institución tuvo su domicilio social en la calle Veinticuatro de Febrero, número once, y en ella, además de ayudar a quienes así lo requerían en el plano benéfico-social, docente, etcétera, se enseñaban danzas montañesas a los más jóvenes, así como todas aquellas costumbres dejadas atrás pero jamás olvidadas por quienes llevaron a término un deseo: erigir en la localidad insular una parcelita de su querido lar montañés.

    Con los años, un puñado de transterrados cántabros manejarían el motor económico de la isla de Cuba, desde Antonio López o Ramón Pelayo a Laureano Falla, el último indiano verdaderamente millonario. Los más se situaron bastante bien, y sólo unos pocos hubieron de regresar como a la ida: sin nada. Pero, por un tiempo, fueron lo que habían querido ser, dueños de sueños.

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Dueños de Sueños” es el título del libro publicado por Francisco Revuelta sobre los montañeses en Cuba, del que proceden la mayor parte de las ilustraciones de este reportaje.


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